TL;DR:
- Unos 25 investigadores se reunieron dos días en el MIT para definir qué rastros dejaría una inteligencia artificial del tamaño de un enjambre orbital alimentada por un agujero negro supermasivo.
- El cálculo central es de latencia: en un enjambre de un pársec de radio, la luz tarda 3.3 años en cruzarlo y una órbita completa dura unos 30,000 años.
- La recomendación práctica no es construir instrumentos nuevos, sino reanalizar los archivos de WISE, el James Webb y el Event Horizon Telescope buscando anomalías.
Astrofísicos, ingenieros, especialistas en inteligencia artificial y filósofos se sentaron dos días en el MIT a discutir una pregunta que suena a ciencia ficción y termina en aritmética: si una inteligencia postbiológica quisiera el mayor gradiente de energía disponible en el universo, se instalaría alrededor del agujero negro supermasivo del centro de su galaxia, y eso dejaría rastros medibles. El encuentro se llamó Dyson Minds 2025, ocurrió el 3 y 4 de junio de 2025 en el Center for Brains, Minds & Machines, y su reporte apareció en Publications of the Astronomical Society of the Pacific el 10 de abril de 2026. Lo firma como autora principal Olivia Curtis, del Penn State Extraterrestrial Intelligence Center, junto con once coautores, entre ellos la astrónoma Sara Seager y el exhistoriador jefe de la NASA, Steven J. Dick.
"Somos conscientes de que es una teoría muy fuera de lo común. Pero queríamos anclar todo en hechos físicos e intentar pensar de verdad qué observables físicos podríamos llegar a detectar", dijo Curtis a ScienceAlert.
La idea de fondo no es una esfera de Dyson clásica alrededor de una estrella, sino lo que el grupo bautizó como Dyson Mind: un enjambre de máquinas que computa a escala galáctica y se alimenta de un agujero negro. Curtis le puso una analogía que en 2026 no requiere esfuerzo.
"Estas estructuras hipotéticas suenan muy de ciencia ficción, pero conforme empezamos a pensar en poner centros de datos en el espacio, empiezan a sonar cada vez menos a ciencia ficción", explicó.
La latencia pesa más que la energía disponible
Aquí está el hallazgo menos intuitivo del taller. El problema de una inteligencia de ese tamaño no es conseguir energía, es hablar consigo misma.
Alrededor de una estrella parecida al Sol, un enjambre enfrentaría retrasos de unos diez minutos entre sus extremos. Alrededor de un agujero negro supermasivo, el retraso salta a días o años. El artículo pone un ejemplo con números: para un agujero negro de diez millones de masas solares rodeado por un enjambre de un pársec de radio, la luz tarda 3.3 años en ir del centro al borde, mientras la órbita kepleriana a esa distancia dura unos 30,000 años. A esa escala, la sincronía perfecta deja de ser una meta de ingeniería y pasa a ser imposible.
De ahí sale el detalle más divertido del artículo. Con un canal de radio optimista de un gigahercio se alcanzan unos pocos gigabits por segundo, así que transmitir el contenido de un disco duro de 10 TB tomaría cerca de un día entero de emisión continua. Pasado cierto volumen, conviene mandar el disco físicamente.
"Resulta que a estas escalas de distancia, si quieres transmitir un zettabyte de información, es más rápido lanzar tu disco duro que intentar transmitir la información", dijo Curtis.
Es la versión cósmica del sneakernet, la vieja práctica de mover datos caminando con el dispositivo bajo el brazo porque sale más rápido que la red. Y tiene consecuencia observacional: un enjambre que mueve información con mensajeros físicos en órbitas muy inclinadas se comporta distinto, y por lo tanto se ve distinto, que uno que la transmite.

Los números de distancia también salen ordenados. Curtis explicó que un satélite necesitaría estar a alrededor de un pársec, unos tres años luz, para no derretirse por la radiación de un agujero negro muy activo. Pero nuestro propio Sagitario A* devora materia a una tasa ridículamente baja, entre diez millones y cien millones de veces por debajo de su límite teórico, así que ahí un enjambre podría acercarse hasta unas cien unidades astronómicas. Un agujero negro apagado es peor negocio energético y mejor lugar para vivir.
El estudio que circula estos días es de 2021
Conviene separar dos cosas que se están mezclando. Junto a la cobertura del taller del MIT reapareció esta semana otro trabajo, el del equipo de Tiger Yu-Yang Hsiao, de la Universidad Nacional Tsing Hua de Taiwán, que evaluó seis fuentes de energía alrededor de un agujero negro: el fondo cósmico de microondas, la radiación de Hawking, el disco de acreción, la acreción de Bondi, la corona y los chorros relativistas. Su conclusión fue que el disco de acreción es la única que rinde de verdad, con hasta cien mil luminosidades solares, muy por encima de los 4 por 10 elevado a 26 vatios (una luminosidad solar) que se estiman necesarios para una civilización de Tipo II en la escala de Kardashov.
Ese estudio no es nuevo. Se aceptó el 25 de junio de 2021 y se publicó en Monthly Notices of the Royal Astronomical Society ese mismo septiembre. En el desglose que reseñó The Brighter Side of News aparecen sus cifras finas, como la eficiencia de acreción del 5.7% para un agujero negro sin rotación frente al 39.9% de uno en rotación extrema.
Y hay un matiz que el propio artículo del MIT le pone encima: la parte de los chorros. Los participantes del taller reconocen que esos haces de plasma cargan energía en cantidades enormes, pero anotan que incluso los de baja potencia alcanzan tamaños del orden de un kiloparsec, lo que los vuelve poco prácticos para una estructura que busca una fuente compacta. La ciencia de 2026 leyó la propuesta de 2021 y le puso condiciones.
La propuesta concreta es revisar archivos, no construir telescopios
La recomendación central del encuentro cabe en una frase: aplicar métodos de detección de anomalías a datos que ya existen. El artículo nombra tres archivos, y los tres ya están pagados. El rastreo infrarrojo de WISE, que lleva años sirviendo para búsquedas de este tipo. Los instrumentos del James Webb, especialmente MIRI, sensible al calor sobrante entre 5 y 28 micras. Y las observaciones del Event Horizon Telescope, que fotografió el agujero negro de la galaxia M87 en 2019 y el de nuestra propia galaxia en 2022.
Curtis apuntó dónde podría estar escondido lo interesante en ese último caso: en lo que los algoritmos actuales descartan por diseño.
"Quizá hay algunos destellos, o algunas perturbaciones raras en sus datos, que los algoritmos actuales están suavizando porque intentan sacar una imagen bonita del agujero negro, no mirar cómo son en realidad los valores atípicos", dijo.
Preguntas rápidas sobre los Dyson Minds
¿Qué es un Dyson Mind?
Es el término que acuñó el taller del MIT para una inteligencia postbiológica de gran escala, formada por un enjambre de máquinas que computa alimentándose de la energía de un agujero negro supermasivo. Combina la idea de esfera de Dyson (1960) con la de máquina ultrainteligente que planteó Irving J. Good en 1966.
¿Por qué un agujero negro y no una estrella?
Porque los agujeros negros supermasivos en acreción activa son los objetos más luminosos y estables del universo, con masas de entre un millón y mil millones de veces la del Sol. El taller partió del supuesto de que una inteligencia buscaría el mayor gradiente de energía disponible, y ese está en el centro de su galaxia.
¿Se detectó algo?
No. El taller no reporta observaciones ni candidatos. Su producto es una lista de firmas que habría que buscar: exceso de calor en el infrarrojo medio, variabilidad con patrones fijos, polarización anómala y eclipses breves en rayos X, todas ellas distinguibles del ruido natural de un agujero negro solo si se analizan como anomalías.
El valor de un ejercicio así no depende de que existan los alienígenas. Modelar con precisión cómo debería verse el entorno de un agujero negro para poder señalar lo que se sale de la norma es, con o sin civilizaciones de por medio, trabajo de astrofísica útil. Como resumió Curtis, aunque la hipótesis de partida esté equivocada, casi siempre aparece algo en lo que nadie había pensado.