TL;DR:
- Un equipo veterinario revisó 3.722 vértebras de Smilodon fatalis en el museo de La Brea Tar Pits y halló tres con el orificio de salida del nervio ensanchado, la firma típica de un tumor de nervio espinal.
- La prevalencia estimada es de 353 casos por cada 100.000 individuos, frente a 0,22 a 0,38 en humanos, aunque los autores advierten en el propio artículo que las dos cifras no son comparables de forma directa.
- Nadie ha logrado extraer ADN útil de esos fósiles, así que la endogamia sigue siendo una hipótesis sin comprobar.
Un equipo veterinario revisó 3.722 vértebras de dientes de sable guardadas en el museo de La Brea Tar Pits, en Los Ángeles, y encontró tres con el orificio de salida del nervio anormalmente ensanchado: la huella que dejan los tumores de nervio espinal, rarísimos tanto en personas como en animales actuales. El hallazgo se publicó el 27 de julio de 2026 en Frontiers in Veterinary Science y llega acompañado de cientos de malformaciones congénitas en la misma colección. Para el cirujano Hugo Schmökel, que dirigió el trabajo, el cuadro apunta a una población endogámica en sus últimos milenios, con ejemplares que cazaban con dolor y terminaban buscando presas fáciles justo donde el alquitrán los atrapaba.
Schmökel no llegó a La Brea buscando tumores. Es cirujano de columna de perros y gatos en la Evidensia Academy de Estocolmo y colabora con el Departamento de Paleontología de la Universidad de Zúrich; fue al museo a estudiar enfermedades articulares en lobos huargos y se topó con vértebras de Smilodon que no le cuadraban.
"Como cirujano de columna para perros y gatos, me interesó de inmediato y volví dos veces a La Brea", contó a Science News.
El material estaba ahí porque alguien lo guardó. Según la base de datos del museo, casi 1.000 ejemplares de Smilodon fatalis conservan la columna en condiciones lo bastante buenas como para buscarles fracturas, malformaciones, infecciones o tumores. Ese es el tipo de colección pública y curada que hace posible un estudio así, y también el contrapeso silencioso de un mercado donde un T. rex se subastó por una cifra récord en Sotheby's. Los autores trabajaron con piezas de once yacimientos distintos, las examinaron a ojo y con tomografía, y encargaron 49 escaneos al hospital veterinario de la Universidad de California en Davis, revisados después por dos radiólogos veterinarios certificados.
📷 Imagen sugerida (oficial): Figura 1 del artículo en Frontiers in Veterinary Science (vértebra HC 12233 con el foramen izquierdo ensanchado), crédito Hugo Schmökel, licencia CC BY 4.0 · Alt: "Fotografía de una vértebra fósil de dientes de sable junto a un esquema anatómico; una flecha señala el orificio ensanchado en el lado izquierdo" · Caption: "La vértebra HC 12233, con el contorno liso que delata años de presión de un tumor sobre el hueso" · Alternativa Unsplash: "fossil vertebra bone close up" (inserta la imagen oficial del artículo, pega el Alt en el campo alt y elimina esta línea)
Tres agujeros ensanchados, y los tres del mismo lado
El foramen intervertebral es el orificio por el que un nervio sale de la columna hacia el resto del cuerpo. Cuando un tumor crece despacio sobre la raíz de ese nervio, empuja el hueso durante años y lo va reabsorbiendo sin romperlo, hasta dejar un hueco de bordes lisos que los radiólogos reconocen a simple vista. En medicina humana ese contorno pulido es prácticamente diagnóstico.
Eso es lo que apareció en tres vértebras lumbares. El recuento completo del estudio quedó así:
- 226 vértebras transicionales, es decir, piezas que se formaron con la anatomía que le corresponde al segmento vecino.
- 48 vértebras fusionadas en bloque.
- 32 vértebras torácicas con el arco partido.
- 3 con el foramen ensanchado y compatible con un tumor de nervio espinal.
Los tres ejemplares salieron de pozos distintos, así que corresponden a tres animales distintos: HC 12233 (pozo 67, unos 12.000 años), HC 12288 (pozo 3, unos 13.000 años) y HC 8253 (pozo 77, unos 28.000 años). En el primero, el foramen izquierdo mide el doble que su gemelo del lado derecho. En los otros dos, los huecos llegan a 20 por 10 milímetros, cuando un foramen lumbar normal de la especie ronda los 10 por 6. Hay un detalle que la tabla del estudio registra y el texto no comenta: las tres lesiones están del lado izquierdo.
"Los perros que llegan a mi clínica con un tumor de nervio espinal presentan sobre todo signos de dolor, y muchos pacientes humanos con un tumor de nervio espinal se quejan de dolor. Probablemente ocurría lo mismo en Smilodon. En casos avanzados sin tratamiento, el nervio y la extremidad afectada acaban perdiendo función, lo que dificulta mucho la caza", explicó Schmökel en el comunicado de Frontiers.
La cifra de 353 por cada 100.000 viene con asterisco
Con tres casos entre 849 individuos, el estudio calcula una prevalencia de 353 por cada 100.000. En humanos, estos tumores aparecen en 0,22 a 0,38 casos por cada 100.000 personas. La resta invita al titular fácil, y buena parte de la cobertura en inglés lo tomó tal cual: mil veces más frecuente.
El artículo original es más cuidadoso. En su propio resumen advierte que las dos cifras no son directamente comparables, porque la estimación fósil mide presencia de una lesión en un conjunto de huesos con sesgo de conservación, no incidencia clínica en una población viva. Dicho de otro modo: los pozos de brea no atraparon una muestra representativa de dientes de sable, sino justo a los que estaban en problemas.
La paleontóloga Mairin Balisi, del Raymond M. Alf Museum of Paleontology y coautora de un trabajo anterior con Schmökel sobre lesiones óseas en la misma especie, comparte la lectura general y marca el límite.
"Así es probablemente como ocurre la extinción. Empiezas a tener poblaciones más pequeñas y más aisladas, lo que da menos diversidad genética y más endogamia", dijo Balisi a Science News. "Creo que la prueba definitiva sería la evidencia genética".
Hay un segundo matiz que conviene no perder. Dos de los tres ejemplares con tumor tienen 12.000 y 13.000 años, es decir, viven en la ventana inmediatamente anterior a la desaparición de la especie. El tercero tiene 28.000 años, unos dieciséis milenios antes del final. Si el deterioro genético fuera un fenómeno exclusivo del ocaso, ese hueso sobra en la historia.
Por qué un depredador con dolor termina en la brea
El yacimiento funcionaba como una trampa en cadena. Un herbívoro grande quedaba atascado en el asfalto que brota del suelo, sus llamados atraían a carnívoros y carroñeros, y estos también se hundían. De más de un centenar de pozos excavados en el último siglo salió el grueso de la colección.
Ahí encaja el argumento clínico. En humanos, alrededor del 75% de los pacientes con este tipo de tumor reporta dolor en algún momento; en perros, entre el 30% y el 50% de los casos ensanchan el foramen y suelen venir acompañados de cojera y atrofia muscular. Un felino de emboscada con la lumbar comprometida no es un cazador eficiente.
"Una presa atrapada resulta muy atractiva para un depredador con dolor", señaló Schmökel. "Un depredador herido o enfermo tiene que depender de los cadáveres para sobrevivir, así que asumirá riesgos mayores para llegar a ellos".
Balisi añade la parte mecánica: la técnica de caza de Smilodon obligaba a afianzarse sobre las patas traseras, tirar hacia atrás y lanzarse sobre presas como el bisonte, que no se dejaban derribar sin pelear. Todo ese esfuerzo pasaba por la zona baja de la columna, justo donde aparecieron las tres lesiones.
El lince ibérico enseña cómo se ve lo mismo con ADN a la mano
Aquí es donde el estudio deja de ser una curiosidad del Pleistoceno. El mecanismo que Schmökel sospecha en Smilodon está documentado, medido y corregido en un felino vivo del mundo hispanohablante.
En 2002 quedaban menos de cien linces ibéricos en libertad, repartidos en dos poblaciones aisladas, Doñana y Andújar-Cardeña, con menos de cincuenta ejemplares cada una. Los primeros análisis genéticos, según la Estación Biológica de Doñana del CSIC, encontraron erosión genética, niveles preocupantes de consanguinidad y la diversidad genética más baja registrada hasta entonces en una especie amenazada. Y encontraron también la consecuencia médica concreta: entre 2005 y 2012, una epilepsia juvenil idiopática afectó a 20 de los 121 cachorros nacidos en cautividad. Al identificar que se heredaba de forma recesiva, el programa dejó de cruzar portadores y la enfermedad desapareció de las camadas siguientes.
"Se ha trabajado para reducir la consanguinidad en las poblaciones cautivas y reintroducidas, con el objetivo de maximizar la diversidad genética y la viabilidad de la especie", explica José Antonio Godoy, investigador de la Estación Biológica de Doñana.
El resultado es conocido: en 2024 la población superó los 2.000 individuos según el censo del MITECO, la UICN lo reclasificó de "en peligro crítico" a "vulnerable" y lo incluyó en su Lista Verde de casos exitosos, y el censo correspondiente a 2025 elevó la cifra a 2.663 ejemplares. Lo que Smilodon no tuvo fue exactamente eso: alguien mirando el genoma a tiempo.
Schmökel insiste en no invertir la causa.
"Una menor eficacia biológica y camadas más pequeñas no ayudan a una población bajo estrés. Pero la endogamia no es la causa del desplome de las poblaciones, es una consecuencia médica. La pérdida de hábitat, la contaminación, la caza o el furtivismo y, en algunas zonas hoy, el cambio climático son la causa de la caída del número de felinos salvajes. Podemos suponer que a Smilodon le pasó lo mismo al final del Pleistoceno".
Preguntas rápidas sobre el estudio
¿Qué es un tumor de nervio espinal?
Es un tumor que crece sobre la raíz de un nervio a su salida de la columna. Suele ser benigno y de crecimiento lento, pero al presionar el hueso durante años ensancha el orificio por el que pasa el nervio. En humanos aparece en 0,22 a 0,38 casos por cada 100.000 personas.
¿Está probado que los dientes de sable eran endogámicos?
No. Nadie ha logrado extraer ADN útil de los fósiles de Smilodon de La Brea, así que la endogamia sigue siendo una hipótesis que el propio equipo describe como plausible y sin comprobar. Lo que sí está documentado es el patrón de malformaciones congénitas que suele acompañarla en poblaciones pequeñas.
¿Por qué hay tantos fósiles de depredadores en La Brea?
Porque el asfalto que brota del suelo funcionaba como trampa en cadena. Un herbívoro grande quedaba atascado, sus llamados de auxilio atraían a carnívoros y carroñeros, y estos también se hundían. De más de un centenar de pozos excavados en el último siglo salieron los restos que hoy conserva el museo.
Tres vértebras no explican una extinción, y el propio estudio se cuida de pretenderlo. Lo que sí dejan sobre la mesa es una advertencia práctica para quien gestiona fauna amenazada hoy: cuando una población baja lo suficiente, los problemas empiezan a leerse en los huesos de los cachorros antes de que nadie llegue con un plan de rescate.