El esmalte de tres dientes fósiles permitió estimar en 36,3 °C la temperatura corporal del Tyrannosaurus rex, con una incertidumbre de ±2,5 °C. El análisis, difundido el 16 de septiembre de 2026 y publicado en Science Advances, examinó restos de dos individuos hallados en Montana y comparó sus señales químicas con cinco dientes de crocodilios de la misma formación geológica. El resultado indica que el depredador mantenía una temperatura interna elevada, compatible con la endotermia, pero la semejanza numérica con los humanos no significa que ambos tuvieran el mismo metabolismo. Tampoco convierte 36,3 °C en una cifra exacta para toda la especie: la muestra es pequeña y registra la temperatura a la que se formó el esmalte.
El esmalte funcionó como un termómetro químico
El equipo utilizó termometría de isótopos agrupados. Ciertas variantes poco abundantes del carbono y el oxígeno forman enlaces en proporciones que cambian con la temperatura: aparecen más agrupadas cuando hace frío y menos cuando aumenta el calor. Al formarse dentro del animal, el esmalte fija una señal química que puede relacionarse con su temperatura de formación.
“El esmalte dental se forma dentro del animal a la temperatura corporal, así que su química es un termómetro”, explicó a Reuters Aradhna Tripati, geoquímica de UCLA y autora sénior del estudio.
Randon “Randy” Flores y sus colegas retiraron cerca de 5 miligramos de esmalte de cada diente con un taladro dental de baja velocidad. Después disolvieron el polvo en ácido fosfórico para liberar dióxido de carbono y midieron las proporciones isotópicas del gas con un espectrómetro de masas. UCLA afirma que una mejora en el procedimiento redujo alrededor de 90% la cantidad de material necesaria frente a la versión que el grupo desarrolló hace una década.
Dos de los dientes pertenecían a “Thomas”, un ejemplar adulto joven conservado en el Museo de Historia Natural del Condado de Los Ángeles. El tercero era un diente parcial aislado de otro T. rex. Los tres procedían de una misma localidad de la formación Hell Creek, en el condado de Carter, Montana.
Los crocodilios sirvieron como control geológico
Los investigadores analizaron también cinco dientes de crocodilios de edad y procedencia comparables. Estos arrojaron una media de 30,9 °C, frente a los 36,3 °C del T. rex. La diferencia sirve como control contra la posibilidad de que millones de años de alteración geológica hubieran impuesto la misma señal térmica a todos los fósiles del yacimiento.
El margen de ±2,5 °C es tan importante como la estimación central. Significa que 36,3 °C no debe leerse como una temperatura conocida con precisión de una décima de grado. La cifra resume tres dientes de solo dos animales y no mide posibles cambios entre poblaciones, edades o regiones.
La señal corresponde, además, al momento en que se formó el esmalte. No reconstruye las variaciones diarias o estacionales de cada individuo ni demuestra que todos los T. rex mantuvieran siempre la misma temperatura. La medición aporta una referencia cuantitativa nueva, no un termómetro continuo de la vida del animal.
Una temperatura humana no implica un metabolismo humano
La estimación se acerca a los 36 °C de un elefante y al intervalo habitual de los humanos, pero queda por debajo de muchas aves modernas, que suelen rondar entre 40 y 43 °C. Robert Eagle, geobiólogo de UCLA y coautor del trabajo, la colocó en el extremo bajo del rango de los animales endotermos.
“Sangre caliente” es una forma abreviada de describir una fisiología compleja. La endotermia supone generar calor mediante el metabolismo, mientras que el gran tamaño y la conducta también pueden ayudar a conservarlo. El esmalte respalda que el T. rex estaba más caliente que su entorno, pero la temperatura por sí sola no separa esos mecanismos ni determina con exactitud su tasa metabólica, velocidad o estrategia de caza.
La idea de un T. rex endotermo tampoco comenzó con este estudio. Associated Press señaló que la mayoría de los especialistas ya aceptaba esa interpretación a partir de pistas como el crecimiento y la anatomía ósea. La novedad es una estimación química directa de la temperatura a la que se formaron los dientes.
Jasmina Wiemann, paleobióloga de Johns Hopkins University que no participó en la investigación, dijo a AP que esperaba una cifra algunos grados más alta y más cercana a la de las aves. Su reacción ayuda a situar el resultado: la medición encaja mejor con un gran mamífero actual que con un ave pequeña y muy caliente.
Los autores sostienen que una fisiología endotérmica habría permitido al depredador mantener actividad durante más tiempo, tolerar ambientes fríos y recorrer una zona climática amplia. También habría elevado sus necesidades de alimento. Son consecuencias inferidas a partir de la fisiología y de modelos paleoclimáticos, no conductas observadas directamente en los fósiles.
Tripati pidió no extender el resultado a todos los dinosaurios: el trabajo analiza una especie, dos individuos y una sola localidad. Aplicar la misma técnica a más ejemplares permitirá saber cuánto variaba la temperatura dentro de T. rex y si otros linajes siguieron estrategias térmicas distintas.
La aportación más firme es estrecha, pero medible: tres dientes conservan una señal compatible con un T. rex de unos 36 °C. Convertir esa cifra en un retrato completo de su metabolismo requerirá más fósiles, lugares y especies.