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Algunos animales degradan el “bioplástico” microbiano, pero no es plástico convencional

Un gusano marino sin intestino llevó a descubrir enzimas que degradan reservas plásticas de bacterias en animales de ramas muy distintas. La evidencia apunta a una capacidad antigua, pero no demuestra que puedan consumir plástico convencional.

por Alejandro Castillo Leone
Scientist with gloves examining various soil samples in petri dishes on a clean white background.
Foto de Mikhail Nilov en Pexels

TL;DR:

  • Un gusano marino produce una enzima que rompe los PHA almacenados como energía por sus bacterias simbiontes.
  • El equipo identificó enzimas relacionadas en más de 66 especies animales de nueve filos y confirmó actividad en linajes distantes.
  • La evidencia no demuestra consumo de plástico convencional ni cuantifica el peso del proceso en el ciclo del carbono.

Un gusano marino de unos dos centímetros, sin boca ni intestino, llevó a un equipo del Instituto Max Planck de Microbiología Marina a descubrir que algunos animales producen enzimas capaces de degradar polihidroxialcanoatos (PHA), polímeros que bacterias y arqueas almacenan como reservas de carbono y energía. El estudio experimental, publicado el 13 de agosto de 2026 en Nature Ecology & Evolution, rastreó enzimas relacionadas en más de 66 especies animales de nueve filos y confirmó en laboratorio su actividad en linajes distantes. El hallazgo revela una ruta antes ignorada por la que el carbono microbiano puede entrar en las redes alimentarias, pero no demuestra que esos animales puedan alimentarse de plásticos convencionales ni mide cuánto aporta el proceso al ciclo global del carbono.

Una enzima abre la reserva de carbono de las bacterias

Olavius algarvensis no tiene aparato digestivo ni órganos excretores. Este pequeño oligoqueto vive en sedimentos marinos y depende de bacterias simbiontes alojadas bajo su piel: las cultiva dentro de su cuerpo y las digiere para obtener nutrientes.

Una de esas bacterias almacena hasta 42% de su carbono celular en forma de PHA. Para un animal que depende de sus socios microbianos, esa reserva representa una porción sustancial de energía que quedaría fuera de alcance si no pudiera desarmar el polímero.

Los investigadores localizaron en el gusano una depolimerasa de PHA, o PHAD, una enzima que corta esos polímeros. Produjeron la enzima en laboratorio y combinaron ensayos bioquímicos con espectrometría de masas. Las pruebas mostraron que convertía los PHA en monómeros de hidroxialcanoato, moléculas pequeñas que pueden incorporarse a rutas metabólicas conservadas.

El equipo también detectó el ARN mensajero de la enzima en la epidermis del gusano, justo donde ocurre la digestión de sus bacterias simbiontes. Esa coincidencia espacial respalda el mecanismo propuesto: O. algarvensis tendría acceso al carbono guardado dentro de las bacterias que constituyen su alimento.

Close-up of colorful petri dishes with microbes for scientific research.
Cultivos bacterianos examinados en un laboratorio; imagen ilustrativa · Foto de Edward Jenner en Pexels

La capacidad aparece en ramas animales muy distantes

El hallazgo no se quedó en un solo gusano. Al comparar secuencias genéticas, los autores identificaron PHAD relacionadas en más de 66 especies animales con aparato digestivo, distribuidas en nueve filos, y en 19 especies de protistas pertenecientes a tres grandes supergrupos.

La lista abarca ambientes acuáticos y terrestres. Según el Instituto Max Planck, los experimentos confirmaron que enzimas procedentes de linajes alejados, entre ellos una esponja, una lombriz de tierra y un colémbolo, también degradan PHA. Esto reduce la posibilidad de que la capacidad sea una rareza exclusiva de O. algarvensis.

Hay un límite importante: encontrar genes semejantes no equivale a observar a cada una de esas especies utilizando PHA como alimento en la naturaleza. Los ensayos funcionales probaron representantes de ramas distantes, no las más de 66 especies una por una. La distribución genética amplía el alcance del hallazgo, pero no sustituye las mediciones ecológicas en cada organismo y hábitat.

“Bioplástico” no significa botella ni bolsa

El término puede inducir a una conclusión que el estudio no sostiene. Los PHA son polímeros naturales que muchos microorganismos fabrican dentro de sus células para guardar carbono y energía. Aunque la industria aprovecha esa misma familia de compuestos para producir materiales biodegradables, no son equivalentes al polietileno, el polipropileno, el PET ni otros plásticos convencionales.

Los materiales basados en PHA ya tienen aplicaciones en empaques, productos de higiene, liberación controlada de fertilizantes, vendajes, administración de fármacos y suturas o implantes reabsorbibles, de acuerdo con Max Planck. Comprender quién puede degradarlos ayuda a estudiar su destino biológico, pero el nuevo trabajo se centró en reservas de PHA producidas por microbios.

Por eso, los resultados no convierten a estos animales en una solución para los residuos plásticos. El equipo no probó si consumen objetos fabricados con PHA y tampoco evaluó su capacidad frente a polímeros convencionales.

Los cientos de millones de años son una inferencia evolutiva

La presencia de PHAD en animales de ramas muy separadas y en protistas llevó a los autores a proponer que el ancestro común de los animales ya poseía una enzima de este tipo. De ahí surge la idea de que algunos animales podrían llevar cientos de millones de años aprovechando el “bioplástico” natural de los microbios.

Esa antigüedad no procede de observar el comportamiento en fósiles ni de fechar directamente una comida ancestral. Es una reconstrucción basada en la distribución actual de genes y en su relación evolutiva. La evidencia experimental demuestra que determinadas enzimas modernas degradan PHA; la duración histórica del proceso sigue siendo una inferencia.

Los propios investigadores señalan otras dos preguntas abiertas: qué tan extendido está este uso de PHA en condiciones naturales y cuánto carbono mueve a través de los ecosistemas. Responderlas exigirá medir el proceso dentro de animales vivos, en distintos hábitats y a escalas que permitan incorporarlo a los cálculos del ciclo del carbono.

El estudio amplía la relación conocida entre microbios y animales: una reserva celular que parecía disponible solo para bacterias y hongos también puede alimentar a otros organismos. Su peso ecológico, sin embargo, dependerá de demostrar con qué frecuencia ocurre fuera del laboratorio y cuánta energía transfiere realmente a las redes alimentarias.

Fuentes: 1, 2

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por Alejandro Castillo Leone

Soy un amante del arte y la cultura. Desde el 2021 dirijo una web dedicada a la historia de mi país y he emprendido la misión de vivir para la cultura, alimentándome principalmente del ámbito Hispanoamericano.

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