TL;DR:
- Ingenieros del MIT y la EPFL presentaron FAAV, un robot de unos 250 gramos que nada y vuela con las mismas alas, en un estudio publicado en Science.
- Rompe la superficie del agua solo con el aleteo, sin hélices, cable ni patas, y despega en menos de un segundo a unos 70 grados.
- Todavía no es autónomo ni ha encadenado la misión completa; el objetivo final es medir el océano costero a bajo costo.
Ingenieros del MIT y de la Escuela Politécnica Federal de Lausana (EPFL), en Suiza, construyeron un robot capaz de nadar bajo el agua y salir disparado a volar solo con el batir de sus alas, igual que un frailecillo u otras aves marinas que bucean. Lo llamaron FAAV, sigla en inglés de "vehículo aéreo-acuático de alas batientes". Pesa unos 250 gramos, cabe en una mano y este 9 de julio de 2026 protagonizó un estudio en la revista Science. Su hazaña central es también la más difícil: romper la superficie del agua y encadenar el vuelo sin hélices, sin cable, sin combustión y sin patas que remen, algo que ningún robot del tamaño de un ave había logrado antes. La meta a largo plazo es explorar y medir el océano costero a una fracción de lo que cuesta un barco.
Para lograrlo, el equipo se saltó dos cosas que sí tienen las aves. No le puso patas, porque en robótica son difíciles de construir y de controlar. Y tampoco le dio alas plegables, como las que muchas aves buceadoras cierran bajo el agua, porque eso obligaba a sumar articulaciones y motores. En su lugar apostó todo a la flexibilidad. Las alas son una membrana de nailon translúcido reforzada con varillas de fibra de carbono, y se deforman hasta un 90% al empujar contra el agua, que es unas 1,000 veces más densa que el aire. Esa misma ala se endurece lo justo para generar sustentación una vez en el aire.
El proyecto tomó cerca de dos años. Al frente está Raphael Zufferey, profesor de ingeniería mecánica del MIT y director del laboratorio AURA, autor principal del trabajo junto a colegas de la EPFL y del Northwest Indian College, en el estado de Washington. Su diseño tiene un detalle contraintuitivo: el cuerpo va abierto y se inunda por completo. Cada componente electrónico se impermeabilizó por separado con silicona, y ese blindaje sumó apenas 13 gramos, cerca del 5% del peso total. Así el robot queda con flotabilidad neutra: ni sube a la superficie ni se hunde, se queda quieto en el agua. El equipo fabricó además tres juegos de alas (60, 80 y 100 centímetros) y el mediano dio el mejor resultado.
Salir del agua fue la parte más difícil de todo
Un aletazo que funciona en el aire tiene que empujar de golpe contra algo mucho más pesado bajo el agua, así que el robot cambia de marcha. En el aire aletea entre cinco y seis veces por segundo para mantenerse en vuelo, y sube a unos diez aletazos por segundo para salir disparado. Bajo el agua, en cambio, puede ralentizarse muchísimo, incluso a un solo aleteo cada diez segundos. La ventana de despegue es estrecha: la salida ocurre en menos de un segundo, con unos ocho a diez aletazos, la cola pegada al cuerpo y un ángulo de lanzamiento cercano a los 70 grados. Más plano, y la cola sumergida lo jala hacia atrás. Más vertical, y el robot se voltea.
"Despegar las alas de la superficie del agua justo después de la transición fue la parte más difícil", dijo Zufferey a ZME Science.
Ahí está la novedad. Los robots aéreo-acuáticos anteriores rompían la superficie con combustión química, con un cable de energía o con hélices dedicadas. FAAV lo hace solo con las alas. El equipo lo probó primero en un tanque de agua y luego en el lago Lemán (lago de Ginebra), en Suiza, con los Alpes de fondo. En el video apenas se alcanza a ver una onda antes de que el aparato brote del agua y suene, según sus autores, como un ave levantando el vuelo.
Lo que el robot le enseñó a los biólogos
Como el robot obedece la misma física que un animal pero se le puede llevar a condiciones que ningún ave toleraría (aletear absurdamente lento, o volar sin patas), ya dejó algunas sorpresas sobre cómo funcionan las aves de verdad. Para diseñarlo, el equipo reunió datos de frailecillos, petreles, martines pescadores y otras aves buceadoras, y por el camino encontró esto:
- Las alas más pequeñas nadan más rápido, pero no de forma más eficiente. Eso sugiere que cuando las aves pliegan las alas bajo el agua buscan velocidad y buceos cortos, no ahorrar energía, al revés de lo que solía asumirse.
- Despegar solo con las alas gasta tanta energía que probablemente explica por qué la mayoría de las aves buceadoras necesitan patalear en la superficie para arrancar. Solo las más ligeras, como el martín pescador, pueden saltarse el remo.
- Sin que nadie se lo programara, el robot cayó en el mismo ritmo de aleteo eficiente al que llegan una y otra vez peces, aves e insectos para moverse sin desperdiciar energía.
Glenna Clifton, bióloga del movimiento animal de la Universidad de Portland que no participó en la investigación, quedó impresionada. Calcula que, con una sola carga, el aparato recorrería más que las partes de carrera y natación de un triatlón sprint.
"Es ligero y potente, y un paso monumental en el desempeño para nadar, volar y hacer la transición entre ambos", dijo Clifton a NPR.
Para qué serviría: del laboratorio al océano
"Nuestra visión soñada es que oceanógrafos, biólogos marinos y miembros de comunidades costeras lancen este robot desde un barco o desde la orilla, y que vuele cerca de la zona de interés, como un iceberg, una instalación portuaria o un grupo de ballenas. Se sumergiría para tomar una medición o recoger una muestra, y volvería volando para entregar los datos a una fracción del costo de los métodos tradicionales. Después podría salir de nuevo a bucear", explica Zufferey.
En esa visión, el robot ayudaría a vigilar floraciones de algas nocivas, poblaciones de peces, erosión costera o arrecifes de coral remotos, sitios a los que un barco no siempre puede llegar. Las estimaciones del equipo apuntan a unos 6 kilómetros de vuelo o cerca de 2 de nado por carga, y más allá de unos 15 metros conviene salir a volar antes que seguir nadando.
Zufferey ya trabaja en alas que además de batir puedan girar, y en pruebas con oleaje y viento. Si el robot llega a encadenar la misión completa y a decidir por su cuenta cuándo bucear y cuándo salir, la ciencia del océano ganaría una herramienta capaz de tomar datos no una vez por semana, sino cada hora, en zonas donde hoy casi nadie llega.