TL;DR:
- Un equipo internacional comparó el tamaño del cerebro de 79 especies de cefalópodos y publicó los resultados en la revista iScience.
- Los pulpos que viven en fondos marinos y aguas poco profundas tenían los cerebros más grandes: el factor decisivo fue la complejidad del hábitat, por encima de la vida social.
- El hallazgo respalda una segunda ruta evolutiva hacia la inteligencia, en la que un entorno rico premia el aprendizaje aunque el animal viva solo.
Los pulpos rompen una de las reglas más citadas de la biología. Durante décadas, la explicación dominante para los cerebros grandes fue la vida social: cuantos más aliados y rivales hay que recordar, más potencia cerebral se necesita. Un nuevo estudio publicado en la revista iScience apunta en otra dirección. Tras comparar el tamaño del cerebro de 79 especies de cefalópodos (pulpos, calamares y sepias), el equipo encontró que lo que mejor predice un cerebro grande es la complejidad del hábitat, no la vida social. Los pulpos que habitan el fondo marino y las aguas poco profundas, donde la astucia se paga con presas más nutritivas, mostraron los cerebros más grandes. El trabajo, encabezado por el psicólogo Michael Muthukrishna, de la London School of Economics, propone un segundo camino evolutivo hacia la inteligencia, uno que no depende de la compañía.
La hipótesis del cerebro social tropieza con el pulpo
La idea que el estudio pone en duda tiene nombre: la hipótesis del cerebro social, también conocida como hipótesis de la inteligencia maquiavélica. Sostiene que el cerebro creció, en relación con el cuerpo, para gestionar grupos numerosos y jerarquías cambiantes, seguir la pista de amigos y enemigos y sostener alianzas. En muchos mamíferos encaja bien: primates, lobos, leones, delfines y otros animales de manada tienden a tener cerebros más grandes cuando sus grupos son más grandes.
El pulpo no cuadra en ese molde. Los cefalópodos suelen ser solitarios. Se aparean sin formar vínculos de pareja y, en la mayoría de las especies, mueren poco después de poner los huevos, así que ni siquiera cuidan a sus crías. Muchos son territoriales, agresivos y caníbales. Y aun así usan herramientas, resuelven problemas y hasta juegan.
Ese contraste es lo que motivó la investigación. Muthukrishna lo planteó sin rodeos en un comunicado de la London School of Economics:
"Durante décadas, la historia principal de por qué los cerebros se hicieron grandes ha sido social: cerebros más grandes evolucionan para manejar grupos más grandes y complejos. Los cefalópodos revelan que hay otro camino hacia cerebros más grandes. Suelen ser solitarios, de vida corta, a veces incluso caníbales, y aun así tienen cerebros grandes y comportamiento inteligente."
Qué revelaron 79 especies de cefalópodos
Para poner a prueba esa intuición, el equipo reunió datos comparativos sobre el tamaño del cerebro de 79 especies de cefalópodos y los cruzó con información sobre su ecología, su comportamiento y su grado de socialización. El patrón que emergió apuntó al entorno.
Los resultados principales:
- Los cefalópodos que viven en el fondo marino y en aguas someras, ambientes más variados y con más alimento a mano, tienden a tener cerebros más grandes.
- La socialización no mostró esa relación. Entre las especies que sí forman grupos, como algunos calamares y sepias, ser más sociales no venía acompañado de cerebros más grandes.
- El hallazgo encaja con la hipótesis del cerebro cultural, propuesta en 2018 por el propio grupo de Muthukrishna, que plantea que el cerebro se seleccionó por su capacidad de almacenar y gestionar información aprendida, ya sea de forma social o asocial.
El primer autor, el antropólogo Kiran Basava, y su equipo recuerdan en el paper que las correlaciones tienen un techo: señalan factores posibles en la evolución del cerebro, pero por sí solas no explican cómo ni por qué evolucionó, ni permiten separar la causa de la consecuencia entre muchas variables que se confunden entre sí.
Muthukrishna explicó que todo arrancó con un modelo matemático que su grupo construyó años atrás para entender la evolución del cerebro humano. Ese modelo ya anticipaba una segunda vía: un animal solitario podía desarrollar un cerebro grande si su entorno era lo bastante rico y complejo como para premiar el aprendizaje. Los pulpos, los calamares y las sepias sirvieron para probar la predicción, y los datos encajaron. Su conclusión fue directa: hay más de un camino para desarrollar inteligencia.
La inteligencia del pulpo también se reparte por sus brazos
El nuevo estudio se suma a un retrato del pulpo que ya venía desconcertando a la ciencia: el de un animal cuya inteligencia no se concentra solo en la cabeza. Un pulpo común tiene alrededor de 500 millones de neuronas, una cifra que lo coloca entre los invertebrados más complejos y en el rango de algunos mamíferos. Lo llamativo no es el total, sino el reparto: cerca de dos tercios de esas neuronas están fuera del cerebro central, distribuidas por los ocho brazos.
Cada brazo cuenta con su propia circuitería nerviosa, un cordón nervioso continuo y ventosas que captan señales químicas y táctiles de todo lo que tocan. En una revisión de 2012 en la revista Current Biology, el neurocientífico Binyamin Hochner describió al pulpo como un animal cuyo sistema de control no puede entenderse como un cerebro que da órdenes a extremidades pasivas. Un trabajo de 2001 en Science, encabezado por German Sumbre, mostró que el brazo puede ejecutar programas motores locales y generar movimientos de alcance por su cuenta. Y un estudio de 2020 en Cell, liderado por Lena van Giesen, identificó la maquinaria molecular que permite a las ventosas "saborear" aquello que tocan.
Nada de esto es casual en un animal sin esqueleto. Los brazos del pulpo son hidrostatos musculares: se mueven por presión interna y estructura muscular, no por huesos y articulaciones, de modo que pueden doblarse, estirarse, acortarse y torcerse casi en cualquier punto. Controlar semejante flexibilidad desde la cabeza sería inviable, así que buena parte del trabajo ocurre justo donde se produce el contacto. Los pulpos, además, son moluscos: en el árbol de la vida están más cerca de las almejas y los caracoles que de los mamíferos. Su inteligencia surgió, por tanto, en una rama evolutiva aparte.
Por qué importa: más de un camino hacia la inteligencia
Que el entorno, más que la vida social, aparezca como la presión principal detrás del cerebro del pulpo tiene consecuencias más allá de los cefalópodos. Sugiere que la inteligencia puede brotar por más de una vía, y que un ambiente exigente basta para empujar a un animal hacia cerebros grandes aunque pase la vida en soledad. Los propios autores subrayan que la investigación sigue apoyándose en correlaciones, así que no cierra el debate, pero sí abre una alternativa sostenida en datos.
La coautora Jennifer Mather, psicóloga especializada en pulpos de la Universidad de Lethbridge, lo resumió así:
"Esto debería recordarnos que el dogma científico siempre hay que cuestionarlo y, una vez más, muestra que los cefalópodos no siguen los caminos evolutivos predecibles."
Preguntas rápidas sobre el cerebro del pulpo
¿Por qué el pulpo tiene un cerebro grande si vive solo?
Según el estudio de iScience, la clave no es la vida social sino el hábitat. Los pulpos que habitan fondos marinos y aguas poco profundas, entornos complejos y con abundante alimento, tienden a tener cerebros más grandes, porque ese ambiente premia la capacidad de aprender, cazar y resolver problemas.
¿En qué se basa el estudio sobre el cerebro de los cefalópodos?
El equipo, con el antropólogo Kiran Basava como primer autor y Michael Muthukrishna como investigador principal, comparó el tamaño del cerebro de 79 especies de cefalópodos y lo cruzó con datos de ecología, comportamiento y socialización. Se publicó en la revista iScience en julio de 2026.
El pulpo lleva años obligando a la ciencia a reescribir lo que creía saber sobre la mente: cómo se ve, dónde reside y de dónde surge. Este trabajo le pone cifras a esa incomodidad y ofrece una respuesta que aprieta a la teoría dominante: a veces, para volverse inteligente, basta con un buen lugar donde vivir.