Cinco zanjas casi imperceptibles que cruzan el borde oriental de la llanura de Nullarbor, en el sur de Australia, son la huella en superficie de cuevas profundas cuyo techo se ha ido desplomando durante millones de años, y no el cauce de antiguos ríos, como sugería su forma. Así lo concluye un estudio revisado por pares publicado el 17 de septiembre de 2026 en Communications Earth & Environment, encabezado por el investigador Matej Lipar y con participación de la Universidad Curtin. El trabajo aporta criterios para detectar sistemas de cuevas ocultos en paisajes áridos y, según sus autores, para reinterpretar depresiones parecidas en Marte.
Kilómetros de largo, pero apenas nueve metros de hondo
Las zanjas se llaman Abrakurrie, Wombat, Koonalda, Yangoonabie y Yalata. Corren en dirección aproximada norte-sur cerca del Great Southern Scarp, el gran acantilado que remata la llanura sobre el océano, y miden desde varios kilómetros hasta más de 20 kilómetros de largo, con anchos de 100 a 500 metros. Su profundidad, sin embargo, suele quedarse por debajo de los 9 metros.
Esa combinación las vuelve casi invisibles a ras de suelo. El Nullarbor es una plataforma de roca caliza de más de 200,000 kilómetros cuadrados, expuesta a la intemperie desde hace más de 14 millones de años y con un relieve extremadamente plano. Lipar explicó a Live Science que desde el terreno uno apenas repara en ellas; el equipo tuvo que exagerar el relieve en modelos digitales de elevación para verlas con claridad y decidir dónde medir.

Las pruebas que descartaron el río
A primera vista parecen valles secos, pero no se comportan como tales. Las zanjas empiezan y terminan de golpe, no tienen afluentes ni conectan con ninguna red de drenaje, y su sedimento no muestra señales de transporte río abajo: arriba domina la arena y, conforme se baja, aumenta la proporción de limo y arcilla.
Lo decisivo estaba debajo. Con tomografía de resistividad eléctrica, una técnica que mide cómo circula la corriente por el subsuelo para distinguir roca de sedimento, el equipo encontró bajo cada zanja zonas de baja resistividad que se prolongan más allá del alcance de sus mediciones, de 30 a 70 metros, rodeadas por caliza compacta. Las mediciones sísmicas pasivas en Koonalda apuntaron en la misma dirección: material más fracturado o menos consolidado justo bajo el eje de la depresión.
La confirmación directa llegó en Clay Dam Cave, una dolina de colapso dentro de la zanja de Koonalda. Su hundimiento de unos 20 metros deja a la vista estratos combados y un relleno de sedimento que coinciden con la geometría que la tomografía había dibujado. En los acantilados costeros, justo donde las zanjas se proyectan hacia el mar, aparecen zonas de colapso de más de 100 metros de ancho con capas de roca hundidas, brechas y cuevas.
"Con el tiempo, los techos de las cuevas colapsaron progresivamente, lo que provocó el hundimiento del material superior y terminó por crear depresiones poco profundas en la superficie", dijo Lipar en el comunicado de Curtin.
El estudio también descarta un origen eólico y uno puramente tectónico, porque no hay desplazamiento vertical en superficie. Deja abierta, eso sí, una influencia estructural: la orientación de las zanjas corre paralela a las fallas documentadas en el sur de la llanura.
De dónde sale la cifra de 150 metros
Varios titulares hablan de cuevas de hasta 150 metros de profundidad. Ese número no es una medición nueva bajo las zanjas: corresponde a la clasificación que la literatura previa, citada en el artículo, hace de las cuevas del Nullarbor. Las "someras" quedan a menos de 30 metros de la superficie; las "profundas", entre 50 y 150 metros.
Las profundas son las protagonistas de esta historia. Se concentran a unos 60 kilómetros de la costa, tienen pasajes de cientos de metros con decenas de metros de ancho y alto, y se formaron probablemente entre el Oligoceno y el Mioceno temprano, cuando el agua subterránea fluía hacia el mar y disolvía la caliza. Al retirarse definitivamente el mar y bajar el nivel freático, entre el Mioceno tardío y el Plioceno temprano, las cuevas se vaciaron, perdieron el soporte del agua y sus techos empezaron a ceder.
El artículo usa Cocklebiddy Cave, a unos 250 kilómetros al oeste de las zanjas, como referencia: mide unos 6 kilómetros, discurre a unos 100 metros bajo la superficie y no deja una zanja continua arriba. Es la prueba de que existen conductos largos y rectos bajo el Nullarbor sin rastro evidente en el paisaje.
Un hundimiento que avanza hacia la superficie
Las cinco zanjas no están en la misma fase. Al oeste, en Abrakurrie, la caliza alcanza unos 250 metros de espesor y la zanja aparece como una hilera discontinua de dolinas conectadas con cuevas. Al este, en Yalata, la roca apenas llega a unos 110 metros y la depresión ya es continua y está rellena de sedimento. Los autores interpretan esa transición como etapas de un mismo proceso: donde hay menos roca que atravesar, el colapso llega antes a la superficie.
De ahí sale una consecuencia práctica. Koonalda Cave se prolonga cerca de un kilómetro bajo tierra más allá del extremo norte de su zanja, y Lipar señaló a Live Science que donde una zanja termina todavía puede haber una cueva que aún no se ha derrumbado.
El proceso tampoco es solo una reliquia. Una capa de calcreta situada 3 metros bajo la superficie en Clay Dam Cave arrojó una edad de unos 460,000 años por datación de uranio-torio, y bajo ella hay capas más antiguas. Para el equipo, eso indica que el colapso, el hundimiento y el relleno se han repetido y probablemente siguen hoy, a un ritmo muy lento.
La lectura para Marte y la búsqueda de vida
El Nullarbor funciona como laboratorio porque su aridez y estabilidad han conservado estas formas sin que el agua las borrara. Milo Barham, profesor asociado de Curtin y coautor, sostuvo en el comunicado que las cuevas importan por partida doble: en la Tierra preservan registros de ambientes pasados y afectan la ingeniería y el acceso al agua potable, y en otros planetas podrían ofrecer refugios subterráneos para buscar rastros de vida o servir de base a futuros astronautas.
Andrea Zerboni, científico de la Tierra de la Universidad de Milán que no participó en el estudio, puso el ejemplo concreto en declaraciones a Live Science:
"Las depresiones alargadas en Marte se han interpretado a menudo como tubos de lava colapsados. Sin embargo, este estudio muestra que estructuras superficialmente similares también pueden resultar del colapso de sistemas subterráneos formados por procesos de alteración de la roca similares al karst."
El trabajo se realizó en tierras del pueblo Mirning, con permisos de corporaciones aborígenes y autoridades de Australia Occidental y Australia Meridional, y sus datos geofísicos y sedimentológicos quedaron publicados en abierto en el repositorio Zenodo.
Lo que deja el estudio es una lista de señales verificables (depresiones alineadas, ausencia de red de drenaje y zonas de baja resistividad en profundidad) para localizar cuevas que nadie ha visto, tanto bajo desiertos terrestres como en superficies rocosas de otros mundos.