Bajo el monte Timpanogos, en el estado de Utah (EE. UU.), un montón de rocas sueltas esconde un glaciar. No es la nieve del último invierno: es hielo enterrado bajo el escombro, y suma alrededor de 1.5 millones de metros cúbicos, el equivalente a unas 600 albercas olímpicas. Lo midieron geólogos de la Universidad de Utah con un gravímetro, un aparato que detecta cambios diminutos en la gravedad para separar la roca del hielo. En paralelo, un equipo de Brigham Young University (BYU) y el Servicio Geológico de Utah recorrió durante seis semanas casi 100 de estas formaciones, los glaciares rocosos, en Utah y Colorado: casi todas seguían alimentando arroyos al final del verano, cuando el agua más escasea. En un estado que saca cerca del 95% de su agua del deshielo y que vive una sequía severa, esas reservas ocultas empiezan a pesar.
Un glaciar que se esconde bajo un montón de piedras
Un glaciar rocoso no se parece al hielo azul de un glaciar de montaña clásico. Desde el sendero se ve un campo de piedra suelta, y debajo, oculto, hay hielo mezclado con escombro que se desplaza cuesta abajo muy despacio. Esa coraza de roca cumple una función clave: aísla el hielo del calor y del sol, lo mantiene escondido y lo vuelve más resistente al clima cálido que a un glaciar expuesto. Por eso libera agua durante buena parte del año, incluso al final del verano, cuando otras reservas ya se agotaron.
El caso estudiado es el glaciar rocoso del Timpanogos, en la cordillera Wasatch, que alimenta el lago Emerald cerca de la cima. La mayoría de los miles de excursionistas que suben cada año no sabe que camina sobre él. "Hay mucho hielo escondido en las montañas de Utah", resumió Leif Anderson, glaciólogo de la Universidad de Utah y coautor de los trabajos: al cruzar las rocas sueltas en la altura, una persona puede pisar sin saberlo hasta unos 37 metros (120 pies) de hielo enterrado.
Cómo se pesa un glaciar que no se ve
Medir hielo tapado por piedra es difícil. El radar de penetración terrestre, la herramienta habitual con los glaciares normales, pierde eficacia aquí: las ondas de radio se dispersan al chocar con la mezcla de roca y hielo y la imagen se degrada. El equipo de Utah probó otra vía, el gravímetro, que mide variaciones mínimas en la gravedad terrestre. Como la roca es mucho más densa que el hielo, la atracción gravitatoria baja un poco justo donde el hielo es más grueso, y esa diferencia se puede mapear.
Bronson Cvijanovich, autor principal del estudio y entonces estudiante de posgrado en la Universidad de Utah, cargó el aparato por un sendero de alta montaña de unos 8 kilómetros (cinco millas) en seis expediciones durante el otoño de 2024. Tomó 232 lecturas en una malla con puntos separados cada 25 metros, y el equipo procesó los datos con estadística bayesiana, un método que compara miles de simulaciones del hielo bajo la superficie con las mediciones reales. El resultado: el glaciar del Timpanogos guarda alrededor de 1.5 millones de metros cúbicos de hielo, unas 600 albercas olímpicas, y es 83% hielo y 17% roca suelta, con un grosor medio cercano a 18.8 metros. El trabajo, un mapa en 3D del interior del glaciar, se publicó en la revista Journal of Geophysical Research: Earth Surface.
Doug Clark, geólogo de Western Washington University que no participó en la investigación y estudia glaciares rocosos en el oeste de EE. UU. y Nueva Zelanda, la calificó como una mejora importante frente a los intentos anteriores de estimar el volumen de hielo, y como una forma elegante de atacar uno de los problemas más espinosos de estas formaciones: saber cuánto hielo tienen dentro.
Casi todos los que revisaron seguían dando agua
En paralelo al mapa del Timpanogos, otro equipo salió a campo a ver cuántos glaciares rocosos siguen soltando agua. Greg Carling, profesor de geología de BYU, y sus estudiantes pasaron seis semanas caminando hasta casi 100 de estas formaciones en zonas altas de Utah y Colorado, en busca de los arroyos que nacen de ellas. El trabajo es una colaboración con el Servicio Geológico de Utah y otras universidades del estado.
Carling contó que el resultado lo sorprendió: casi todos los glaciares tenían agua, sobre todo al final del verano, "cuando más la necesitamos". Además de ubicar esas fuentes, el equipo tomó muestras de agua y de macroinvertebrados para evaluar la calidad, y la mayoría regresó bastante limpia, como cabía esperar de manantiales de alta montaña. Para Lerato Thoka-Cole, estudiante de posgrado de geología en BYU, se están convirtiendo en una fuente de agua de peso, con una ventaja añadida: cuando vuelve a nevar, el hielo se repone y queda guardado otra vez bajo la roca.
El dato importa por el contexto. Utah obtiene cerca del 95% de su agua del deshielo, según el Departamento de Recursos Naturales del estado, y arrastra una sequía severa: más del 90% del territorio estaba en esa categoría o peor, de acuerdo con el U.S. Drought Monitor.
Reservas que los modelos de agua todavía no cuentan
El Timpanogos es apenas una pieza. Con imágenes de satélite se han identificado 836 glaciares rocosos solo en Utah, y a partir de la relación entre superficie y volumen de hielo el equipo estimó cuánto esconde el conjunto: alrededor de 1.08 kilómetros cúbicos en Utah (cerca de mil millones de toneladas), hasta unos 13 kilómetros cúbicos en todo el oeste de EE. UU. y unos 52.38 kilómetros cúbicos en todos los glaciares rocosos conocidos del planeta. Es enorme a escala humana, aunque pequeño frente a un casquete polar: la capa de hielo de la Antártida ronda los 30 millones de kilómetros cúbicos.
El punto práctico es que esa agua no aparece en los modelos hídricos de Utah. Clark los describió como reservas de hielo y de agua que no se habían reconocido, y más resistentes que los glaciares expuestos que se derriten rápido. Todavía hay huecos: no se sabe cuánto de ese hielo sigue creciendo y cuánto se derrite y baja a los ríos, ni es fácil separar el deshielo del glaciar del agua subterránea.
Un segundo estudio, con modelos nuevos, indagó qué parte del hielo del Timpanogos es permafrost antiguo, de hace unos 20,000 años, del último máximo glacial. La respuesta apunta a una mezcla: no todo es un vestigio de aquella época. Anderson lo puso así: el glaciar rocoso del Timpanogos todavía suma hielo hoy.
Más allá de Utah, el trabajo deja un método barato y replicable para encontrar y medir agua dulce donde antes solo se veían piedras. Anderson confía en que se aplique en otras cordilleras para calcular cuánto hielo enterrado hay en el mundo. En un oeste en sequía, y en cualquier región árida que dependa de la montaña, sumar esas reservas a los modelos cambia el cálculo de cuánta agua habrá al final del verano.