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Medio Ambiente

Hunga Tonga oxidó parte del metano que lanzó a la estratosfera

Un estudio en Nature Communications usó formaldehído observado por TROPOMI para estimar que la nube de Hunga Tonga aceleró la oxidación del metano liberado por la erupción. El mecanismo combina sal, ceniza, cloro y luz solar.

por Gerardo Pavez
A mesmerizing satellite view showcasing Earth's clouds and ocean from space.
Foto de Zelch Csaba en Pexels

La nube de la erupción submarina de Hunga Tonga-Hunga Ha’apai parece haber acelerado la destrucción de parte del metano que el volcán lanzó a la estratosfera. Un estudio publicado en Nature Communications el 7 de mayo de 2026 analizó observaciones del instrumento TROPOMI, a bordo del satélite Sentinel-5P, y detectó una concentración de formaldehído de hasta 12 partes por mil millones, con una incertidumbre de ±10%, a unos 30 kilómetros de altura. El formaldehído dura pocas horas en la atmósfera, pero la señal persistió durante al menos 10 días. Los autores estiman una oxidación de 900 ± 220 megagramos de metano por día y calculan que la erupción inyectó al menos 330 gigagramos del gas. El resultado apunta a una reacción química inesperada, no a que el volcán haya neutralizado por completo su impacto climático.

El formaldehído delató la reacción desde el espacio

El metano se transforma en varias etapas cuando reacciona con sustancias oxidantes de la atmósfera. El formaldehído, conocido como HCHO, aparece como un intermediario de vida corta durante ese proceso. Debido a que desaparece en cuestión de horas, una concentración elevada que continúa asociada con una nube volcánica no puede explicarse fácilmente por una acumulación antigua.

El equipo siguió la nube de Hunga con datos de TROPOMI, un instrumento que observa gases atmosféricos desde Sentinel-5P. La medición fue especialmente útil porque el volcán se encontraba sobre el océano y los satélites tienen más dificultades para medir directamente metano sobre superficies marinas oscuras. En cambio, el formaldehído puede observarse con longitudes de onda ultravioleta y sirve como una señal indirecta de la oxidación.

El estudio reportó una mejora de hasta 12 partes por mil millones en HCHO a 30 kilómetros de altitud, dentro de la pluma estratosférica. La persistencia de la señal durante 10 días o más sugiere que la producción del intermediario continuó mientras la nube se desplazaba, en lugar de tratarse de un pulso aislado inmediatamente después de la explosión.

Stunning bird's eye view of a volcanic eruption with massive ash cloud and smoke plumes.
Una columna volcánica asciende sobre el océano en esta imagen ilustrativa; no es necesariamente un registro de Hunga Tonga · Foto de Pixabay en Pexels

Sal, ceniza y luz solar activaron el cloro

La hipótesis del equipo combina materiales que Hunga expulsó por su condición de volcán submarino. La erupción lanzó ceniza y grandes cantidades de agua de mar hacia la estratosfera. En las partículas volcánicas recubiertas de sulfato, el hierro y el cloruro procedente de la sal pudieron formar compuestos capaces de liberar átomos de cloro cuando recibieron luz solar.

El cloro reacciona con el metano y acelera su transformación. La explicación se parece a un proceso observado en la troposfera cuando polvo del Sahara se mezcla con sal marina transportada por el océano Atlántico, pero el estudio propone que el mismo tipo de química pudo ocurrir a una altura mucho mayor y en condiciones estratosféricas.

La palabra importante es plausible. Los autores señalan que la oxidación observada requeriría una producción primaria estimada de entre 2 y 5 gigagramos de cloro por día, una cantidad que no queda explicada por completo mediante los mecanismos conocidos. La fotoquímica del cloruro de hierro sobre ceniza volcánica recubierta de sulfato es una explicación posible, pero todavía necesita más comprobaciones.

La reacción fue parcial y no elimina el problema climático

El estudio estima que Hunga inyectó al menos 330 gigagramos de metano en la estratosfera, mientras la oxidación calculada alcanzó una media diaria de 900 ± 220 megagramos. La comparación deja claro que el proceso transformó una fracción del gas, no toda la carga liberada por la erupción.

El interés climático del metano está relacionado con su potencia y su vida relativamente corta. En un periodo de 20 años, calienta la atmósfera aproximadamente 80 veces más que una cantidad equivalente de dióxido de carbono. El metano suele permanecer cerca de una década antes de que la química atmosférica lo transforme, por lo que reducir sus emisiones puede producir beneficios climáticos más rápidos que los asociados con el CO₂.

Eso no convierte la química de Hunga en una solución lista para usarse. La reducción de metano no sustituye los recortes de dióxido de carbono y cualquier intento deliberado de modificar reacciones atmosféricas tendría que evaluar sus efectos secundarios y su seguridad.

Una forma de medir el metano que desaparece

La aportación más utilizable del trabajo es metodológica. Los investigadores demostraron que una señal de formaldehído observada desde el espacio puede servir para estimar pérdidas de metano incluso sobre el océano, donde la medición directa del gas tiene limitaciones. Esa técnica podría ayudar a comprobar futuras propuestas de eliminación de metano, siempre que logren demostrar que la reducción es real y cuantificable.

El hallazgo también puede obligar a revisar los balances globales de metano. Esos cálculos suman las fuentes del gas, como agricultura, combustibles fósiles, humedales y actividad geológica, y las comparan con los procesos que lo retiran de la atmósfera. Si la ceniza volcánica y otros polvos minerales aceleran la oxidación bajo ciertas condiciones, una parte de esa química ha quedado fuera de las estimaciones.

Hunga Tonga dejó así un experimento natural extremo: la misma nube que transportó gases y partículas hasta la estratosfera mostró que la sal, el hierro y la luz solar pueden modificar el destino del metano. La lección inmediata está en medir mejor ese proceso y sus límites; replicarlo de forma deliberada todavía exigiría evidencia de seguridad y eficacia.

Fuentes: 1, 2

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por Gerardo Pavez

Redactor y creador de contenido especializado en deportes y tecnología. Apasionado por todo lo que ocurre dentro y fuera de la cancha.

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