Un estudio dirigido por Natalie Krivova, del Instituto Max Planck para la Investigación del Sistema Solar, concluye que el Sol tiene capacidad física para producir una superfulguración, una llamarada con una energía bolométrica del orden de 10^34 erg. El cálculo usa como referencia la gigantesca región activa que apareció en abril de 1947, capaz de alcanzar un tamaño suficiente para entrar en ese régimen en escenarios estadísticamente muy raros. La conclusión tiene una condición importante: la mancha de 1947 no produjo una superfulguración registrada y el trabajo no calcula cuándo podría ocurrir otra ni con qué frecuencia.
El estudio calcula un límite, no una fecha
El artículo, publicado el 10 de septiembre de 2026 en Philosophical Transactions of the Royal Society A, estudió la relación entre el tamaño de las regiones activas del Sol y la energía de las fulguraciones que producen. El equipo trabajó con un catálogo de 3,137 fulguraciones observadas por el satélite Solar Dynamics Observatory entre 2010 y 2016, incluidas 306 de clase M o superior.
Las fulguraciones dejan unas estructuras brillantes llamadas cintas de fulguración. Estas marcan las zonas donde las líneas del campo magnético se reconectan y permiten estimar cuánta energía participó en el estallido. En lugar de usar el comportamiento promedio, los investigadores calcularon los límites superiores del 95% y el 99% de los casos más extremos y después extrapolaron esa relación a las mayores manchas solares del registro histórico.
El umbral de 10^34 erg se utiliza habitualmente para hablar de superfulguraciones en estrellas parecidas al Sol. Las observaciones de otras estrellas sugieren que eventos de esa escala pueden aparecer aproximadamente una vez por siglo por estrella, pero esa estadística no equivale a una predicción para nuestro Sol. El propio estudio aclara que no aborda la probabilidad ni la frecuencia esperada de una superfulguración solar.
La mancha solar de 1947 llevó el cálculo al extremo
La Gran Mancha Solar de abril de 1947 cubrió cerca del 0.6% del disco solar visible y alcanzó un diámetro equivalente a unos 40 diámetros terrestres. Es la región de mayor tamaño analizada en el trabajo y funciona como un punto de referencia real para probar hasta dónde podría llegar la energía liberada por el Sol.
La estimación central del modelo, usando la envolvente estadística del 95%, situó su posible fulguración en 2.31 × 10^33 erg. Al incorporar los intervalos de predicción para los casos más raros, el cálculo llegó a 6.59 × 10^33 erg en el intervalo del 95% y a aproximadamente 1.25 × 10^34 erg en el intervalo del 99%. Por eso, el resumen del estudio concluye que regiones excepcionalmente grandes y complejas podrían liberar unos pocos 10^34 erg.
Esos números no representan la energía de una explosión que haya sido observada en 1947. En aquella época no existían instrumentos capaces de medir de forma completa la energía de una fulguración y no hay un registro de que esa región haya producido una superfulguración. Los científicos están usando su tamaño para preguntar qué habría sido físicamente posible bajo una combinación extrema de condiciones magnéticas.
“Nuestro Sol tiene potencial para superfulguraciones. Puede producir manchas solares masivas que, en principio, pueden servir como punto de partida para los estallidos de radiación más extremos”, explicó Krivova en el comunicado del Instituto Max Planck.
El tamaño no garantiza una explosión extrema
Una mancha grande proporciona un depósito mayor de energía magnética, pero no determina por sí sola la intensidad de la fulguración. La configuración del campo, su complejidad, la geometría de la reconexión y la posibilidad de que se forme una eyección de masa coronal también influyen en el resultado.
El estudio usa como comprobación la región activa AR 12192, observada en octubre de 2014. Tenía casi tres cuartas partes del tamaño de la mancha de 1947 y produjo varias fulguraciones de clase X, pero sus campos magnéticos mantuvieron buena parte de la actividad confinada. En contraste, la región asociada con la tormenta solar que provocó el apagón de Quebec en marzo de 1989 era más pequeña y aun así produjo una erupción con una configuración mucho más eruptiva.
Los autores también señalan que varias regiones activas grandes pueden formarse juntas, interactuar o fusionarse. Ese fenómeno, conocido como anidamiento, podría aumentar la complejidad magnética y hacer que una estimación basada en una sola región sea conservadora. El artículo identifica esa posibilidad, pero no calcula cuánto elevaría la energía en un caso concreto.
Qué significaría para la Tierra
El estudio no modela las consecuencias de una superfulguración sobre la Tierra. NASA explica que la radiación de una fulguración puede alterar la ionosfera y provocar apagones de radio, además de afectar satélites y naves espaciales. La atmósfera y el campo magnético protegen a las personas en la superficie de la radiación directa, aunque los astronautas y los vuelos de gran altura cerca de los polos pueden enfrentar una exposición mayor.
El riesgo tecnológico más amplio dependería de que la fulguración estuviera acompañada por una eyección de masa coronal dirigida hacia la Tierra. Esa nube de plasma puede desencadenar una tormenta geomagnética, inducir corrientes en las redes eléctricas, dañar transformadores y aumentar el arrastre sobre algunos satélites. Una superfulguración, por sí sola, no permite afirmar que ocurriría un apagón mundial: la dirección, la estructura magnética y la interacción entre la llamarada y la eyección serían determinantes.
La conclusión del trabajo es más precisa que alarmista. El Sol no ha sido observado produciendo una superfulguración durante la era espacial, pero ya no puede considerarse físicamente incapaz de hacerlo. El estudio cambia un supuesto sobre el límite de nuestra estrella; no establece una fecha ni una frecuencia para el próximo evento.