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Un estudio suma la "revolución fecal" a las causas de la explosión cámbrica

Coprolitos de 36 yacimientos apuntan a que las heces alimentaron la explosión cámbrica. Qué prueba y qué no.

por Patricia Rodriguez
Close-up view of trilobite fossils on a rocky surface, showcasing ancient marine life.
Foto de Maciej Cisowski en Pexels

TL;DR:

  • Julien Kimmig y Russell Bicknell publicaron el 4 de agosto de 2026 en Trends in Ecology & Evolution una revisión que atribuye parte de la explosión cámbrica a la primera gran acumulación de heces en el fondo marino.
  • Los coprolitos aparecen en 36 yacimientos del Cámbrico, desde hace unos 538.8 millones de años hasta al menos 494.2 millones, y no se conoce ninguno anterior al periodo.
  • Los propios autores aclaran que su hipótesis acompaña a la del oxígeno en lugar de reemplazarla, y que el efecto sobre la producción primaria del océano sigue sin demostrarse.

Dos paleobiólogos proponen que la mayor diversificación de la vida animal tuvo un motor poco elegante: las heces. En una revisión publicada el 4 de agosto de 2026 en Trends in Ecology & Evolution, Julien Kimmig, del Staatliches Museum für Naturkunde de Karlsruhe, en Alemania, y Russell Bicknell, de Flinders University en Adelaida, rastrearon todos los coprolitos descritos del Cámbrico y encontraron un patrón. Las heces fosilizadas aparecen justo al arrancar el periodo, se multiplican y se vuelven más grandes y más complejas al mismo ritmo que los animales que las produjeron. Los autores llaman a eso la revolución fecal: un flujo nuevo de materia orgánica y nutrientes hacia un océano que antes no lo tenía, y que habría acelerado el armado de los primeros ecosistemas marinos hace unos 540 millones de años.

El trabajo se titula "The Cambrian fecal revolution: Fueling the Cambrian Radiation" y no describe fósiles nuevos: recopila los que ya estaban descritos. Kimmig y Bicknell peinaron la literatura primaria en inglés, alemán y francés hasta juntar cada aparición reportada de coprolitos cámbricos. El catálogo resultante cubre 36 yacimientos. Del Proterozoico, el eón anterior, no hay ni uno.

El registro empieza en cero y se llena rápido

Los autores ordenan las piezas por tamaño, con la frontera puesta en un milímetro:

  • Las mayores conservan fragmentos de concha y películas orgánicas.
  • Las menores son pellets reemplazados por minerales de fosfato.
  • Las más raras, y también las más antiguas, son cintas fecales aplanadas y carbonosas que solo salen en cuatro yacimientos, todos del Cámbrico más bajo.

Las formas se salen de lo previsible: cilindros, elipsoides, círculos y unas alfombras fecales que el estudio describe como explotadas. Esa variedad apunta a muchos productores distintos, la mayoría todavía sin identificar. Falta además un detalle que sostiene el argumento: en el Cámbrico más temprano no hay coprolitos macroscópicos, algo coherente con un mundo que aún no tenía animales grandes capaces de producirlos.

"La importancia de las heces en los ecosistemas antiguos suele pasarse por alto", dice Russell Bicknell, biólogo evolutivo y paleobiólogo de Flinders University.

El estudio no difundió la lista completa de sus 36 yacimientos; la figura que sí publicó muestra ejemplos de Australia, Groenlandia, Norteamérica y China. Para un lector en España, la ventana más cercana a ese mismo periodo está en Murero, Zaragoza: un yacimiento cámbrico con conservación excepcional de partes blandas y el primer sitio estrictamente paleontológico que el país declaró Bien de Interés Cultural, en 1997.

Fósil de trilobites conservado en una placa de roca sedimentaria
Imagen ilustrativa: los trilobites están entre los pocos productores de coprolitos cámbricos que los autores logran señalar con nombre · Foto de Suki Lee en Pexels

El intestino con salida cambió el ritmo de la comida

Antes del Cámbrico, comer era lento. Los primeros animales complejos aparecieron hace unos 600 millones de años, en el Ediacárico, y casi ninguno de sus fósiles muestra tracto digestivo. Los contenidos intestinales más antiguos que se conocen pertenecen a Calyptrina, parecido a un gusano tubícola, y a Kimberella, de aspecto de molusco, ambos de hace unos 558 millones de años; nadie sabe si alguno producía pellets fecales. De todo ese periodo solo hay un intestino pasante confirmado, el de los cloudinomorfos: un cilindro simple que une boca y ano.

Con una sola puerta había que devolver lo comido antes de volver a comer. El intestino con dos extremos rompió ese cuello de botella, y con él llegó el resto del plan corporal que hoy damos por sentado. El naturalista Chris Packham lo resumió así en una entrevista con IFLScience:

"Sin ano, no hay cabeza".

Ya en el Cámbrico más temprano, unos hiolitos del sur de Francia conservan tractos digestivos en tres dimensiones, con tubo anal recto y pliegues en zigzag. Los artrópodos fueron más lejos: desarrollaron intestinos anteriores y glándulas digestivas que hicieron más eficiente el procesamiento y probablemente les permitieron con comida más grande y más dura.

Quién dejó esas heces y quién se las comió

La mayoría de los coprolitos no tiene dueño identificado. La pista está en el contenido, y casi siempre apunta a animales que cazaban, carroñeaban o se alimentaban de detritos en el fondo. Entre los fragmentos reconocibles hay esponjas, hiolitos, gusanos priapúlidos, trilobites y agnóstidos. Algunos quedaron dentro de madrigueras rellenas, lo que descarta a un depredador nadador rápido.

Los ejemplares grandes de la Emu Bay Shale, en el sur de Australia, podrían venir de Redlichia rex, un trilobites cuyas patas llevaban espinas capaces de triturar concha. Los cangrejos herradura actuales que se alimentan de bivalvos dejan heces angulosas muy parecidas. Bicknell trabajó en ese yacimiento y es el que sigue prefiriendo.

"Cuentan una historia muy interesante de trilobites comiéndose a otros trilobites", dijo Bicknell a Earth.com.

En el Burgess Shale, más de un tercio de los ejemplares del gusano Ottoia prolifica con contenido intestinal preservado llevaban dentro trozos de hiolitos, braquiópodos y trilobites. Y hubo quien vivió de comer lo que otros dejaban: en el sitio Ravens Throat River, en Canadá, aparecen trilobites, agnóstidos e hiolitos completos preservados encima de coprolitos. Entre hace 529 y 507 millones de años los detritívoros se extendieron por las plataformas marinas y las madrigueras se hicieron más profundas, lo que empujó hacia abajo la frontera entre el sedimento con oxígeno y el que no lo tiene, y abrió nichos que antes no existían.

Ningún museo cobra entrada por ver un pellet de un milímetro. Un T. rex como Gus se vendió en 50.1 millones de dólares; estos fósiles caben en la punta de un dedo y son los que reordenan una teoría.

La misma máquina sigue moviendo carbono hoy

En el océano actual, los pellets fecales son una parte grande del flujo de partículas que baja desde la superficie iluminada hacia el fondo. Su participación en el carbono orgánico particulado puede llegar al 100% y por lo general se queda por debajo del 40%. Ese tren de bajada no solo mueve carbono: también lleva hierro, nitrógeno y fósforo, y los deja en una forma más fácil de aprovechar. La coprofagia es común entre los animales marinos de hoy, y los pellets pueden concentrar más nutrientes que otras fuentes de comida.

Ese es el sistema que, según los autores, arrancó en el Cámbrico. Bicknell lo estira hasta la agricultura contemporánea: para él, el registro fósil muestra que la evolución de las estrategias de alimentación va de la mano con la producción y el reparto de carbono orgánico, hasta llegar a las condiciones del océano moderno y, más tarde en tierra, al fertilizante con el que hoy se produce nuestra comida.

Lo que el estudio no demuestra

Es una revisión, no una descripción de fósiles nuevos, y los autores marcan sus propios límites. El efecto de la materia fecal sobre la producción primaria sigue siendo hipotético. Los ciclos de nutrientes del Paleozoico temprano no funcionaban como los de hoy. En ambientes carbonatados existen unos granos llamados peloides que pueden pasar por pellets fecales sin serlo. Y falta un pedazo entero del registro: las heces del plancton son diminutas, se disuelven o se las comen antes de fosilizar.

El hueco que más les molesta está debajo del Cámbrico. Bicknell dice que el siguiente paso es revisar sitios del Ediacárico a ver si aparece cualquier evidencia dentro del registro precámbrico. En un texto firmado por los dos en The Conversation lo dejan por escrito: su observación complementa a las demás hipótesis sobre la explosión cámbrica, y la oxigenación, las interacciones ecológicas y las innovaciones evolutivas también pesaron.

⚠️
Este trabajo es una revisión de fósiles ya descritos, no un hallazgo nuevo. Sus autores advierten que el efecto de las heces sobre la producción primaria del océano cámbrico sigue siendo hipotético, y que en rocas carbonatadas unos granos llamados peloides pueden confundirse con pellets fecales.
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Preguntas rápidas sobre la revolución fecal

¿Qué es un coprolito?

Un coprolito es un excremento fosilizado. Se clasifica como fósil traza porque registra el comportamiento del animal y no su cuerpo. En el Cámbrico van desde pellets de menos de un milímetro reemplazados por fosfato hasta piezas de varios centímetros con conchas trituradas dentro, según la revisión de Kimmig y Bicknell.

¿Las heces causaron la explosión cámbrica?

No por sí solas. Los autores presentan la revolución fecal como un factor que se suma a la oxigenación, a las interacciones ecológicas y a las innovaciones anatómicas, y ellos mismos escriben que su observación complementa esas hipótesis. El efecto sobre la producción primaria del océano cámbrico sigue sin demostrarse.

¿Por qué no hay coprolitos anteriores al Cámbrico?

No se conoce ninguno del Proterozoico. Puede ser porque casi ningún animal ediacárico tenía intestino con salida, o porque esas heces nunca llegaron a conservarse. Bicknell dice que el siguiente paso de la investigación es revisar yacimientos del Ediacárico en busca de cualquier evidencia dentro del registro precámbrico.

El estudio no mueve la fecha de la explosión cámbrica ni cambia el catálogo de animales que salieron de ella. Mueve el lugar donde hay que buscar la siguiente pieza: unos fósiles de un milímetro que casi nadie exhibe y que, según este trabajo, guardan el registro de cómo el océano aprendió a alimentarse a sí mismo.

Fuentes: 1, 2, 3

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por Patricia Rodriguez

Solo puedo decir que soy una apasionada con todo lo que tiene que ver con el mundo Digital me encanta todo lo que es escritura, IA, Ediciones de Video Reels y más. Me considero una persona "DIVERGENTE"

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