TL;DR:
- Un equipo reconstruyó las llamadas de nueve especies de insectos a partir de 20 alas fosilizadas de hace unos 165 millones de años.
- Las frecuencias estimadas abarcan de 5 a 20.5 kHz y una especie probablemente emitía ultrasonidos.
- El hallazgo indica que la comunicación ultrasónica existía mucho antes que los murciélagos y obliga a buscar otras presiones evolutivas.
Un equipo internacional reconstruyó cómo pudieron sonar nueve especies de insectos del Jurásico Medio a partir de 20 alas fosilizadas encontradas en Mongolia Interior, China. El trabajo, publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS), sitúa una de esas llamadas por encima de los 20 kHz, el umbral habitual del ultrasonido para el oído humano. Los autores consideran que se trata del registro conocido más antiguo de comunicación ultrasónica en animales, hace unos 165 millones de años. La recreación no es una grabación recuperada del pasado: combina rasgos conservados en las alas, comparaciones con insectos actuales, modelos biomecánicos y una estimación computacional del ritmo de las llamadas.
Las alas conservaron la huella del sonido
Los investigadores estudiaron fósiles de ensíferos, el grupo que incluye a grillos, katídidos y sus parientes. Los machos de muchas especies producen sonido por estridulación: una estructura dentada de un ala roza un raspador de la otra. El tamaño de la zona vibrante y la forma y separación de esos dientes influyen en la frecuencia resultante.
Ese mecanismo ofrece una ventaja poco común para la paleoacústica. Las cuerdas vocales y otros tejidos blandos de los vertebrados rara vez se conservan, pero las estructuras endurecidas de las alas de estos insectos sí pueden fosilizarse. El equipo midió esa anatomía, reconstruyó la relación evolutiva entre las especies y simuló cómo habrían vibrado sus alas.
La IA tuvo una función acotada. Un modelo de machine learning ayudó a estimar la tasa de sílabas, es decir, la velocidad con la que probablemente se repetían los pulsos. Las frecuencias y la mecánica de producción del sonido no salieron de una orden de texto: se apoyaron en mediciones fósiles, modelos físicos y datos de especies vivas.
Una especie ya cantaba en ultrasonido
Las llamadas reconstruidas cubren un rango de 5 a 20.5 kHz. Cinco de las especies habrían producido tonos puros de baja frecuencia, entre 5 y 7 kHz, mientras que las otras cuatro ocuparon frecuencias medias y altas, de 8 a 20.5 kHz. Sigmaboilus peregrinus alcanzó la estimación más alta y probablemente emitía ultrasonidos.
Los tonos puros concentran gran parte de la energía en una banda estrecha. El estudio plantea que esta característica podía dificultar que algunos depredadores localizaran con precisión al insecto que cantaba. Las frecuencias altas, que pierden intensidad más rápido al viajar por el entorno, también habrían permitido atraer parejas cercanas con menor alcance para oyentes no deseados.
La diversidad de frecuencias pudo cumplir otra función: repartir el espacio acústico entre especies que llamaban al mismo tiempo. En un bosque repleto de insectos, ocupar bandas distintas reduciría el riesgo de que unas señales enmascararan a otras.
La reconstrucción audiovisual difundida por Science X permite escuchar una versión audible de las llamadas propuestas por el estudio. Parte del ultrasonido debe trasladarse al rango humano para que pueda percibirse, por lo que el resultado funciona como una interpretación científica de los modelos, no como una reproducción exacta del ambiente original.
Los murciélagos no explican el origen del ultrasonido
Una explicación habitual para el ultrasonido en insectos modernos es la presión ejercida por murciélagos que cazan mediante ecolocalización. La nueva cronología impide que ese sea el único origen: las señales ultrasónicas reconstruidas son aproximadamente 100 millones de años anteriores a los primeros murciélagos conocidos en el registro fósil.
Los autores proponen que mamíferos tempranos y parientes no mamíferos con audición de alta frecuencia ya podían escuchar a estos insectos. Esa presión de depredadores al acecho, sumada a la competencia por espacio acústico, pudo impulsar la diversificación de los cantos mucho antes de que los murciélagos entraran en escena.
El resultado tampoco recupera cada detalle de una noche jurásica. Los modelos estiman frecuencias, vibraciones y patrones temporales a partir de las estructuras disponibles, pero no conservan la ubicación de cada animal, el volumen exacto, la vegetación ni el resto de los sonidos del bosque. La mezcla final representa un escenario compatible con la evidencia, no una ventana sonora literal a hace 165 millones de años.
La aportación duradera del estudio está en esa diferencia: los fósiles ya no solo permiten reconstruir la forma de ciertos insectos. También conservan señales físicas suficientes para someter a prueba cuándo aparecieron sus estrategias de comunicación y qué animales pudieron estar escuchándolos.