TL;DR:
- Un estudio de EY-Parthenon estima que replicar la infraestructura dependiente de China costará 23.6 billones de dólares a Occidente.
- Estados Unidos asumirá la mayor carga con 13.7 billones de dólares, lo que equivale a unos 550,000 millones de dólares anuales.
- Expertos sugieren que un desacoplamiento total es financieramente inviable y proponen enfocarse en un de-risking selectivo.
Con las tensiones comerciales en niveles récord y la retórica de la soberanía industrial dominando los discursos políticos, la idea de romper amarras con el gigante asiático suena atractiva en los despachos de Washington y Bruselas. Sin embargo, los números de la consultora EY-Parthenon acaban de poner un cable a tierra de proporciones colosales.
Según un exhaustivo informe de la firma, adelantado por el diario Financial Times, Estados Unidos, la eurozona y el Reino Unido tendrían que invertir la astronómica cifra de 23.6 billones de dólares durante los próximos 25 años si quieren duplicar la infraestructura industrial y las cadenas de suministro que hoy dependen de China.
Esta factura, que se traduce en un esfuerzo conjunto de unos 940,000 millones de dólares anuales, representa un desafío financiero sin precedentes para las arcas públicas y el sector privado de Occidente.


El desglose de una factura colosal para los contribuyentes
El reporte deja claro que la carga no se distribuirá de manera uniforme, y que el bolsillo estadounidense será el más afectado. Estados Unidos tendría que asumir la mayor parte del costo, con una inversión estimada de 13.7 billones de dólares en el transcurso del próximo cuarto de siglo.
Para poner la cifra en perspectiva, la asignación anual que necesitarían aportar el gobierno y las empresas estadounidenses ronda los 550,000 millones de dólares. Esto equivale a todo el dinero que las grandes tecnológicas de Silicon Valley destinaron de manera conjunta al desarrollo de centros de datos de inteligencia artificial en el último año, y se acerca a la escala del presupuesto de defensa de la primera potencia mundial.
Del otro lado del Atlántico, la situación no es mucho más sencilla:
- La eurozona necesitaría desembolsar 9.1 billones de dólares en el mismo periodo para levantar su propia red de manufactura, investigación y desarrollo.
- El Reino Unido tendría que aportar unos 800,000 millones de dólares adicionales.
- Para la Unión Europea, el reto de este proceso implicaría prácticamente duplicar su presupuesto anual, una meta impracticable bajo los actuales niveles de deuda y déficit públicos.
"Localizar las cadenas de suministro sin sobrecargar a los contribuyentes y consumidores será uno de los desafíos más difíciles tanto para las empresas como para los gobiernos", advirtió Mats Persson, asesor de EY-Parthenon y exmiembro de la oficina del primer ministro británico.
Aranceles, inflación y la realidad de los precios de consumo
La urgencia política por el desacoplamiento se reavivó tras las drásticas medidas arancelarias impulsadas por la administración de Donald Trump. Cuando Washington planteó un arancel del 145% sobre una amplia gama de importaciones de origen chino, Beijing respondió apretando las tuercas de los controles de exportación sobre materiales clave como las tierras raras. Esa disputa dejó a la industria automotriz global al borde de la parálisis, una crisis que solo se alivió tras pactarse una tregua arancelaria.
No obstante, construir una alternativa propia no solo es caro en infraestructura, sino también en el día a día. Los productos fabricados en China siguen siendo entre un 20% y un 100% más baratos en el precio de salida de fábrica en comparación con sus equivalentes occidentales.
Prescindir de esta ventaja de costos tendría un impacto directo en los bolsillos de la gente. De acuerdo con proyecciones del Banco Central Europeo (BCE), una desconexión profunda con el mercado chino provocaría un aumento de entre el 1% y el 2.5% en los precios industriales básicos. Esto mantendría la inflación en la eurozona y el Reino Unido de manera persistente por encima de la meta del 2%, encareciendo desde los medicamentos hasta los vehículos eléctricos.
El "de-risking" selectivo como única alternativa viable
Ante un panorama financiero tan hostil, la idea de un corte limpio parece haber quedado descartada para los economistas más pragmáticos. La teoría de que Occidente puede aislar a China choca de frente con la capacidad de diversificación del propio gigante asiático. De hecho, análisis de la Unión Europea sugieren que Beijing ha sido mucho más eficiente y veloz a la hora de blindar sus propias cadenas de suministro que los países europeos.
"Incluso con inversiones masivas, es difícil para los países occidentales desacoplarse de China en un período corto", explicó Alicia García-Herrero, economista jefa de Natixis para Asia-Pacífico.
Hasta la fecha, los esfuerzos estatales de Occidente se quedan muy cortos frente a los billones que exige el informe de EY-Parthenon. Aunque el gobierno de Estados Unidos ha movilizado cerca de 30,000 millones de dólares para asegurar minerales críticos y ha firmado acuerdos de cofinanciamiento con socios clave como Australia, estas iniciativas son apenas una gota en el océano de necesidades reales.
Por ello, la brújula apunta ahora hacia el de-risking o reducción selectiva de riesgos. En lugar de intentar duplicar industrias enteras como la farmacéutica o la de semiconductores de consumo, la estrategia inteligente consiste en proteger únicamente los sectores de alta tecnología, la infraestructura crítica de defensa y los componentes donde la seguridad nacional se ponga realmente en juego. Intentar replicar todo el motor industrial de China es una batalla de 23.6 billones de dólares que pocos gobiernos occidentales se pueden permitir ganar.