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Juno mide la temperatura bajo la superficie de Ío: sube más de 22 °C en los primeros metros

El radiómetro de Juno midió un alza de más de 22 °C bajo la superficie de Ío, la luna más volcánica del sistema solar.

por Alejandro Castillo Leone
Juno mide la temperatura bajo la superficie de Ío: sube más de 22 °C en los primeros metros

TL;DR:

  • Juno usó su Radiómetro de Microondas en dos sobrevuelos, el 30 de diciembre de 2023 y el 3 de febrero de 2024, para leer por primera vez el interior somero de Ío.
  • El flujo de calor de fondo se midió entre 1 y 3 watts por metro cuadrado, que sumado a toda la luna equivale a liberar hasta 30 veces la energía promedio de la Tierra.
  • La misma técnica de microondas podría aplicarse a la vigilancia de volcanes terrestres y a las cortezas heladas de Europa y Ganímedes.

La misión Juno de la NASA tomó por primera vez la temperatura bajo la superficie de Ío, la luna de Júpiter y el cuerpo con más actividad volcánica del sistema solar. La medición muestra que el terreno se calienta más de 22 °C (40 °F) en apenas los primeros metros de profundidad, un salto que la luz del Sol no alcanza a explicar. Los datos salieron de dos sobrevuelos cercanos, el 30 de diciembre de 2023 y el 3 de febrero de 2024, cuando la sonda pasó a unos 1,500 kilómetros de la superficie. El estudio, encabezado por Shannon Brown, del Laboratorio de Propulsión a Chorro (JPL) de la NASA, se publicó el 22 de julio de 2026 en Journal of Geophysical Research: Planets. Hasta ahora, casi todo lo que se sabía del calor de Ío venía del infrarrojo, que solo lee la piel del terreno.

Un instrumento hecho para nubes que terminó leyendo roca volcánica

El aparato que lo consiguió no estaba pensado para esto. El Radiómetro de Microondas (MWR) es un conjunto de seis antenas que capta emisión térmica en longitudes de onda de 1.3 a 51 centímetros, y se construyó para asomarse debajo de las nubes de Júpiter. Cada longitud de onda proviene de una profundidad distinta, así que el instrumento va leyendo el terreno por capas. Durante la fase extendida de la misión, el equipo lo apuntó también a Ganímedes, Europa e Ío.

El resultado se repitió en cada zona revisada.

"Donde quiera que miramos, encontramos que la temperatura subía más de 40 grados Fahrenheit a solo unos pies bajo la superficie, un gradiente mucho más pronunciado de lo que el calentamiento solar puede explicar", dijo Shannon Brown, autora principal del estudio.

Space.com precisa que el sondeo alcanzó entre dos y seis metros de profundidad, y que el mapa térmico encontró además zonas puntuales entre 10 y 20 °C más calientes que el terreno vecino. El análisis publicado por Eos, la revista de noticias de la AGU, sitúa ese calentamiento interno en las primeras decenas de metros de la corteza.

Dos explicaciones posibles y una que encaja mejor con las montañas

Los autores no cierran el caso. Los datos admiten dos lecturas y ninguna está confirmada.

  • Corteza conductora: el calor sube de forma constante desde el interior. Ese flujo de fondo se midió entre 1 y 3 watts por metro cuadrado, poca cosa vista de cerca, pero enorme al multiplicarla por toda la luna.
  • Lava enfriándose: lo que Juno detectó son coladas recientes tapadas por una costra solidificada de 9 a 11 metros, que cubrirían alrededor del 10% de la superficie en cualquier momento dado.

El resumen del estudio que publicó Eos se inclina por la segunda, y el argumento es de paisaje: Ío tiene montañas altas, difíciles de sostener si todo el calor subiera parejo por una corteza conductora. La NASA, en su comunicado, deja las dos hipótesis en pie. Eos añade que un análisis más fino del archivo del MWR puede afinar justo eso: cómo pierde Ío su calor interno y por qué unas regiones lo sueltan distinto que otras.

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El flujo de calor de fondo medido en Ío va de 1 a 3 watts por metro cuadrado. De cerca es poca cosa, algo así como una lucecita de noche encendida bajo cada metro cuadrado de terreno. Sumado a toda la luna, equivale a liberar hasta 30 veces la energía promedio que escapa de la Tierra.

Por fuera, una llanura de ceniza esponjosa

La otra sorpresa está en la textura. Ío es célebre por sus montañas, pero en microondas la superficie aparece lisa, con parches suaves que se extienden 100 kilómetros o más. Como Juno sobrevoló las mismas regiones desde ángulos distintos, el equipo pudo mapear cómo rebota la señal, igual que un pasajero de avión ve el mar destellar solo en cierta inclinación. Brown comparó ese paisaje con las Grandes Llanuras de Norteamérica.

El material tampoco se comporta como roca sólida. La capa superior tiene una densidad baja, más parecida a la piedra pómez o a una ceniza volcánica esponjosa, y descansa sobre material más denso unos metros abajo, según el análisis de Eos. Space.com lo atribuye a los mantos porosos de ceniza, escarcha de azufre y demás restos de erupción que repavimentan Ío sin descanso y entierran el terreno viejo.

La técnica apunta a los volcanes de la Tierra y a las lunas heladas

Ío no se calienta por decaimiento radiactivo, como la Tierra, sino porque Júpiter y otras dos lunas, Europa y Ganímedes, lo amasan a cada vuelta de su órbita. Esa fricción alimenta cientos de volcanes activos. El detalle que entusiasma al equipo es que el truco funcionó sobre roca, no sobre hielo, y eso abre una puerta más cercana.

"El descubrimiento sorpresivo de que podíamos ver bajo la superficie de una luna rocosa tiene implicaciones importantes para estudiar los volcanes de la Tierra", dijo **Scott Bolton**, coautor del estudio e investigador principal de Juno en el Southwest Research Institute.

Bolton plantea que un instrumento del tipo MWR colocado cerca de un volcán terrestre podría mostrar una firma parecida en el gradiente de temperatura del subsuelo. Para una región que convive con volcanes activos, como el centro de México y el Popocatépetl, la promesa es leer el calor mientras todavía va en camino, no cuando ya salió por el cráter. Space.com apunta que esa lectura podría mejorar el pronóstico de erupciones.

El otro destino es el hielo. Juno ya usó el mismo instrumento en Europa y Ganímedes, donde se cree que hay océanos bajo cortezas heladas, y entender cómo viaja el calor por esas capas es parte de la pregunta sobre si esos ambientes podrían sostener vida. Ío está descartado como candidato: ahí abajo no hay nada que sobreviva.

Juno llegó a Júpiter con un instrumento para mirar nubes y terminó midiendo cómo se mueve el calor bajo la corteza de una luna de roca. Ese método, más que la cifra, es lo que queda sobre la mesa: sirve para Ío, sirve para el hielo de Europa y, si Bolton tiene razón, puede acabar apuntando a un volcán de la Tierra.

Fuentes: 1, 2, 3

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por Alejandro Castillo Leone

Soy un amante del arte y la cultura. Desde el 2021 dirijo una web dedicada a la historia de mi país y he emprendido la misión de vivir para la cultura, alimentándome principalmente del ámbito Hispanoamericano.

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