TL;DR:
- Un equipo del Reino Unido, Estados Unidos y Australia usó el telescopio Lovell de Jodrell Bank como receptor de radar y detectó chatarra en la órbita geoestacionaria, la franja que los radares terrestres no alcanzan.
- El fragmento medido tiene unos 66 centímetros, salió del satélite Intelsat 33e (destruido en 2024) y gira sobre sí mismo cada 15.6 segundos.
- Sumar radiotelescopios a los radares que ya existen multiplica por más de diez la sensibilidad del sistema, sin construir una sola antena nueva.
Un equipo británico, estadounidense y australiano convirtió el telescopio Lovell de Jodrell Bank en receptor de radar y midió un fragmento de basura espacial de 66 centímetros a 36,000 kilómetros de altura, en plena órbita geoestacionaria. El proyecto se llama Long Baseline Multistatic Radar (LBMR), lo financia la Agencia Espacial del Reino Unido y lo lidera la Universidad de Birmingham. El 22 de julio la Universidad de Manchester anunció que la técnica ya funciona en vivo: un radar dispara desde Massachusetts, el eco vuelve a Inglaterra y todo se procesa en tiempo real. Importa porque esa franja es donde viven los satélites de comunicaciones, meteorología y navegación de medio planeta, y hasta ahora los radares del suelo no llegaban hasta allá.
El problema tiene una geometría sencilla y una consecuencia incómoda. Los radares que vigilan la órbita baja funcionan bien hasta unos 2,000 kilómetros. Para ver a 36,000 hace falta un transmisor enorme y, sobre todo, un receptor capaz de escuchar un susurro. Por eso la geoestacionaria se vigila con telescopios ópticos, que distinguen objetos de más de 10 centímetros, según datos de la ESA citados por Space.com, y se quedan cortos con lo más pequeño. Y lo pequeño mata igual: un solo impacto basta para inutilizar un satélite de cientos de millones de dólares.
El truco no fue construir una antena nueva, sino usar la que ya estaba ahí
Un radiotelescopio existe para detectar emisiones débiles de estrellas y galaxias. Esa misma sensibilidad, dirigida hacia abajo, lo vuelve un receptor de radar excepcional.
El radar biestático es un esquema en el que el transmisor y el receptor están en lugares distintos, a diferencia del radar convencional, que emite y escucha desde el mismo sitio. En este caso el transmisor fue el radar Millstone Hill del MIT Lincoln Laboratory, cerca de Boston, y el receptor, los 76 metros del Lovell en Cheshire. Como la antena no tiene que alternar entre emitir y escuchar, el ruido del sistema baja y la sensibilidad sube. Según el comunicado del proyecto, incorporar radiotelescopios a los radares actuales multiplica esa sensibilidad por más de diez.
Los socios se repartieron así:
- La Universidad de Birmingham lidera el proyecto y coordina la parte de radar.
- La Universidad de Manchester aporta el Lovell y las antenas de e-MERLIN, la pieza que da la ganancia de sensibilidad.
- El MIT Lincoln Laboratory pone el transmisor del otro lado del Atlántico.
- La empresa británica Goonhilly suma una antena de comunicaciones por satélite de 30 metros.
- El CSIRO australiano prestó el radiotelescopio Mopra, que extiende la red al hemisferio sur.
La demostración en vivo se hizo en el centro ECSAT de la Agencia Espacial Europea en Harwell, Oxfordshire, con público de gobierno, defensa e industria viendo las detecciones aparecer en pantalla, según la Universidad de Birmingham. Nada de esto era obvio hace unos años.
"En ese momento sonaba a idea loca, porque no teníamos sincronización. Teníamos equipos a un lado del océano y otros equipos al otro lado. Pero estábamos lo bastante locos como para continuar."
Marco Martorella, líder del proyecto y catedrático de Sensado de RF y Espacio en la Universidad de Birmingham, en el video del proyecto del que Space.com tomó la declaración. En ese mismo video, Simon Garrington, director asociado de Jodrell Bank, resume el resultado con una frase corta: nunca antes se había hecho algo así.
Lo que vieron: un pedazo de satélite que da una vuelta cada 15.6 segundos
El blanco no fue un objeto cualquiera. El Intelsat 33e, un satélite de comunicaciones de 6.6 toneladas lanzado en 2016, se rompió sin aviso el 19 de octubre de 2024 y la empresa lo declaró pérdida total. Los sensores comerciales alcanzaron a catalogar unas 500 piezas observables. Un análisis de la Oficina de Basura Espacial de la ESA calculó que el estallido pudo generar cerca de 16,000 fragmentos mayores a un centímetro, casi todos invisibles para los instrumentos actuales.
Uno de esos pedazos, del tamaño de una maleta de cabina, fue el que devolvió el eco. La observación se hizo en febrero de 2025 y el análisis vino después; los resultados los presentó Phoebe Ryder, doctoranda de la Universidad de Manchester, en el congreso nacional de astronomía NAM2026 celebrado en Birmingham, según reportó ZME Science.
Lo que salió de ahí no es una fotografía. Es un patrón: conforme el fragmento rota, cada cara refleja distinta cantidad de energía, y esa oscilación se repite cada 15.6 segundos. Combinando matemáticamente esas vistas sucesivas, el equipo reconstruyó la forma del objeto.
"No es necesariamente una imagen... Esto se parece un poco a un escáner de tomografía computarizada."
La diferencia con el hospital es que aquí el aparato no gira alrededor del paciente: el paciente gira solo, a 36,000 kilómetros, y la antena espera en el suelo.
La órbita donde el radar español no llega y México sí tiene un satélite
Conviene aterrizar el número, porque 36,000 kilómetros suena a problema de otros. No lo es.
El radar de vigilancia espacial S3TSR, instalado en la base aérea de Morón de la Frontera y una de las aportaciones de España al consorcio europeo EU SST, vigila las órbitas bajas: de 200 a 2,000 kilómetros. Su centro de operaciones, el S3TOC, presta servicio anticolisión a más de 300 satélites de 30 usuarios europeos distintos, según la Agencia Espacial Española. Es infraestructura de primer nivel, y aun así se detiene dieciocho veces antes de llegar a donde el Lovell escuchó ese eco.

Del lado mexicano el dato es todavía más directo. El satélite Morelos 3, del sistema MexSat, ocupa desde octubre de 2015 la posición 113 grados oeste a 36,000 kilómetros de altura, y presta comunicaciones móviles para agencias de seguridad nacional, alertas tempranas y apoyo en desastres, según la dependencia federal que informó su puesta en órbita. Vive en el mismo anillo por donde ruedan los restos del Intelsat 33e. Y ahí arriba no hay atmósfera que frene nada: sin alguien que los retire, muchos fragmentos pueden seguir dando vueltas durante miles de años.
Cinco días después, el telescopio se quedó sin presupuesto
Aquí la historia da un giro que ninguna de las dos universidades planeó.
El 22 de julio, la Universidad de Manchester presentó el Lovell y el arreglo e-MERLIN como infraestructura estratégica para proteger los satélites británicos.
"El telescopio Lovell de 76 metros de Jodrell Bank es un receptor de radar excelente para este tipo de trabajo. Queremos aprovechar todo su potencial para contribuir al monitoreo de objetos en órbita, proteger los activos británicos en el espacio y hacer el espacio más seguro."
Eso lo dijo Simon Garrington en el comunicado oficial. El 27 de julio, cinco días más tarde, UKRI y su consejo STFC anunciaron que no renovarán el financiamiento de e-MERLIN. El acuerdo vigente termina en marzo de 2028 y, salvo que aparezca dinero alternativo, las observaciones científicas cesarían el 1 de abril de ese año. Medios británicos han cifrado ese apoyo en unos 2.8 millones de libras anuales, monto que UKRI no ha desglosado públicamente; el organismo defiende la decisión como resultado de un proceso de priorización basado en evidencia. La propia Universidad de Manchester confirmó la noticia y dijo que trabaja con sus socios para asegurar el futuro del Lovell y de e-MERLIN.
El detalle fino duele más: el comunicado del 22 de julio señala que las antenas de e-MERLIN, sostenidas justamente por el STFC, son las que aportan flexibilidad, redundancia y la posibilidad futura de calcular órbitas en tiempo real. Es la parte del sistema que se quedó sin fecha de renovación.
Preguntas rápidas sobre el radar de basura espacial
¿Qué es la órbita geoestacionaria?
Es la franja situada a unos 36,000 kilómetros sobre el ecuador, donde un satélite gira al mismo ritmo que la Tierra y por eso parece quieto sobre el mismo punto. Ahí se concentran satélites de comunicaciones, meteorología y navegación, entre ellos el mexicano Morelos 3, en la posición 113 grados oeste.
¿De dónde salió el fragmento de 66 centímetros?
Del Intelsat 33e, un satélite de comunicaciones de 6.6 toneladas lanzado en 2016 que se rompió el 19 de octubre de 2024 y fue declarado pérdida total. Los sensores comerciales catalogaron unas 500 piezas observables, aunque la Oficina de Basura Espacial de la ESA estimó cerca de 16,000 fragmentos mayores a un centímetro.
¿Van a cerrar el observatorio de Jodrell Bank?
No se anunció un cierre, sino el fin del financiamiento de la red e-MERLIN que UKRI y el STFC decidieron no renovar. El acuerdo actual corre hasta marzo de 2028 y la Universidad de Manchester informó que trabaja con sus socios para conseguir recursos alternativos y sostener el telescopio Lovell.
Durante décadas, la geoestacionaria se vigiló mirando. Ahora hay una forma de escucharla, y quedó demostrada con antenas que ya existían, sin obra nueva ni presupuesto de construcción. El fragmento de 66 centímetros sigue girando cada 15.6 segundos allá arriba, en el mismo anillo donde México tiene su satélite de emergencias. La antena que lo detectó tiene presupuesto asegurado hasta marzo de 2028.