Los titulares recientes sobre el final de la Tierra están mezclando dos relojes del Sol. Un reportaje publicado por MARCA el 16 de septiembre atribuyó al astrofísico Geraint Lewis una estimación de unos 3,000 millones de años para que la expansión solar abrase y engulla nuestro planeta, mientras que NASA sitúa la entrada del Sol en fase de gigante roja en aproximadamente 5,000 millones de años. La diferencia importa porque ninguna de esas fechas marca el primer límite biológico: la Tierra podría dejar de ser habitable para formas complejas de vida mucho antes, cuando el aumento gradual de la luminosidad caliente el planeta, reduzca el CO₂ disponible para las plantas y altere el ciclo del agua.
El Sol ya es más brillante que cuando nació
El Sol tiene unos 4,600 millones de años y fusiona hidrógeno en helio. A medida que el helio se acumula en el núcleo, este se contrae y se calienta, acelerando poco a poco la fusión en las capas que lo rodean. Scientific American resume el efecto con una cifra: la luminosidad solar ha aumentado alrededor de 30% desde la formación de la estrella.
La página de NASA no presenta el plazo de algo más de 1,000 millones de años como la desaparición instantánea de toda vida, sino como el momento en que la Tierra dejaría de ser habitable para formas superiores. Esa distinción ya aparecía en nuestra cobertura anterior sobre las propuestas para conservar el planeta y es central para entender las noticias recientes: la habitabilidad de la superficie puede desaparecer mucho antes de que el Sol alcance su aspecto más espectacular.

La primera crisis puede llegar por el CO₂
El calentamiento provocado por una estrella cada vez más luminosa modifica el ciclo carbonato-silicato, un proceso geológico que retira dióxido de carbono de la atmósfera. Si el CO₂ cae por debajo del mínimo que necesitan las plantas vasculares, la vegetación terrestre y las redes alimentarias que dependen de ella empiezan a perder su soporte.
Un estudio publicado en 2024 en The Planetary Science Journal por R. J. Graham, Itay Halevy y Dorian Abbot revisó ese escenario con modelos de productividad vegetal, temperatura, CO₂ y meteorización. El punto de partida tradicional ronda 1,000 millones de años, pero el trabajo encontró que la supervivencia de las plantas terrestres podría extenderse hasta entre 1.6 y 1.86 mil millones de años bajo determinados supuestos sobre la respuesta de la meteorización.
En ese escenario, el límite final no llegaría primero por la falta de CO₂, sino por temperaturas demasiado altas para mantener la fotosíntesis. El resultado describe la evolución natural de la biosfera a escala geológica, no una fecha garantizada para la supervivencia humana ni una predicción única para todo el planeta.
El efecto invernadero húmedo tampoco tiene una fecha única
El llamado efecto invernadero húmedo ocurre cuando el calentamiento permite que mucho más vapor de agua llegue a la estratosfera. La radiación ultravioleta puede separar allí las moléculas de agua; el hidrógeno, por ser muy ligero, escapa con mayor facilidad al espacio. Con suficiente tiempo, ese proceso puede convertir la pérdida de agua en un fenómeno permanente.
Pero no es un interruptor que se active en un día concreto. Un modelo climático tridimensional de E. T. Wolf y O. B. Toon concluyó que la Tierra podría mantenerse por debajo de los límites de pérdida rápida de agua y de invernadero desbocado durante al menos 1.5 mil millones de años, aunque el propio trabajo señala limitaciones numéricas y diferencias importantes frente a modelos unidimensionales.
Por eso aparecen cifras distintas en los titulares. Un cálculo puede referirse al momento en que las plantas dejan de prosperar, otro al deterioro de la habitabilidad para animales complejos y otro al inicio de una atmósfera capaz de perder agua de forma acelerada. No describen exactamente el mismo final.
La gigante roja llega después, y el calendario de Lewis no es un consenso
En la cronología general de NASA, el Sol agotará el hidrógeno disponible en su núcleo dentro de unos 5,000 millones de años y se expandirá hasta convertirse en una gigante roja. Mercurio quedará dentro de sus capas exteriores. Después, al cambiar de fase y expulsar material, el radio solar podría alcanzar más allá de la órbita terrestre.
Los cálculos detallados pueden usar fechas distintas porque no siempre llaman “gigante roja” al mismo momento de la evolución estelar. La explicación publicada por Scientific American, por ejemplo, sitúa el agotamiento del hidrógeno central algo más de 6,000 millones de años en el futuro y describe una expansión posterior. Son diferencias de calendario y de definición, no una disputa sobre la secuencia general.
La cifra de 3,000 millones de años atribuida a Lewis por MARCA debe conservarse como una estimación de su intervención pública. La fuente disponible no explica qué fase exacta del modelo utiliza para adelantar ese momento, y los materiales de NASA y los estudios climáticos consultados no la presentan como el calendario estándar. Lo que sí se puede sostener es el orden de los acontecimientos: la Tierra perdería su habitabilidad superficial antes de que el Sol alcanzara su expansión máxima.
El final de la Tierra no tiene una sola fecha. Primero llegaría el deterioro de la biosfera por el aumento gradual de la energía solar; mucho después aparecería la transformación del Sol en una estrella gigante y el posible engullimiento de los planetas interiores. La ciencia permite establecer esa secuencia y acotar algunos rangos, pero no convertirla en una cuenta regresiva exacta.