El informe 2026 de la Agencia Espacial Europea (ESA) concluye que la basura espacial en la órbita terrestre baja seguiría aumentando aunque los lanzamientos se detuvieran después de 2025. Las colisiones entre objetos ya existentes generarían fragmentos capaces de provocar nuevas colisiones, un ciclo conocido como síndrome de Kessler. La agencia también advierte que su índice de salud del entorno espacial pasó de aproximadamente 4 a 50 en un año, muy por encima de la referencia de sostenibilidad a largo plazo.
La actividad espacial crece más rápido que la limpieza
El reporte, publicado el 14 de septiembre de 2026 con datos recopilados hasta el cierre de 2025, registró más de 300 lanzamientos y más de 4,000 nuevas cargas útiles durante ese año. Eso equivale a unas diez cargas puestas en órbita por día, mientras más de tres satélites intactos o cuerpos de cohete reingresaron a la atmósfera cada día en promedio.
El crecimiento está impulsado por las grandes constelaciones comerciales y las misiones compartidas, que colocan varios satélites en un mismo lanzamiento. La ESA señala que la salida de objetos al final de su vida útil mejora en algunos indicadores, sobre todo con más reentradas controladas de cuerpos de cohete, pero todavía no alcanza para estabilizar el entorno a largo plazo.
El informe incorporó también una métrica para estimar el riesgo de que fragmentos supervivientes de reentradas no controladas causen víctimas en tierra. La probabilidad individual sigue siendo baja frente a muchos riesgos cotidianos, según la ESA, pero la tendencia aumenta junto con el número de lanzamientos, satélites y reentradas.
El índice no cuenta objetos, mide presión futura
El Space Environment Health Index no es un conteo de satélites ni de fragmentos. Es una medida modelada que combina la probabilidad de una colisión catastrófica con la gravedad de sus consecuencias y simula la evolución del riesgo durante un periodo prolongado. La ESA lo compara con un escenario de referencia definido en 2014 para evaluar la sostenibilidad del entorno orbital.
El salto de aproximadamente 4 a 50 en un año significa que la presión proyectada sobre el entorno orbital empeoró un orden de magnitud. No significa que hoy haya 50 veces más basura que el año pasado. En la extrapolación de las tendencias actuales, la ESA calcula que el riesgo asociado al entorno llegaría a ser 50 veces mayor que el primer umbral de sostenibilidad.
La propia agencia advierte que ese resultado no debe leerse como una predicción determinista. El modelo depende de supuestos sobre el tráfico futuro, el despliegue de constelaciones, las explosiones y el éxito de las maniobras de disposición al final de la misión. Aun así, el escenario sirve para medir qué ocurre si las prácticas actuales continúan.
Detener los lanzamientos no detendría la cadena
La ESA comparó un escenario que mantiene el comportamiento actual con otro que supone que no habrá lanzamientos después de 2025. En ambos casos, la cantidad de objetos de más de 10 centímetros en la órbita terrestre baja aumenta durante el horizonte de simulación de 100 años. En el escenario sin nuevos lanzamientos, los objetos ya presentes siguen chocando y producen fragmentos más rápido de lo que la atmósfera puede eliminarlos de forma natural.
La agencia redujo este año el horizonte de sus proyecciones de 200 a 100 años por las exigencias prácticas de modelar poblaciones cada vez mayores. Incluso con ese periodo más corto, las curvas resultan más altas que en las ediciones anteriores. La síntesis publicada por Waste360 coincide en el punto central: frenar los lanzamientos no elimina la dinámica de colisiones que ya está en órbita.
Ese proceso es la base del síndrome de Kessler, una reacción en cadena en la que una colisión crea fragmentos que aumentan la probabilidad de nuevas colisiones. La ESA no fija una fecha para un colapso orbital ni afirma que toda la órbita vaya a quedar inutilizada, pero sí advierte que algunas regiones podrían volverse cada vez más inseguras y potencialmente inservibles.
Prevenir ya no alcanza
La respuesta exige combinar gestión del tráfico espacial, disposición confiable al final de la misión, prevención de rupturas y retiro activo de objetos que ya quedaron abandonados. La ESA sostiene que las medidas de mitigación son indispensables, pero ya no bastan por sí solas para detener el crecimiento de la población de desechos.
La agencia trabaja en misiones de retiro activo, como ClearSpace-1, y en interfaces estandarizadas que permitirían enganchar satélites en el futuro. La necesidad ya está impulsando prototipos privados: FomoEra detalló el proyecto de KMI Space para mover y retirar objetos con brazos de captura, aunque las capturas a gran escala de la startup todavía están previstas para 2028.
La conclusión del informe no es que el espacio vaya a cerrarse mañana, sino que cada misión nueva se suma a un entorno cuya capacidad de absorber errores ya está bajo presión. Para mantener abiertas las órbitas más utilizadas, la prevención y la limpieza tendrán que avanzar al mismo tiempo.