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El pasto que se creía indiferente al CO2 creció 28% en Kruger por el agua que dejó de perder

Un estudio en Nature cruzó 70 experimentos y 32 años de mediciones en 533 parcelas del Parque Nacional Kruger. El pasto C4 creció 28% con el alza del CO2, pero el efecto llega por el agua que la hoja deja de perder, y la raíz, donde la sabana guarda su carbono, no respondió.

por Dilis Salazar
Four aloe trees stand tall in a grassy African savanna under a clear blue sky.
Foto de Charmain Jansen van Rensburg en Pexels

TL;DR:

  • Un estudio publicado en Nature el 19 de agosto de 2026 midió 32 años de pasto en el Parque Nacional Kruger, en Sudáfrica, y encontró que la producción anual subió 28% entre 1989 y 2021.
  • El alza equivale a 75.1 gramos por metro cuadrado en tres décadas, pero se reparte muy desigual: 117.0 en los suelos de basalto y 52.0 en los de granito.
  • La ganancia llega por el agua que la hoja deja de perder, y la raíz, de donde sale casi todo el carbono que la sabana guarda en el suelo, no respondió al CO2 en los experimentos.

El pasto que cubre las sabanas africanas creció 28% en tres décadas y el mejor candidato para explicarlo es el dióxido de carbono. Lo concluye un estudio publicado el 19 de agosto de 2026 en Nature, encabezado por Kimberley Simpson, de la Universidad de Sheffield, y Carla Staver, profesora de Ecología en la Universidad de Princeton, que cruzó 70 experimentos de enriquecimiento con CO2 y 32 años de mediciones de campo en 533 parcelas del Parque Nacional Kruger, en Sudáfrica. El hallazgo choca con una idea asentada. Los pastos C4, que dominan las sabanas tropicales y subtropicales, ya concentran CO2 dentro de sus propias hojas, así que se les suponía casi indiferentes al gas que se acumula en la atmósfera. El trabajo sostiene que sí responden, aunque por una vía indirecta: cierran en parte sus poros, pierden menos agua y siguen fotosintetizando cuando el suelo se seca.

Los poros se cierran, la hoja pierde menos agua y la planta sigue trabajando

La fotosíntesis C4 evolucionó como un mecanismo para concentrar CO2 y suprimir la fotorrespiración. En cultivos C4 mejorados durante décadas, como el maíz, ese mecanismo anula el efecto fertilizante del CO2 cuando hay agua de sobra. El equipo revisó qué pasa con los pastos silvestres, que fotosintetizan con menos eficiencia, y reunió 655 pares de mediciones sobre 82 especies procedentes de 70 estudios en África, Asia, Norteamérica, Oceanía y Sudamérica.

El patrón aparece únicamente cuando falta el agua. Bajo restricción hídrica, el CO2 elevado aumentó de forma significativa la biomasa aérea y la tasa de fotosíntesis; en plantas bien regadas, el aumento de biomasa aérea no se distinguió de cero. La explicación está en los estomas, los poros microscópicos por los que la hoja toma CO2 y deja escapar vapor de agua. Con más CO2 disponible la hoja puede cerrarlos un poco, gastar menos agua y sostener mejor su estado hídrico, de modo que la sequía deja de obligarla a cerrarlos del todo.

Ese ahorro se queda dentro de la planta. En los tratamientos con poca agua, la menor transpiración bajo CO2 elevado no elevó el contenido de agua del suelo. La sabana no termina más húmeda; el pasto aguanta más.

Close-up of grass in a rural field with warm sunset light, natural scenery.
Imagen ilustrativa: los estomas de las hojas regulan cuánta agua pierde el pasto mientras absorbe CO2 · Foto de Laurentiu Robu en Pexels

El resultado contradice la síntesis de referencia sobre pastos C4, publicada en 1999, que no había encontrado ese refuerzo bajo sequía. Entre una y otra median 24 años de investigación que ahora entran en la cuenta.

Treinta y dos años de parcelas y cuatro explicaciones alternativas descartadas

La parte de campo se apoya en un archivo poco común. Para decidir su manejo del fuego, la administración de Kruger, un parque de casi 20,000 kilómetros cuadrados, mide desde 1989 la biomasa de pasto cada febrero o marzo, en parcelas de 50 por 60 metros y con 104 lecturas de un medidor de disco en cada una. El registro que analizó el equipo llega hasta 2021 y cubre solo la parte aérea de la planta.

Sobre esa serie, los investigadores fueron descartando candidatos. La lluvia anual, el número de días con lluvia y el tamaño medio de cada evento no muestran tendencia en el periodo, así que no explican un aumento sostenido. Sí hubo calentamiento, pero las temperaturas altas reducen la biomasa de pasto: el clima empujaba en contra del alza observada, no a favor. El pastoreo tampoco cuadra, porque la densidad de herbívoros en el parque subió durante esas décadas y más pastoreo significa menos pasto en pie. Quedaba el nitrógeno que sueltan las termoeléctricas de carbón sudafricanas, capaz de llegar hasta Kruger y de fertilizar el pastizal por su cuenta: ese nitrógeno lleva una firma isotópica característica, y el equipo la buscó en ejemplares de herbario del parque sin encontrarla.

Lo que sí cambió en el periodo fueron 65 partes por millón de CO2 atmosférico, y el aumento relativo de pasto resultó mayor en las zonas más secas del parque, justo el patrón que predecían los experimentos. Ese salto es apenas un tramo de un ascenso más largo: desde el inicio de la era industrial la concentración de CO2 en la atmósfera ha crecido alrededor de 50%, según Yale Environment 360. Su efecto fertilizante ya estaba documentado en los bosques tropicales; lo que faltaba era medirlo en el pastizal. Aun así, los autores presentan la coincidencia como la explicación más consistente y no como una causa demostrada, porque una serie de observaciones no aísla un factor del modo en que lo hace un experimento controlado.

Staver, que codirigió el trabajo, advirtió que un aumento así puede afectar la actividad del fuego, la fauna y el ciclo del carbono en un ecosistema sensible. Las sabanas ocupan cerca de una quinta parte de la superficie terrestre del planeta y aportan alrededor del 30% de la producción vegetal; en África cubren la mitad del continente.

En basalto el pasto ganó más del doble que en granito

El promedio de 75.1 gramos por metro cuadrado esconde dos repartos. El primero es el suelo: Kruger se asienta sobre granito arenoso y pobre en nutrientes al oeste y sobre basalto arcilloso y fértil al este. El segundo es el recambio de especies, porque los pastos altos y más productivos, como Megathyrsus maximus, ganaron terreno con el tiempo y parte del aumento medido viene de ese cambio de composición, no de la fisiología de una misma planta.

Todas las cifras corresponden a la biomasa medida el primer año después de un incendio, cuando la parcela vuelve a acumular pasto desde cero.

Medición en Kruger Aumento en 32 años (g/m²) Qué muestra
Todas las parcelas 75.1 (IC 95%: 74.5 a 75.8) La cifra que equivale al 28%
Solo suelos de basalto 117.0 (108.3 a 125.7) Arcilla fértil, la mayor ganancia
Solo suelos de granito 52.0 (45.0 a 59.1) Arena pobre, menos de la mitad
Descontando el cambio de especies 66.7 (66.0 a 67.4) El recambio explica 11% del alza
Descontando el cambio de rasgos 63.2 (62.2 a 64.2) El recambio de rasgos, 16%

El estudio ofrece dos lecturas posibles para la brecha entre suelos, sin decidirse: que la fertilidad del basalto libere al pasto de la limitación por nutrientes, o que la textura arcillosa retenga más agua disponible. Un experimento previo en una pradera norteamericana encontró la misma dirección, con mayor respuesta al CO2 en arcilla que en arena.

La raíz no respondió, y ahí es donde la sabana guarda su carbono

En los 70 experimentos, la biomasa de raíz no mostró respuesta consistente al CO2 elevado, ni con agua abundante ni bajo sequía. Y en un pastizal C4 el carbono que permanece a largo plazo se guarda sobre todo en el suelo, alimentado por el mantillo de esas raíces. La conclusión de los autores es directa: el efecto del CO2 sobre el carbono orgánico del suelo podría ser insignificante.

El carbono aéreo, en cambio, está expuesto. Se lo comen los herbívoros o lo quema el fuego, y en cualquiera de los dos casos regresa a la atmósfera en poco tiempo.

"Más pasto no significa automáticamente que se almacene más carbono", dijo Simpson.

Las simulaciones con el modelo de superficie terrestre CLM5 proyectan que la fertilización por CO2 siga durante el siglo XXI, con un aumento de la producción de pasto C4 de entre 6% y 21% respecto a los niveles de 2015 hacia 2100, según el escenario climático. El calor y la menor lluvia debilitan el efecto sin cancelarlo. Los propios autores le ponen una advertencia al modelo: predice un fuerte crecimiento de raíces que los experimentos no ven, así que probablemente sobrestima el almacenamiento de carbono en el suelo.

Un tercer efecto queda apuntado y sin medir en el campo: más CO2 puede subir la relación entre carbono y nitrógeno de la hoja y bajar su contenido de proteína, lo que cambiaría el valor del pasto como forraje para los animales que dependen de él.

El fuego era la consecuencia más intuitiva, y es la que peor sostiene la evidencia. En Kruger el equipo detectó un aumento de incendios a lo largo de las décadas asociado al mayor volumen de pasto, pero la tendencia resultó pequeña y estadísticamente débil. Osborne, coautor del estudio, situó el siguiente paso en otro lado: averiguar si el CO2 no solo cambia cuánto pasto crece, sino qué especies terminan ganando la competencia dentro de la sabana.

Fuentes: 1, 2, 3

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