TL;DR:
- Un equipo dirigido por Louis Lazure, investigador de conservación del Zoo de Granby, observó a los animales del recinto durante el eclipse total del 8 de abril de 2024 con el zoológico cerrado al público.
- Solo los macacos japoneses y las cebras cambiaron de conducta con claridad: la actividad de los macacos cayó un 57 % y las cebras corrieron, comieron menos y mostraron señales de estrés.
- El biólogo Adam Hartstone-Rose, autor del trabajo sobre el eclipse de 2017 que popularizó las rarezas animales, sostiene que el comportamiento del público influye más de lo que se pensaba.
Los tres minutos de totalidad del 8 de abril de 2024 pasaron por encima del Zoo de Granby, en Quebec, con el recinto cerrado al público. Fue una oportunidad rara: por una vez, los animales se enfrentaron a la oscuridad repentina sin miles de personas gritando alrededor. Doce observadores anotaron cada minuto qué hacía cada especie, y repitieron el ejercicio en jornadas normales antes y después para tener con qué comparar. El resultado, publicado en la revista Zoo Biology por un equipo dirigido por el investigador de conservación Louis Lazure, contradice buena parte de lo que circula cada vez que la Luna tapa el Sol: la mayoría de los animales apenas se inmutó. Solo dos especies reaccionaron de forma clara, y la explicación de lo que ocurre en otros eclipses puede estar del lado de la valla donde estamos nosotros.
Los macacos subieron a las ramas y las cebras se pusieron nerviosas
Los macacos japoneses fueron los más evidentes. Al empezar la totalidad, muchos dejaron lo que estaban haciendo y treparon a las ramas altas de su hábitat. Su actividad cayó un 57 % y volvió a la normalidad en un cuarto de hora. A quien los miraba desde abajo le parecieron contemplativos, aunque se sentaron de espaldas al Sol y ninguno dio muestras de mirar hacia arriba.
Las cebras hicieron lo contrario: se activaron, corrieron durante la totalidad, comieron menos y mostraron más señales de estrés. Los animales de presa suelen reducir la alimentación cuando perciben peligro, así que el cambio encaja con un susto. Cuando el Sol reapareció, el observador registró más interacciones dentro de la manada, tanto amistosas como hostiles.
El resto del zoológico respondió en voz baja. Los camellos bactrianos se acercaron a sus dormideros, los leopardos de las nieves se volvieron más vigilantes, los monales del Himalaya y los avestruces bajaron su actividad y una grulla de coronilla roja dejó de vocalizar mientras duró la oscuridad. Los pandas rojos y los osos negros asiáticos, en cambio, siguieron descansando, y varias especies no dieron señal alguna de haber notado nada.

La lista viral de rarezas salió de un zoológico repleto de gente
Casi todo el catálogo que se comparte cada eclipse procede del mismo trabajo: el que Adam Hartstone-Rose, entonces biólogo en la Universidad de Carolina del Sur, hizo el 21 de agosto de 2017 en el zoológico de Columbia. Aquel día documentó babuinos apiñados, una colonia de flamencos que se cerró en círculo alrededor de las crías, jirafas al galope, un dragón de Komodo corriendo de forma errática, siamangs, una especie de gibón, con ladridos atípicos y una pareja de tortugas de Galápagos apareándose sin motivo aparente. Otros animales arrancaron su rutina nocturna: loris, unos loros pequeños, que volaron a sus cajas nido, gorilas junto a la puerta de su dormidero, elefantes africanos derivando hacia el establo.
El detalle que la lista viral suele perder es que ese zoológico estaba abarrotado. En el trabajo que publicaron en 2020, Hartstone-Rose y sus colegas ya apuntaron que algunos animales podían haberse sobresaltado por los humanos, aunque no pudieron demostrarlo. Hoy, profesor en la Universidad Estatal de Carolina del Norte, lo dice sin rodeos a Scientific American: «Los animales que actúan más raro en un eclipse son, por mucho, las personas».
En 2024 tuvo un contraste casi de laboratorio. Repitió la observación en el zoológico de Fort Worth, con menos público que en 2017, y las reacciones fueron más apagadas. El zoológico de Dallas, en cambio, montó un evento multitudinario, y allí los animales reaccionaron con mucha más intensidad.
Los observadores recordaron mal la mitad de lo que habían anotado
El estudio de Granby dejó un segundo hallazgo incómodo, y esta vez el sujeto era el equipo. Una semana después, las impresiones de los observadores coincidían con sus propios registros minuto a minuto solo la mitad de las veces. En un tercio de las comparaciones, las notas habían captado un cambio que la persona no recordaba haber visto.
La mayoría de esos observadores no tenía formación específica en comportamiento animal, y ahí está el aviso: es fácil leer las propias expectativas en lo que hace un animal. Un macaco inmóvil puede parecer sobrecogido, pero su conducta no permite saber si sintió algo parecido al asombro.
Lo que sí se ha medido con datos duros
Las aves ofrecen el caso mejor documentado. Un estudio publicado en Science en 2025 analizó cerca de 100.000 cantos grabados durante el eclipse de 2024 con ayuda de ciencia ciudadana: alrededor de la mitad de las especies registradas entonó su canto del amanecer cuando el cielo volvió a aclararse. Luciérnagas y arañas tejedoras también se han observado comportándose como si hubiera caído la noche.
Estudiar esto es difícil por una razón geométrica: en un mismo punto del planeta, los eclipses totales se repiten con intervalos de unos 366 años de media, así que no hay forma de replicar el experimento. Esa falta de repetibilidad complica además conseguir financiación, y Hartstone-Rose se quedó sin viajar al eclipse del 12 de agosto en parte por eso.
Su proyecto de 2024 con cientos de voluntarios dejó un dato que cierra el círculo: quienes estuvieron más cerca de la franja de totalidad sintieron más asombro, y quienes además observaron cambios en el comportamiento animal reportaron un asombro y una sensación de pertenencia a la ciencia notablemente mayores. Mirar a los animales, en otras palabras, cambia sobre todo a quien mira.