TL;DR:
- Un equipo internacional liderado por la Universidad de Oxford compiló 427 interacciones sociales entre primates y animales de otras especies, publicadas en la revista Primates el 21 de julio de 2026.
- Participan 88 especies de primates y 127 especies acompañantes, 55 de ellas no primates; el juego (139 casos) y el acicalamiento (136) dominan el registro.
- El propio trabajo rechaza la lectura de "mascotas": casi todos los encuentros duran minutos, hubo 26 episodios abusivos y 13 animales murieron.
Un macaco rabón que despioja a un perro callejero en un templo tailandés. Un langur que acaricia a una ardilla gigante en Sri Lanka. Una cría de mono chato que se trepa a un cerdo doméstico en Yunnan. La Universidad de Oxford y una treintena de investigadores de todo el mundo juntaron 427 casos como esos y los publicaron el 21 de julio de 2026 en la revista Primates, en acceso abierto. Es la primera revisión sistemática del tema. Cuando el comunicado de Oxford salió el 29 de julio, media prensa internacional tituló que los monos también tienen mascotas. El paper dice justo lo contrario: casi todos esos vínculos duran minutos y ninguno equivale a tener un perro en casa. Lo que sí propone es que la curiosidad, la tolerancia y el impulso de cuidar a un animal ajeno ya estaban en el linaje primate mucho antes que nosotros.
427 casos donde el autor esperaba encontrar unas decenas
La idea le nació a Cyril Grueter, antropólogo evolutivo de la Escuela de Antropología y Etnografía de Museos de Oxford, en una visita al zoológico de Shanghái. Vio a una hembra de gibón de mejillas blancas sosteniendo y acariciando a un ratón que se había metido en su recinto. Después, haciendo trabajo de campo en el suroeste de China, se topó con monos chatos juveniles que insistían en subirse al lomo de los cerdos de la aldea. Ninguna de las dos escenas encajaba con las explicaciones de siempre, contó por correo a Defector: ni comida, ni protección frente a depredadores.
Al revisar la literatura esperaba una lista de curiosidades. Le salieron 427 registros que involucran a 88 especies de primates y 127 especies acompañantes, de las cuales 72 son otros primates y 55 no lo son: mamíferos, aves, reptiles, anfibios, insectos y hasta crustáceos. En total, 204 combinaciones distintas de especies.
"La mayor sorpresa fue simplemente la escala de todo esto", dijo Grueter.
El material salió de tres canteras: 303 casos de artículos científicos, 58 de fotos y videos rastreados en Google y YouTube con búsquedas como "animal odd couples", y 66 de respuestas a una encuesta enviada a unos 250 primatólogos, de los que contestaron 37. De los 427 encuentros, 311 ocurrieron en libertad y 111 en cautiverio. El juego apareció en 139 casos y el acicalamiento en 136, muy por encima del resto de los 17 subtipos catalogados.

Las hembras adultas acicalan, las crías juegan, y eso no cambia al cruzar de especie
El patrón que sale del modelo estadístico es el mismo que los primatólogos ya conocían dentro de cada especie. Las hembras adultas fueron las más propensas a acicalar y las que más conductas afiliativas iniciaron. Las crías y los juveniles se fueron casi siempre al juego. Los machos adultos quedaron al fondo de la tabla en las cuatro categorías de edad y sexo.
También quedó claro quién da el primer paso. En los 219 casos donde se registró la dirección de la interacción, 144 los inició el primate (el 66%), 72 fueron bidireccionales y apenas 3 arrancaron del otro lado: dos perros y un león.

Donde el estudio se llevó una sorpresa fue con la hipótesis más intuitiva de todas. Los autores esperaban que los primates prefirieran a las crías de otras especies, por aquello del "esquema de bebé" que describió Konrad Lorenz en 1943: ojos grandes, cabeza redonda, todo eso que dispara el instinto de cuidado. No pasó. En los 81 casos con edad conocida del receptor, 44 fueron hacia adultos y 37 hacia inmaduros, sin diferencia significativa. Y al filtrar solo los casos protagonizados por hembras adultas, el resultado se dio vuelta: 25 hacia adultos contra 9 hacia crías, esta vez sí con significancia estadística. La carita tierna no explica el fenómeno.
Veintiséis episodios abusivos y trece animales muertos
Aquí es donde la nota de "amistades adorables" se cae sola. El equipo catalogó 26 interacciones abusivas iniciadas por primates, 21 de ellas contra especies no primates: roedores, carnívoros, pangolines, damanes, suidos, aves, anfibios e insectos. Y documentó 13 muertes por manipulación violenta: siete aves, dos pangolines, un gato doméstico y tres primates.
Los casos individuales son incómodos de leer. Un babuino hamadríade macho en Ta'if, Arabia Saudita, se llevó a un cachorro doméstico y lo cargó durante largos periodos. En 1970, el primatólogo A. Richard describió a tres hembras de mono araña que se turnaban para cargar a una cría de mono aullador, tirando de sus extremidades para arrebatársela entre ellas; una se sentó encima del bebé media hora mientras chillaba. La cría apareció en el suelo y murió poco después.
¿Adopción o secuestro? Grueter le explicó a Defector que la frontera es difusa y que la intención es imposible de determinar con certeza, así que se guían por la conducta observable, no por los motivos supuestos. Su lectura es que todo esto vive en un continuo que va del cuidado al daño, y que incluso los encuentros que terminan mal pueden haber empezado como un intento torpe de socializar. El propio paper cita el caso extremo publicado en Current Biology en 2025: capuchinos juveniles de la isla de Jicarón que arrebataban crías de mono aullador a sus madres, una moda que se propagó dentro del grupo sin ninguna función adaptativa aparente. Todas las crías murieron.
El caso que más se parece a una mascota es brasileño y tiene nombre
En la primavera de 2004, un equipo que seguía a un grupo de capuchinos barbudos (Sapajus libidinosus) en un bosque de Brasil vio a una cría aferrada al cuerpo de una hembra adulta llamada Chiquinha. No era un capuchino: era un tití común, un mono mucho más pequeño y de otro género. La bautizaron Fortunata.
Chiquinha la crió hasta el verano siguiente, cuando quedó preñada y otra hembra, Dendê, tomó su lugar. Fortunata viajaba y comía con el grupo, respondía a sus llamadas de alarma y hasta ayudó a acosar a una serpiente. Los capuchinos jóvenes le medían la fuerza al jugar con ella. Permaneció con el grupo al menos diez meses, según el reporte original en American Journal of Primatology, y desapareció la primavera siguiente, ya casi adulta. Ese caso, junto con el de un macaco crestado que adoptó a una gallina extraviada en un zoológico israelí en 2017, es lo que los autores llaman proto-tenencia de mascotas: un vínculo largo con otra especie que no se explica ni por cuidado parental ni por beneficio inmediato de supervivencia.
El ejemplo más famoso de todos también entra en el paper: Koko, la gorila que aprendió lengua de señas, y All Ball, el gatito gris sin cola que recibió por su cumpleaños en 1984 y al que trataba como a un hijo. El animal escapó del recinto y murió atropellado meses después.
"No creo que demuestren que tengan mascotas en el sentido humano", escribió Grueter a Defector.
América Latina aparece en todo el estudio, incluida su firma argentina
La pareja de especies más frecuente de todo el registro silvestre no es asiática ni africana: son los capuchinos carablanca panameños (Cebus imitator) con los monos araña de manos negras (Ateles geoffroyi), con 19 casos, y una de las fotos que ilustran el paper viene de Santa Rosa, Costa Rica. Entre la treintena de firmantes está la primatóloga argentina Luciana Oklander, investigadora del CONICET en el Instituto de Biología Subtropical de Misiones y secretaria de la Sociedad Latinoamericana de Primatología, que firma junto con Nicolás Gorostiaga desde la misma institución.
El detalle tiene su ironía. Oklander lleva años trabajando contra la captura ilegal de monos carayá para venderlos como mascotas en Argentina, un negocio que deja a los animales sin saber alimentarse, trepar ni convivir con su propia especie. Que su nombre aparezca en el paper sobre las raíces evolutivas del mascotismo mide bien la distancia entre las dos cosas.
La comparación que hacen los autores con nuestra propia especie también apunta al sur. Al explicar por qué las hembras primates son más afiliativas, citan los registros etnográficos de sociedades cazadoras-recolectoras donde las mujeres han criado, e incluso amamantado, animales de distintas especies, con el trabajo de Philippe Erikson sobre los pueblos amazónicos entre las referencias centrales.
La aplicación práctica del estudio, dicen los autores, está en los recintos mixtos. Saber qué especies tienden a cooperar y cuáles a competir debería ordenar las decisiones de alojamiento en zoológicos y santuarios, un terreno donde la región tiene su propio pendiente: hace unas semanas Tijuana cerró el zoológico del Parque Morelos y anunció la reubicación de sus animales.
Preguntas rápidas sobre los vínculos entre primates y otras especies
¿Los monos tienen mascotas?
No en el sentido humano. El estudio de Oxford, publicado en Primates el 21 de julio de 2026, documentó 427 encuentros afiliativos, pero concluye que casi todos son efímeros. Los pocos vínculos largos, como el del tití criado durante meses por dos capuchinas en Brasil, son los que más se acercan a la idea de compañía.
¿Con qué animales se relacionan los monos?
Sobre todo con mamíferos. De las 127 especies acompañantes registradas, 72 eran otros primates. Entre los domésticos, los perros aparecieron en 26 casos y los cerdos y gatos en dos cada uno. Aves, reptiles, anfibios, insectos y crustáceos figuran en proporciones mucho menores.
¿Por qué las hembras acicalan más que los machos?
Los autores lo atribuyen a que en casi todas las especies de primates las hembras son las cuidadoras principales, y esa tendencia se extiende más allá de su propia especie. En el modelo estadístico, los machos adultos resultaron los menos afiliativos de las cuatro categorías de edad y sexo analizadas.
El trabajo deja una consecuencia práctica que no tiene nada de tierna: cada contacto físico entre especies es también una vía de contagio, y los autores la listan entre las implicaciones de su revisión. Grueter dijo que quiere averiguar si estos encuentros se vuelven más frecuentes conforme se encoge el monte y la fauna silvestre queda pegada a los animales domésticos. Ahí, el langur que acaricia a una ardilla deja de ser una postal y pasa a ser un asunto de salud animal.