La tormenta geomagnética de mayo de 2024 creó condiciones en las que electrones alcanzaron energías muy altas dentro de una región cercana a la Tierra considerada relativamente protegida por una "barrera impenetrable". Un estudio basado en datos del satélite japonés Arase indica que las partículas ganaron energía en esa misma zona, un hallazgo relevante para evaluar la radiación que enfrentan los satélites.
La investigación, dirigida por Yoshizumi Miyoshi, de la Universidad de Nagoya, se publicó el 26 de octubre de 2026 en Geophysical Research Letters. Durante la recuperación de la tormenta, Arase registró en la región estudiada un flujo de electrones de aproximadamente 3 megaelectronvoltios (MeV) más de 5,000 veces superior al nivel previo al evento.
Ese aumento se refiere al flujo medido para una energía concreta, no a una multiplicación del riesgo por la misma cifra en todos los satélites. El trabajo analiza un episodio excepcional y no cuantifica una dosis para cada órbita ni identifica una avería causada por esos electrones.
Una barrera que no es una pared
El campo magnético terrestre atrapa partículas cargadas en regiones conocidas como cinturones de radiación de Van Allen. En 2014, observaciones de la NASA identificaron un límite cerca del borde interior del cinturón exterior: los electrones de energías extremadamente altas rara vez aparecían más cerca de la Tierra.
Ese límite, situado aproximadamente a tres radios terrestres del centro del planeta, o unos 12,000 kilómetros de altitud cerca del ecuador magnético, recibió el nombre de "barrera impenetrable". Es una descripción del comportamiento observado de ciertas partículas, no una pared física ni una capa que haya desaparecido sobre la superficie terrestre.
Ya se habían detectado aumentos de electrones energéticos en regiones interiores durante tormentas intensas, como las de 2003. La pregunta que seguía abierta era cómo llegaban a tener tanta energía: si procedían de zonas más alejadas o si se aceleraban dentro de la región.
Las pistas apuntan a una aceleración local
Para responderla, el equipo comparó mediciones tomadas por Arase en distintas órbitas. Analizó la densidad de electrones en el espacio de fases, una forma de estudiar su distribución teniendo en cuenta su energía y movimiento. Cerca de la barrera apareció un máximo que creció durante la recuperación de la tormenta.
Según los autores, ese patrón aporta evidencia de que se formó allí una población de electrones de alta energía. Después, las partículas se redistribuyeron hacia regiones más cercanas y más alejadas de la Tierra. Sus datos también permiten que parte de la población se haya desplazado desde zonas exteriores; lo que no explicaría el máximo observado es un transporte hacia el interior como único mecanismo.
La secuencia de energías ofrece otra pista. Primero aumentó el flujo de electrones menos energéticos; el canal de unos 3 MeV alcanzó niveles comparables aproximadamente un día después. Los autores consideran que esa progresión es coherente con una aceleración gradual en la zona.
Ondas de coro y una recuperación lenta
Arase detectó también ondas electromagnéticas llamadas ondas de coro. Su nombre viene de cómo suenan cuando sus señales se convierten en audio: "Suena como el canto de un pájaro", explicó Miyoshi en un comunicado de la Universidad de Nagoya.
La tormenta comprimió la plasmasfera, una región de partículas cargadas relativamente frías que rodea la Tierra. Al retroceder su límite exterior, la densidad de plasma disminuyó en la zona donde se observó el aumento de electrones. Allí, las ondas de coro podían intercambiar energía con las partículas en condiciones favorables.
La coincidencia de las ondas con el máximo de electrones respalda ese mecanismo, aunque el estudio presenta la interacción como una explicación consistente con las observaciones, no como una medición directa de cada transferencia de energía.
La recuperación del plasma también fue lenta. Miyoshi señaló que la plasmasfera suele recuperarse en unos dos días, pero que en la región observada durante este episodio la densidad tardó entre 4.3 y 4.7 días en volver a superar la mitad de su nivel anterior a la tormenta. Esa cifra no describe una recuperación completa.
El riesgo para las misiones espaciales
El flujo de electrones ultrarrelativistas medido en las regiones interiores descendió gradualmente hasta octubre de 2024, cuando ocurrió otra tormenta intensa, señala el estudio. Son dos plazos distintos: los días describen la recuperación parcial de la densidad del plasma; los meses, la evolución del flujo de electrones después del evento.
Las partículas de alta energía pueden dañar la electrónica de las naves. Conocer dónde se acumulan y durante cuánto tiempo ayuda a evaluar la exposición de una misión, aunque esta investigación por sí sola no establece el riesgo concreto para una nave o una órbita determinada.
La misma tormenta también dejó auroras en latitudes poco habituales y alteró sistemas de navegación. Sus efectos en México forman parte del contexto de otra investigación sobre la intensidad de las tormentas geomagnéticas.

La NASA informó en 2025 que el satélite CIRBE había detectado dos cinturones temporales de partículas tras la misma tormenta. El análisis de Arase aborda otra parte del problema: cómo pudieron ganar energía electrones dentro de una zona donde normalmente son poco frecuentes.
