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Biología

Una ameba de fuego se reproduce a 63 °C y rompe el límite de calor de la vida compleja

Incendiamoeba cascadensis, hallada en arroyos termales de un parque volcánico de California, se divide a 63 °C. Son solo tres grados más que el récord anterior, pero desmienten el límite que se suponía para las células complejas.

por Gerardo Pavez
A serene geothermal field with steam rising amid autumnal surroundings. Perfect for nature and travel themes.
Foto de Alex Sever en Pexels

Un equipo de la Universidad de Syracuse describió en la revista Cell una ameba que se divide y se reproduce a 63 °C (145 °F), la temperatura más alta registrada para un eucariota, el grupo de la vida con células complejas que incluye a plantas, hongos y animales. Bautizada Incendiamoeba cascadensis, o «ameba de fuego de las Cascadas», salió de los arroyos termales del Parque Nacional Volcánico Lassen, en el norte de California. El récord anterior, de 60 °C, lo tenían algunos hongos y algas rojas. La diferencia es de apenas tres grados, pero tumba una hipótesis que circulaba en la biología: que las membranas internas de estas células no se mantienen estables por encima de 62 °C. El estudio, publicado el 22 de septiembre de 2026, contó con financiamiento de la NASA, que lo usa para ampliar el mapa de dónde podría existir vida fuera de la Tierra.

Cómo la encontraron: subir el termostato hasta que dejó de dividirse

Entre 2023 y 2025, la microbióloga Beryl Rappaport, estudiante de posgrado en el laboratorio de la ecóloga microbiana Angela Oliverio, tomó muestras de agua de los manantiales geotérmicos de Lassen y las llevó al laboratorio para cultivar las amebas que aparecieran. El parque es la región volcánica activa más al sur de la cordillera de las Cascadas.

El cultivo más caliente se fijó en 57 °C, explicó Rappaport a Science News, porque esa era la temperatura más alta descrita hasta entonces para una ameba, un récord de Echinamoeba thermarum. A esa temperatura apareció una ameba que no se parecía a la anterior campeona. El equipo siguió subiendo el calor y la desconocida continuó dividiéndose hasta 63 °C.

Por encima de ese punto deja de reproducirse, pero no se apaga. Según la NASA, todavía se desplaza en busca de alimento a 64 °C. Más arriba se repliega en una forma parecida a un quiste, la estrategia con la que las amebas entran en latencia cuando las condiciones empeoran, como detalla ScienceAlert.

Lo que aguanta la ameba de fuego, grado por grado

La tabla ordena lo observado en laboratorio junto a los récords que el hallazgo supera y el que sigue muy lejos de su alcance.

La ameba de fuego frente a otros récords de calor
Temperatura Qué se observó
57 °C (135 °F) Récord previo de crecimiento de una ameba, de Echinamoeba thermarum
60 °C (140 °F) Récord previo de los eucariotas, de algunos hongos y algas rojas
62 °C (144 °F) Límite que se había propuesto para la estabilidad de las membranas de los organelos
63 °C (145 °F) I. cascadensis todavía se divide: nuevo récord para los eucariotas
64 °C (147 °F) Ya no se reproduce, pero se mueve y busca alimento; más arriba adopta forma de quiste
70 °C (158 °F) Se recupera tras una exposición de cinco minutos
80 °C (176 °F) Ya no se recupera
122 °C (252 °F) Récord de toda la vida conocida, de la arquea Methanopyrus kandleri

La última fila pone el hallazgo en perspectiva. Bacterias y arqueas, células sin núcleo y con menos maquinaria interna que dañar, siguen muy por delante: Methanopyrus kandleri crece a 122 °C. Lo que cambia con la ameba de fuego es el techo de la vida compleja, no el de la vida en general.

Los trucos que comparte con bacterias y arqueas

El calor desarma las proteínas y rompe las membranas, un problema serio para una célula que guarda su ADN dentro de un núcleo y reparte funciones entre organelos como las mitocondrias. El equipo secuenció el genoma de I. cascadensis y midió qué genes se activaban a distintas temperaturas. Encontró genes que estabilizan el ADN y lo protegen de romperse, otros que le permiten percibir el entorno y, conforme subía el calor, más actividad en los que mantienen bien plegadas las proteínas.

Parte de su resistencia se parece a la de los microbios más duros. Algunas de sus proteínas tienen una fuerte carga positiva en la superficie, un rasgo que también aparece en bacterias y arqueas termófilas y que ayuda a evitar que se aglomeren con el calor. «Aunque estos organismos son muy diferentes, hay una convergencia en cómo se seleccionan las propiedades de las proteínas para mantener su estabilidad a altas temperaturas», dijo Rappaport en el comunicado de prensa del estudio que recoge ScienceAlert.

La ameba, además, alterna entre dos formas de cuerpo. Rappaport contó a Science News que una, más lenta, parece hecha para buscar comida, y otra, más rápida, para escapar cuando la temperatura deja de convenirle, algo útil en manantiales donde el calor cambia de un momento a otro.

Scientist working with microscope in sterile lab environment, wearing protective gear and a mask.
Imagen ilustrativa de trabajo de laboratorio en microbiología; no corresponde al estudio de la ameba de fuego. · Foto de Pavel Danilyuk en Pexels

Por qué le interesa a la NASA, y qué no demuestra

La astrobiología estudia los límites de la vida en la Tierra para calcular dónde podría sobrevivir en otros mundos, y casi toda esa investigación sobre extremófilos se había concentrado en bacterias y arqueas. Alison Olcott, científica del programa de Exobiología en la sede de la NASA en Washington, lo resumió así:

«Encontrar eucariotas que sobreviven en ambientes de alta temperatura no solo amplía nuestra comprensión de dónde podría hallarse vida, sino también de qué tan compleja podría ser esa vida».

La propia autora principal le pone freno a la lectura extraterrestre. Según Rappaport, la Tierra es el único planeta conocido que reúne todo lo que I. cascadensis necesita, porque la temperatura es solo una variable: también cuentan la acidez, el oxígeno, la presión, el agua y el alimento. La ameba no puede vivir sola, advirtió, sino que depende de otros organismos a su alrededor.

El récord tampoco parece definitivo. Al comparar su genoma con datos de otros estudios, el equipo halló fragmentos de ADN similares en muestras geotérmicas de Nueva Zelanda y del Parque Nacional Yellowstone, señal de que podría haber parientes termófilos sin describir en otras partes del mundo. «Hasta donde sabemos, no hay razón para que 63 grados sea el límite absoluto», dijo Oliverio a Science News.

La cifra que cambió es concreta: la vida compleja se reproduce al menos a 63 °C, tres grados por encima de lo que se aceptaba. Las pistas genéticas en Nueva Zelanda y Yellowstone ya marcan dónde buscar a la siguiente candidata.

Fuentes: 1, 2, 3

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por Gerardo Pavez

Redactor y creador de contenido especializado en deportes y tecnología. Apasionado por todo lo que ocurre dentro y fuera de la cancha.

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