Un artículo de análisis publicado en The Conversation reconstruye, paso a paso, lo que ocurriría si el supervolcán de Yellowstone protagonizara una erupción de gran escala hoy mismo: columnas de ceniza que tapan el cielo, flujos piroclásticos que arrasan cuanto encuentran cerca del cráter y una nube que reparte ceniza fina a miles de kilómetros en un solo día. Los análisis de mortalidad que cita el texto calculan, de forma tentativa, entre 700 y 1,300 millones de muertes prematuras por la erupción y sus efectos, con quizá el doble de personas afectadas que logran sobrevivir. El propio artículo, eso sí, recuerda el matiz que casi nunca llega a los titulares: una catástrofe así ya remodeló el planeta sin acabar con la humanidad, y el USGS calcula que la probabilidad de una supererupción ronda una en 730,000 cada año.
Las primeras horas: columnas de ceniza y flujos piroclásticos
En el escenario que describe el artículo, la actividad crece hasta que los científicos comprenden que asisten al inicio de una erupción de categoría VEI 8, la máxima de la escala de explosividad volcánica, reservada a los eventos que expulsan más de 1,000 kilómetros cúbicos de material. La última vez que la humanidad presenció algo de esa magnitud fue hace unos 74,000 años, con el Toba, en Indonesia.
La nube que se forma no se comporta como un penacho de ceniza normal. Su propio empuje lanza el material en todas direcciones y lo extiende cientos de kilómetros antes de que los vientos de gran altitud tomen el relevo y arrastren la ceniza fina a miles de kilómetros en menos de un día. Tras unas horas de erupción continua, partes de la columna se desploman y generan flujos piroclásticos: mezclas ardientes de gas, ceniza y fragmentos de roca que avanzan a gran velocidad. A medida que el magma escapa, el terreno sin soporte se hunde, abre nuevas grietas y alimenta más columnas.

Ceniza sobre ocho estados y una crisis climática
Cientos de kilómetros más allá, en ciudades como Denver y a lo largo de la frontera con Canadá, la caída de ceniza oscurece el cielo, bloquea carreteras y deja sin servicio la electricidad, el agua y las comunicaciones, según el mismo recuento. La ceniza arrasa tierras de cultivo en al menos ocho estados. A esas muertes directas se sumarían otras indirectas: cortes de energía que apagan semáforos y alumbrado, servicios de salud interrumpidos, y episodios de electrocución, incendios o intoxicación por monóxido de carbono al intentar operar generadores caseros.
El golpe no se quedaría en Norteamérica. El artículo estima que los aerosoles de azufre inyectados en la estratosfera enfriarían el clima global hasta cerca de 1.5 °C durante varios años, lo que agravaría las crisis alimentarias y económicas. Sobre esa base, los análisis de exceso de mortalidad que menciona el texto llegan a la cifra de entre 700 y 1,300 millones de muertes prematuras, además de un número quizá dos veces mayor de personas que sufrirían secuelas temporales o permanentes sin morir. Son proyecciones de un escenario hipotético, no un pronóstico.
Por qué los científicos piden calma
La parte que rara vez acompaña a estas descripciones es la probabilidad. El USGS estima que la posibilidad de una supererupción en Yellowstone es de alrededor de una en 730,000 cada año, y su conclusión es prudente: aunque otra erupción catastrófica es posible, los científicos no están convencidos de que vaya a ocurrir alguna vez. El nivel de alerta del volcán se mantiene en normal.
Hay una razón física detrás de esa calma. Michael Poland, científico responsable del Observatorio Vulcanológico de Yellowstone, ha explicado que la cámara de magma bajo el parque está en su mayoría sólida, por lo que no puede alimentar una gran erupción; el sistema se vigila de forma permanente y una crisis de esa escala se anticiparía con semanas o meses de margen. De hecho, los fenómenos realmente frecuentes en Yellowstone son mucho menores, como los flujos de lava y las explosiones hidrotermales. El 13 de junio de 2026, una pequeña explosión hidrotermal en Biscuit Basin no dejó heridos.
Por eso conviene leer estos recuentos por lo que son: un ejercicio para dimensionar un riesgo extremo y prepararse, no un anuncio de que Yellowstone esté a punto de estallar. El "fin del mundo" del titular describe el peor de los casos de un evento que la ciencia considera muy improbable en cualquier año de nuestras vidas.