El Instituto SETI presentó el 8 de septiembre de 2026 una vía material para buscar civilizaciones extraterrestres: examinar alrededor de un metro cúbico de regolito lunar en busca de partículas de origen tecnológico de menos de una micra. El trabajo lo encabeza Lewis Pinault, científico afiliado del instituto e investigador de Birkbeck College, y lo firman también Brian C. Lacki, Ian A. Crawford y Andrew P. V. Siemion. Es un preprint en revisión en el International Journal of Astrobiology y no reporta ningún hallazgo: entrega el primer marco cuantitativo para poner la idea a prueba. El propio texto acota qué compraría ese metro cúbico. Si no aparece nada, el resultado descartaría que las estrellas de tipo solar hayan dispersado en promedio más de unas 0.1 masas terrestres de material artificial duradero en toda la historia de la Vía Láctea, una décima parte de nuestro planeta por cada estrella.
Qué descarta de verdad un metro cúbico sin hallazgos
La idea no es nueva. En los años noventa el astrónomo ucraniano Oleksiy Arkhipov propuso que restos microscópicos de naves, sondas o actividad industrial ajenas podían viajar por el espacio interestelar y acumularse en superficies antiguas y estables como la lunar. Pinault y sus coautores bautizan esos fragmentos involuntarios como partículas de Arkhipov y reservan el nombre de partículas de Bracewell para una categoría más especulativa: dispositivos micrométricos diseñados a propósito para registrar, sensar o incluso replicarse de forma limitada.
Lo que aporta el artículo es la física del trayecto. Con arrastre de gas y erosión por sputtering incluidos, los autores calculan que partículas refractarias de unas 0.3 micras de radio, unos cientos de veces más delgadas que un cabello, pueden recorrer escalas de kiloparsecs durante tiempos de residencia de entre 100 y 1,000 millones de años. La presión de radiación solar y el filtrado de la heliosfera dejan abierto un canal de llegada lenta por el que una fracción pequeña alcanza el sistema Tierra-Luna a velocidades compatibles con sobrevivir al golpe. Ahí la Luna saca ventaja: sin atmósfera que frene nada, la velocidad mínima de impacto es de 2 km/s, frente a los 11 km/s de entrada mínima en la Tierra, y su superficie lleva unos 4,000 millones de años acumulando material sin agua ni geología activa que lo borre.
De ahí sale el número que el comunicado no pone al frente. Un metro cúbico revisado sin resultados excluye los escenarios en los que una estrella de tipo solar disperse, en promedio, más de unas 0.1 masas terrestres de material artificial duradero a lo largo de la historia galáctica. La versión del preprint publicada en arXiv el 23 de junio de 2026 fijaba ese techo en 0.09 masas terrestres; la que los autores reenviaron a la revista el 17 de agosto lo redondea a 0.1.
El estudio maneja dos poblaciones distintas y un caso límite en el que el ejercicio no arroja nada. Lo que permitiría concluir un resultado negativo cambia por completo entre ellos.
| Régimen | Qué supone sobre el material | Qué permitiría concluir un resultado negativo |
|---|---|---|
| Partículas de Arkhipov | Restos industriales o de exploración dispersados sin intención, con flujo isotrópico integrado en toda la historia galáctica | Que una estrella de tipo solar no dispersa en promedio más de unas 0.1 masas terrestres de material artificial duradero |
| Partículas de Bracewell | Envío deliberado de dispositivos micrométricos hacia el Sistema Solar interior | Nada del límite anterior: es otra población, y los autores estiman que ahí la probabilidad de detección puede ser órdenes de magnitud mayor |
| Liberaciones muy raras | Los granos siguen agrupados en regiones de unos 100 parsecs alrededor de su origen y nunca se mezclan en el disco galáctico | Nada en absoluto: si el Sistema Solar jamás cruzó una de esas regiones, no se puede fijar ningún límite por mucho material que exista |
Ese tercer caso es la letra chica del propio estudio. Los autores calculan que por debajo de un umbral de liberación del orden de un evento por cada varios cientos de miles de estrellas parecidas al Sol en toda la historia galáctica, el Sistema Solar difícilmente habría atravesado siquiera una de esas regiones cargadas de granos.
La cuenta de Avi Loeb: ni nuestra propia basura se nota en la Luna
Avi Loeb, catedrático de la Universidad de Harvard y director del Proyecto Galileo, publicó su lectura del preprint el mismo 8 de septiembre. No firma el trabajo y lleva años defendiendo la arqueología interestelar como línea legítima, así que su objeción no va contra la idea sino contra el tamaño del pajar.
Sus cifras son directas. A la Luna llegan del orden de 10,000 toneladas de polvo natural al año, un millón de toneladas en el último siglo. Las misiones espaciales han depositado allí unas 181 toneladas de material humano en medio siglo, entre orbitadores estrellados, trenes de aterrizaje, herramientas y contenedores de desechos. La proporción que sale de esa comparación es de una parte entre 5,000. Es basura propia, puesta a propósito, a la distancia de la Luna, y aun así representa el 0.02% de la masa caída allí durante el último siglo.

Para la fracción interestelar, Loeb arma lo que llama un modelo triplemente optimista: que la humanidad llegara a expulsar al espacio interestelar una masa equivalente a toda su infraestructura sólida en uso, que un estudio publicado en Nature en 2020 cifró en unos 1.1 billones de toneladas; que cada estrella parecida al Sol hiciera lo mismo; y que todo ese material sobreviviera al viaje. Ni con esas tres concesiones mejora gran cosa. El resultado deja el polvo tecnológico unos pocos billones de veces por debajo de la densidad del polvo interestelar natural, lo que obligaría a revisar billones de granos antes de topar con uno artificial. Y encima el fondo local aprieta: el polvo zodiacal que baña el Sistema Solar interior procede sobre todo de cometas de la familia de Júpiter y de colisiones de asteroides, y menos del 1% procede del espacio interestelar.
Loeb sí ve una salida, y coincide con la que abre el preprint. Si alguien apuntara a propósito al Sistema Solar interior, por ejemplo soltando sondas pequeñas desde objetos interestelares del tamaño de 1I/'Oumuamua, la abundancia cerca de la Tierra podría superar con mucho a la del espacio interestelar. Loeb preside además el consejo asesor científico sobre fenómenos anómalos no identificados del gobierno estadounidense, y esa hipótesis dirigida es central en su propio trabajo.
El fondo natural se complicó en enero: la Luna fabrica nanotubos
El marco entero depende de distinguir un grano fabricado de uno natural. Sci.News detalla la cadena que exigiría esa distinción: un cribado por visión artificial que marque granos anómalos y, después, análisis forense de laboratorio, isotópico, químico y estructural, para descartar minerales naturales, contaminación terrestre o restos de nuestras propias naves.
El fondo se complicó meses antes de que llegara esta propuesta. Un equipo de la Universidad de Jilin publicó el 21 de enero de 2026 en Nano Letters la primera identificación inequívoca de carbono grafítico en muestras lunares y, junto con ella, nanotubos de carbono de pared simple en el material que la misión china Chang'e-6 trajo de la cara oculta. Hasta entonces se asumía que esas estructuras requerían preparación artificial. Según el estudio, se formaron por impactos de micrometeoritos y una catálisis impulsada por hierro, bajo la actividad volcánica temprana y la irradiación del viento solar.
El hallazgo chino no tiene nada de extraterrestre y sus autores tampoco lo plantean así. Lo que cambia es el listón: el suelo lunar produce por su cuenta al menos una estructura que durante décadas se leyó como firma inequívoca de laboratorio, y cualquier búsqueda de granos fabricados tendrá que descartarla antes de llamar anómalo a nada.
La prueba real depende además de muestras que todavía no existen en la cantidad necesaria. El preprint apunta a los suelos de archivo de las misiones Apollo y Luna, a la serie creciente de material devuelto por Chang'e y a lo que traigan Artemis y las misiones comerciales, además de microscopía montada directamente en róveres o módulos de aterrizaje. La NASA sigue apuntando a 2028 para su próximo alunizaje tripulado.

Al 8 de septiembre de 2026 el artículo sigue en revisión por pares: se envió al International Journal of Astrobiology el 10 de marzo, acumula cuatro versiones en arXiv desde el 23 de junio y volvió a la revista el 17 de agosto. Lo que queda sobre la mesa es un método con su primer número asociado, y ese número solo empezará a valer cuando alguien tamice el primer metro cúbico.