Un estudio liderado por investigadores de la Universidad de Boston estima que el 74.5% de los exjugadores de la NFL que murieron entre 2008 y 2023 tenía signos cerebrales de encefalopatía traumática crónica, una enfermedad neurodegenerativa asociada con impactos repetidos en la cabeza. La cifra procede de un modelo estadístico: no se examinaron los cerebros de todos los jugadores y los autores advierten que el resultado no puede extrapolarse directamente a quienes siguen vivos.
La investigación, publicada el 28 de octubre en JAMA Network Open, incluyó información de 2,362 exjugadores fallecidos. De ellos, 396 habían donado sus cerebros y 1,966 no lo habían hecho. Entre los 387 donantes cuyos cerebros recibieron una evaluación neuropatológica, los investigadores encontraron encefalopatía traumática crónica, conocida como CTE por sus siglas en inglés, en 362: el 93.5%.
La diferencia entre ese 93.5% y la estimación del 74.5% para el conjunto es una de las claves del estudio.
Por qué los cerebros donados no cuentan toda la historia
Los bancos de cerebros han permitido estudiar la CTE, pero sus muestras presentan un problema: las familias de personas que tuvieron síntomas cognitivos pueden tener más motivos para donar sus cerebros. Si se toma la proporción de esos donantes como si representara a todos los jugadores, la frecuencia de la enfermedad podría parecer mayor de lo que es.
Para abordar ese sesgo, el equipo comparó información de los donantes con registros de defunción y datos disponibles de los exjugadores que no donaron sus cerebros. También consideró factores como la edad al morir, la posición y los años jugados en la NFL.
Los investigadores calcularon que los jugadores con síntomas cognitivos tenían aproximadamente cinco veces más probabilidades de que sus cerebros fueran donados. Con ese ajuste, estimaron que el 74.5% de los 2,362 exjugadores fallecidos tenía cambios cerebrales compatibles con CTE. El intervalo de confianza del 95% para esa estimación fue de 69.6% a 78.3%.
Eso no significa que se haya confirmado individualmente la enfermedad en el 74.5% de los jugadores: la cifra incluye una estimación para quienes no donaron sus cerebros. Los autores también probaron otros supuestos; en un análisis conservador obtuvieron una estimación del 63.7%, con un intervalo de confianza del 57.2% al 68.9%.
Lo que el estudio no dice sobre los jugadores actuales
La CTE solo puede diagnosticarse de manera definitiva después de la muerte, mediante un examen del tejido cerebral. Los cambios asociados con la enfermedad pueden presentarse en distintos grados, y tenerlos no significa necesariamente que una persona haya desarrollado síntomas.
El estudio también estimó que el 27.2% de los exjugadores fallecidos había tenido demencia durante su vida, por cualquier causa. Esa cifra es distinta de la estimación de CTE: los investigadores no concluyeron que todos esos casos de demencia fueran causados por la enfermedad.
Los resultados se refieren a exjugadores que murieron durante el periodo estudiado. No indican qué porcentaje de los jugadores vivos tiene CTE ni permiten predecir cuántos jugadores activos la desarrollarán. Tampoco deben trasladarse automáticamente al fútbol americano juvenil o a otros deportes de contacto.
Kristen Dams-O'Connor, directora del Brain Injury Research Center de Mount Sinai, señaló a CBS News que el estudio utilizó métodos sólidos para ajustar el sesgo de donación, pero advirtió que sus resultados no representan necesariamente a los deportistas que siguen vivos. También observó que muchos de los jugadores estudiados terminaron sus carreras hace décadas.
La respuesta de la liga
La NFL dijo a ABC News que busca hacer más seguro el fútbol americano mediante medidas para reducir las conmociones y los impactos en la cabeza. Por su parte, la asociación de jugadores señaló que este tipo de estudios ayuda a comprender los efectos del deporte a largo plazo y que mantiene su apoyo a la investigación y al acceso a la atención.
Para los investigadores, la estimación ayuda a dimensionar el problema en la población estudiada. Quedan abiertas preguntas sobre cómo detectar la enfermedad durante la vida, cómo tratarla y cuál es el riesgo para generaciones de jugadores con experiencias y condiciones de juego diferentes.