El momento en que nuestros ancestros dejaron de trepar árboles con regularidad y se comprometieron con la vida en el suelo quedó acotado entre hace unos tres millones y 1.8 millones de años. Así lo plantea un estudio publicado en la revista Science Advances y liderado por investigadores de la Universidad de Witwatersrand, en Sudáfrica, y la Universidad del Sur de California, que midió la fuerza interna de los huesos de dos fósiles clave: el esqueleto Little Foot, un Australopithecus de 3.67 millones de años hallado en las cuevas de Sterkfontein, y un Homo temprano de unos 1.8 millones de años procedente de Dmanisi, en Georgia. La pista está en los huesos, cuyo grosor guarda memoria de cómo se movió cada individuo en vida.
Los huesos guardan el registro de cómo se movió cada individuo
La forma de un esqueleto sugiere para qué estaba construido un cuerpo, pero no siempre revela lo que hizo en vida. La diáfisis de un hueso, en cambio, se refuerza o se adelgaza según las cargas que recibe, así que su resistencia funciona como una bitácora del movimiento real. Sobre esa base, el equipo usó tomografías computarizadas para calcular la fuerza de los huesos de los brazos y de las piernas, muslos y espinillas incluidos, de cada fósil.
Después comparó la proporción de fuerza entre brazos y piernas con la de humanos modernos, chimpancés, gorilas y orangutanes, cuyas proporciones se correlacionan de cerca con el tiempo que cada especie pasa en los árboles. Ese marco permite leer un fósil no por su apariencia, sino por el rastro que la actividad dejó impreso en el esqueleto.
Little Foot: brazos de simio, pero un miembro inferior con señal humana
En Little Foot, los brazos resultaron relativamente más fuertes que los muslos, un patrón más cercano al de los grandes simios africanos que al de los humanos. La lectura es que sus brazos seguían soportando con regularidad las cargas de trepar y desplazarse entre las ramas, pese a un cuerpo grande para un australopiteco. Pero su miembro inferior contó otra historia: la relación entre la fuerza del muslo y la de la espinilla se acercaba al patrón humano moderno.
Es uno de los resultados más sorprendentes. El individuo de Australopithecus tiene una señal similar a la humana moderna en el miembro inferior, mientras que la relación entre el brazo y el muslo es mucho más parecida a la de un simio africano.
Así resumió el hallazgo Kristian Carlson, de la Universidad del Sur de California y autor principal del trabajo. Esa mezcla, señaló, vuelve inusual la locomoción del Australopithecus: no se movía como un chimpancé ni como un humano actual, sino que combinaba un uso sustancial de los árboles con la marcha bípeda regular en el suelo. No hay una especie viva que sirva de comparación conductual directa para ese modo de vida.

Hace 1.8 millones de años, los primeros Homo se quedaron en el suelo
El fósil de Dmanisi mostró un cuadro distinto. Sus proporciones de fuerza cayeron de lleno dentro del rango humano moderno en las dos medidas analizadas, en línea con lo observado antes en fósiles de Homo erectus de África. La consistencia entre estos individuos llevó al equipo a concluir que, hacia hace 1.8 millones de años, el linaje humano ya se había volcado a una bipedestación terrestre habitual y parecida a la actual, con el comportamiento arborícola abandonado en gran medida.
Los autores proponen que ese contraste marca un "umbral" entre los patrones adaptativos de Australopithecus y Homo, comparable a otros grandes cambios que se usan para distinguir etapas de la evolución humana. Qué disparó el salto sigue sin estar claro: podría vincularse a cambios en la forma de recorrer el territorio y de conseguir alimento, más que al uso de herramientas, ya que la fabricación de utensilios de piedra es más de un millón de años anterior a esta transición.
El cambio, además, ocurrió en un periodo amplio en el que el tamaño del cerebro venía en aumento dentro del linaje humano. Los investigadores son explícitos en que la coincidencia temporal no implica causa: "No estamos diciendo que un cambio provocara el otro. Pero el momento es intrigante", apuntó Carlson, quien espera que la posible relación entre el uso de las extremidades, el rango de desplazamiento y el crecimiento cerebral alimente más discusión.
El trabajo traslada el foco de la investigación. Si la vida plena en el suelo ya estaba fijada hace 1.8 millones de años y las herramientas de piedra son mucho más antiguas, la explicación habría que buscarla en cómo y dónde se alimentaban aquellos ancestros. La relación con el crecimiento del cerebro, admiten los autores, sigue siendo una pregunta abierta.