TL;DR:
- Un equipo de la Universidad de Michigan documentó hongos vivos, tardígrados y gusanos en el agua de seis pozos de gas perforados en el Antrim Shale, la formación de roca orgánica que corre bajo la región de los Grandes Lagos.
- El estudio contó entre 4,200 y 6,800 células de hongo por mililitro y cultivó 205 cepas; trece no coinciden con ninguna especie ya descrita.
- Si esos hongos convierten en gas el carbono atrapado en la roca, los planes de enterrar CO2 bajo tierra tienen una variable que nadie había puesto en la ecuación.
Un equipo de la Universidad de Michigan encontró una comunidad de hongos vivos en el agua que sale de seis pozos de gas perforados en el Antrim Shale, la formación de roca rica en materia orgánica que se extiende bajo buena parte de la región de los Grandes Lagos. El trabajo, publicado el 29 de julio de 2026 en The ISME Journal, contó entre 4,200 y 6,800 células de hongo por mililitro de agua, identificó 689 unidades taxonómicas repartidas en seis filos y logró cultivar 205 cepas en laboratorio. Junto a los hongos aparecieron tardígrados, rotíferos y gusanos segmentados. Hay otra cifra detrás de todo esto: cerca del 90% del carbono orgánico del planeta está guardado bajo tierra, en petróleo, carbón y lutitas, y los modelos climáticos suelen dar por hecho que ahí se queda quieto.
El muestreo no tuvo nada de espectacular, y esa es parte de la gracia. Quinn Moon, candidato a doctor en el Departamento de Ecología y Biología Evolutiva de la universidad y autor principal, recogió 80 litros de agua (21 galones) en cada boca de pozo y los filtró hasta que los filtros se taparon. Después sacudió los filtros en agua limpia para desprender las células y sembró lo que salía en placas de agar. La salinidad varía muchísimo de un pozo a otro: el más somero devolvió 448 miligramos de sólidos disueltos por litro, casi agua dulce, y el más profundo llegó a 112,000, unas tres veces más salado que el mar, según el detalle que publicó Earth.com.
El equipo también se blindó contra la contaminación de superficie. Sembró agua estéril como control y dejó medio de cultivo abierto al aire de la sala durante cinco minutos: crecieron 23 colonias en esas placas, y toda cepa que coincidiera con alguna de ellas quedó fuera de los resultados. Los pozos son de Riverside Energy Michigan, y dos de sus empleados firman el estudio como coautores, que es la forma práctica en que un laboratorio universitario consigue acceso a un pozo en producción. La investigación la financió el Canadian Institute for Advanced Research, que juntó a geocientíficos y biólogos de hongos justo para averiguar si los hongos habitan los espacios profundos de la Tierra.

689 no son 689 especies, y el estudio lo escribe así
El resumen del trabajo no habla de especies. Habla de 689 OTU, unidades taxonómicas operativas: grupos de secuencias de ADN que se usan como aproximación a una especie cuando no hay un organismo descrito detrás. El comunicado de la universidad las tradujo como especies únicas y de ahí saltaron a los titulares. El número sigue siendo enorme; lo que cambia es qué está contando exactamente.
Lo que salió del cultivo es más concreto y bastante más raro. De las 205 cepas puras, 67 formaron grupos distintos entre sí, 26 de esos grupos no coinciden con ningún género conocido y 13 no se parecen lo suficiente a ninguna especie descrita como para ponerles nombre. La más extrema, catalogada por ahora como Teichospora sp. QM01, coincide con su pariente más cercano de las bases de datos en un 74%. También apareció Irpex cf. lacteus, un hongo de pudrición blanca que en la superficie se dedica a descomponer madera, y apareció en los seis pozos. Las clases dominantes, Agaricomycetes y Dothideomycetes, ya son degradadoras conocidas de compuestos de carbono difíciles de romper.
Conviene fijar una segunda cifra. El comunicado de la universidad describe pozos de 650 a 1,640 pies, unos 198 a 500 metros, y ese "1,640 pies" es el número que repitieron casi todos los titulares. El resumen del estudio sitúa el muestreo entre 247 y 556 metros, que Earth.com convierte a 810 y 1,824 pies. Misma investigación, rango distinto, y el punto más hondo queda por debajo del medio kilómetro largo.
Agua de la última glaciación y una cadena alimenticia sin sol
Los isótopos estables del hidrógeno y el oxígeno apuntan al deshielo de las capas que cubrieron Michigan al final de la última glaciación. Moon sitúa el último contacto de esa agua con la superficie hace unos 11,000 años. El estudio es más prudente que el comunicado: dice que las condiciones geoquímicas se han mantenido relativamente estables desde el Pleistoceno tardío y que la recarga subglacial es un mecanismo plausible para explicar cómo bajaron los microorganismos, no un hecho cerrado.
La roca es muchísimo más vieja que el agua. El Antrim Shale se depositó en el Devónico tardío, hace unos 380 millones de años, según recuerda la revista BBC Wildlife. Y no es que los hongos mastiquen mineral: se alimentan de la materia orgánica atrapada dentro de la lutita. Los isótopos de carbono del metano y el CO2 de las muestras confirman que el gas de esos pozos se genera sobre todo por vía microbiana, a partir de ese carbono fósil.
Arriba, la base de cualquier cadena alimenticia es la luz. Abajo es la roca. En los datos genéticos aparecieron rotíferos, nematodos, gusanos segmentados y tardígrados, los animales de ocho patas que todo el mundo conoce como osos de agua, además de parásitos que atacan tanto a animales como a otros hongos. Depredadores, presas y parásitos, todos en el mismo litro de agua.

El problema para quien planea enterrar CO2
Casi todo método para retirar dióxido de carbono de la atmósfera termina igual: inyectándolo bajo tierra. Moon dijo a Earth.com que esas estrategias todavía no han considerado que pueden estar metiendo ese carbono en ambientes cargados de hongos capaces de descomponerlo y transformarlo en formas que nadie previó. Tim James, curador de hongos del Herbario de la Universidad de Michigan y autor sénior, lo plantea como una tarea pendiente para quienes hacen las cuentas.
"Los hongos deben incorporarse a los modelos de ciclo y secuestro de carbono..."
Del otro lado del Atlántico el calendario aprieta. La Ley de Industria de Cero Emisiones Netas de la Unión Europea fija una meta vinculante de al menos 50 millones de toneladas anuales de capacidad de inyección de CO2 para 2030. En España, el único proyecto de almacenamiento en ejecución, y en fase muy inicial, es el TarraCO2-Storage de Repsol, frente a la costa de Tarragona, con los permisos ambientales parados, según El Español. México lleva más de una década con su propio mapa: el Atlas de Almacenamiento Geológico de CO2, publicado en 2012 por la Secretaría de Energía y la Comisión Federal de Electricidad, que evalúa la capacidad del país a escala nacional.
Hay que ser exacto con lo que el estudio sí probó. Muestreó una lutita en producción de gas, no un almacén de CO2. La conexión con la captura de carbono es una hipótesis del equipo, no un resultado medido.
La biosfera oscura ya tiene capítulo en español
El campo tiene nombre, "biosfera oscura", y España lleva años dentro. El proyecto IPBSL (Iberian Pyrite Belt Subsurface Life Detection), financiado por el Consejo Europeo de Investigación, empezó a perforar en 2012 la Faja Pirítica Ibérica, en Huelva, la zona donde nace el río Tinto y el mejor análogo geoquímico y mineralógico de Marte que existe en la Tierra. Del análisis de 47 muestras repartidas a lo largo de 613 metros de perforación, el Centro de Astrobiología (INTA-CSIC) identificó los diecisiete microorganismos más representativos, aisló veintinueve y demostró actividades metabólicas nunca antes reportadas en el subsuelo rocoso continental, como la oxidación anaerobia de amonio y de metano.
"...la importancia de la biosfera oscura y profunda en la evolución del planeta Tierra"
Así lo resumió Ricardo Amils, investigador principal de ese trabajo. La diferencia con Michigan es la que cuenta: en Río Tinto se buscaban y se encontraron bacterias y arqueas, organismos sin núcleo. El estudio de los Grandes Lagos va por los eucariotas, la rama a la que pertenecemos nosotros y los hongos, y esa es justo la parte que la literatura daba por marginal ahí abajo. Es el mismo movimiento que en los últimos meses ha ido corriendo la frontera de dónde puede vivir un animal, como las larvas de mosca que aguantan 400 metros de presión.
"En toda mi formación... ningún libro de texto cubre el subsuelo"
Moon lo dijo a Earth.com, y ahí está el tamaño real del hueco.
Preguntas rápidas sobre los hongos del subsuelo
¿De verdad se descubrieron 689 especies nuevas de hongos?
No. El estudio publicado en The ISME Journal identificó 689 OTU, unidades taxonómicas operativas basadas en secuencias de ADN. De los 205 cultivos puros que el equipo logró crecer, 13 no coinciden con ninguna especie ya descrita, así que son candidatas a especies nuevas y todavía deben describirse formalmente.
¿Cómo llegaron los hongos a cientos de metros bajo tierra?
La hipótesis del equipo es que el agua de deshielo de la última glaciación los arrastró por rocas porosas y fracturadas hasta las grietas de la lutita. Los isótopos del agua indican que su último contacto con la superficie fue hace unos 11,000 años. Los autores lo presentan como un mecanismo plausible, no confirmado.
¿Esto pone en riesgo los proyectos de almacenamiento de CO2?
El estudio no midió ningún almacén de CO2: muestreó pozos de gas en producción. Lo que hace es abrir una pregunta. Quinn Moon, autor principal, dijo a Earth.com que las estrategias de captura no han considerado que el carbono inyectado puede terminar en ambientes con hongos capaces de transformarlo.
Las 205 cepas ya están congeladas y secas en el Herbario de la Universidad de Michigan, la primera colección pública de hongos del subsuelo profundo, y el equipo trabaja con el Joint Genome Institute para secuenciarlas todas. En paralelo les está dando de comer carbón, lutita, petróleo y plástico, a ver qué aceptan. Moon dijo a Earth.com que este tipo de trabajo arranca como una pregunta básica sobre quién vive ahí abajo y solo después encuentra un uso, y que si se deja de financiar la ciencia básica la aplicada se queda atrás. Si alguna de esas placas descompone un hidrocarburo que hoy nadie sabe romper, un hongo que pasó once mil años a oscuras bajo Michigan va a terminar trabajando en superficie.