Un equipo de la Universidad de Cambridge y de Oregon Health & Science University (OHSU) describió un mecanismo con el que los tumores frenan al sistema inmunitario: sueltan al líquido que rodea a sus propias células una enzima antioxidante, la peroxirredoxina 1 (PRDX1), que barre las especies reactivas de oxígeno que los linfocitos T necesitan para encenderse. Sin esa señal química, la célula que debería matar al tumor no arranca. El estudio salió el 3 de septiembre de 2026 en Science. Cuando los investigadores usaron CRISPR para dejar sin PRDX1 a células cancerosas de ratón, la actividad inmunitaria subió y los tumores crecieron menos; en un modelo de melanoma, el sistema inmunitario los rechazó por su cuenta, y en otros, tumores que no respondían al bloqueo de puntos de control empezaron a responder. Todo el trabajo es preclínico.
Los linfocitos T necesitan una pizca de oxidación para encenderse
Las especies reactivas de oxígeno, o ROS, incluyen a los llamados radicales libres y cargan con mala fama. Se las asocia al envejecimiento, al daño en el ADN y al propio cáncer. Esa lectura sostuvo durante décadas la idea de que los suplementos antioxidantes podían reducir el riesgo de desarrollarlo.
En cantidades controladas, las ROS trabajan como mensajeras dentro de la célula. Los linfocitos T las usan para encender su maquinaria cuando reconocen una amenaza y para sostener después su capacidad de matar. Alexander J. Wesolowski, primer autor del trabajo e investigador del Departamento de Patología de Cambridge, señaló que solemos verlas solo como desechos del metabolismo, cuando cumplen funciones dentro de la célula y los linfocitos T las necesitan para activarse.
El equipo fue a buscar al lugar donde ocurre la pelea: el líquido intersticial del tumor, el fluido que baña a las células dentro de la masa tumoral. Ahí encontró una actividad antioxidante intensa y la PRDX1 enriquecida. Al retirar las ROS del microambiente, esa enzima deja a los linfocitos T sin las señales que necesitan para activarse, multiplicarse, producir citoquinas y ejercer su función citotóxica, según el recuento del estudio que publicó Pharmacy Times.
Un "punto de control redox" que no pasa por PD-1
Los inhibidores de puntos de control, la familia de inmunoterapias que cambió el tratamiento de varios tipos de cáncer, bloquean señales inhibidoras como PD-1 y PD-L1 para que los linfocitos T reconozcan y ataquen a las células malignas. La PRDX1 no opera así. No apaga al linfocito por el contacto entre un receptor y su ligando: altera las condiciones químicas a su alrededor. Los investigadores lo describen como un "punto de control redox" que no se había identificado.
La distinción tiene una consecuencia práctica. Un mecanismo que actúa por química del microambiente puede seguir suprimiendo a los linfocitos T aunque los puntos de control convencionales ya estén bloqueados. Muchos pacientes no responden a la inmunoterapia o desarrollan resistencia con el tiempo, y este trabajo apunta a una vía adicional para explicar por qué.

El estudio también halló que las células cancerosas suben su producción de PRDX1 durante la inmunoedición, el proceso por el que la presión del sistema inmunitario elimina a las células tumorales más vulnerables y deja en pie a las variantes que saben escapar. Bajo esa lectura, soltar antioxidantes funciona como una adaptación.
Para comprobar que la PRDX1 hacía ese trabajo por sí sola, el equipo la borró con CRISPR. En un modelo de melanoma, los tumores sin la proteína fueron rechazados de forma espontánea por el sistema inmunitario. En otros modelos de melanoma que antes resistían, quitarla los volvió sensibles al anti-PD-1 y al anti-CTLA-4. Un modelo de carcinoma hepatocelular en ratón mostró mejor control tumoral cuando la eliminación se combinó con el inhibidor de punto de control.
Hemos encontrado una nueva forma en la que los cánceres apagan al sistema inmunitario.
Rahul Roychoudhuri, Departamento de Patología de la Universidad de Cambridge
Para saber si el mecanismo también ocurre en personas, el equipo revisó datos publicados sobre las proteínas que sueltan líneas celulares de cáncer humano, examinó la actividad génica de miles de tumores humanos y midió la PRDX1 en fluido extraído de tumores de pacientes. Las tres vías apuntaron en la misma dirección. En el artículo, identificado con el DOI 10.1126/science.adz8203, participaron además el Babraham Institute, la Universidad de Tubinga, la Universidad de Lausana y el Humanitas Clinical and Research Center, con financiamiento del Medical Research Council, el European Research Council, Wellcome y los Institutos Nacionales de Salud de Estados Unidos.
Qué cambia, y qué no, para los suplementos antioxidantes
Varios ensayos clínicos aleatorizados grandes no encontraron que los suplementos antioxidantes redujeran el riesgo de cáncer, y en algunos casos los resultados empeoraron. La Universidad de Cambridge plantea que el hallazgo ofrece una explicación posible: si los linfocitos T dependen de las ROS para atacar, un antioxidante podría estar limando esa capacidad sin proponérselo. Es una hipótesis que el trabajo vuelve plausible, no un resultado clínico.
De ahí no se sigue ninguna indicación para el lector. El propio equipo subraya que los hallazgos vienen de modelos preclínicos de laboratorio y que quien vive con cáncer no debería cambiar su tratamiento ni su dieta sin indicación médica. Pharmacy Times añade el matiz para la práctica: el estudio no es evidencia para suspender alimentos con antioxidantes, medicamentos recetados ni suplementos, y cualquier cambio en suplementos se conversa con el equipo de oncología.
Lo que sí queda es un blanco terapéutico. Robert L. Eil, coautor sénior, profesor asociado de cirugía en la Escuela de Medicina de OHSU y miembro del Knight Cancer Institute, planteó que la vía a explorar podría ser la contraria a la intuición: no antioxidantes, sino prooxidantes que pongan en marcha a los linfocitos T contra el tumor.
Identificamos un blanco que nadie estaba buscando.
Robert L. Eil, Oregon Health & Science University
Los caminos posibles incluyen fármacos que neutralicen los antioxidantes liberados por el tumor, inhibidores de la actividad de PRDX1, más señal de ROS dentro del microambiente o células inmunitarias diseñadas para aguantar un entorno cargado de antioxidantes. Ninguno está probado. No existe todavía una terapia dirigida a PRDX1 con seguridad o eficacia demostradas en pacientes, no se sabe qué tipos de tumor dependen más de esta vía ni si los niveles de la proteína servirían para anticipar quién responde a la inmunoterapia. Y hay un riesgo de fondo que el propio análisis de Pharmacy Times marca: alterar el equilibrio redox de forma sistémica puede dañar tejido sano.
En ratones, quitarle una sola proteína al tumor bastó para que la inmunoterapia funcionara donde antes fallaba. Eso deja a la PRDX1 como un blanco con evidencia mecanística detrás y una pregunta clínica todavía sin abrir: si bloquear ese punto de control redox devuelve la respuesta antitumoral en personas, y a qué costo para el tejido sano.