Las galletas impresas en 3D cuyos ingredientes principales salieron de botellas de plástico PET y de rastrojo de maíz existen, pero nadie ha podido comerlas todavía. Las desarrolló un equipo de la Universidad del Sur de Illinois en Carbondale (SIU) con levaduras modificadas genéticamente, las bautizó µBites y presentó el avance a finales de agosto de 2026 en la reunión de otoño de la Sociedad Estadounidense de Química (ACS), en Chicago. En septiembre la historia volvió a correr, cuando el comunicado de la ACS se replicó en sitios de divulgación, y con ella publicaciones que las presentan como plástico destinado al consumo masivo. Los investigadores sostienen que la galleta no contiene partículas de plástico, aún esperan permiso institucional para las primeras catas formales y producir un kilo cuesta unos 60 dólares.
Cómo una botella termina en masa para galletas
El proyecto nació dentro del Deep Space Food Challenge de la NASA, un concurso para producir comida en misiones largas donde no llegan reabastecimientos desde la Tierra. El punto de partida, según explicó el profesor asociado Lahiru Jayakody en el material de la ACS, fue una idea química sencilla: "el plástico es carbono y la comida es carbono".
El PET, el plástico de las botellas de agua y refresco, está lleno de moléculas ricas en carbono. Para liberarlas, el equipo mezcla el plástico con tallos y hojas de maíz desechados y los somete a disolución hidrotérmica oxidativa, una técnica propia que desarrolló el geólogo Ken Anderson, también de SIU, y que usa agua y oxígeno a alta temperatura y presión para romper materiales duros en compuestos más simples.
Esos fragmentos alimentan a levaduras reprogramadas, entre ellas la de panadería, que los convierten en proteínas, grasas y ácidos. La estudiante de posgrado Sandhya Jayasekara diseñó cepas extra: una levadura de panadería que produce saborizante de vainilla a partir de biomasa vegetal y otra que usa el etilenglicol del PET para fabricar betacaroteno, precursor de la vitamina A. Al final, esa pasta se mezcla con fibra, almidón y endulzante, pasa por una impresora 3D de alimentos y se endurece en microondas.

Lo que circula en redes y lo que dicen las fuentes
La relectura viral cambió el sentido de la investigación. Según una verificación de AFP, las publicaciones sobre "galletas de plástico" carecen de contexto: el proceso descrito no respalda la idea de un alimento con plástico pensado para imponerse al público, porque los residuos se descomponen hasta moléculas básicas que alimentan a la levadura y el producto final no conserva rastros del material.
Jayakody lo resumió así en entrevista con NPR:
"No hay micro ni nanoplásticos incrustados en esta galleta. Así que no estás comiendo plástico". Lahiru Jayakody, microbiólogo de SIU Carbondale.
La misma pieza de NPR añade dos reservas que suelen perderse en los resúmenes: el proceso es caro y gasta mucha energía, y poca parte del plástico original termina en la galleta. Los propios autores lo describen como una prueba de concepto.
La tabla contrasta las afirmaciones que más se repiten con lo que documentan los investigadores y la cobertura independiente.
| Afirmación que circula | Lo que dicen las fuentes |
|---|---|
| Son galletas que contienen plástico | El PET se descompone en moléculas simples que consume la levadura; los autores afirman que no quedan micro ni nanoplásticos |
| Ya se producen para el público | Es una prueba de concepto presentada como póster en la ACS; no hay venta ni permiso para catas formales |
| Ya se comprobó que son seguras para comer | Pasaron análisis de laboratorio, pero nadie las ha comido y faltan pruebas antes de ensayos con personas |
| Resolverán la crisis del plástico | Cuestan unos 60 dólares por kilo y un químico de Imperial College London descarta que puedan absorber los residuos del mundo |
Seguras según los análisis, pero sin una sola mordida
Los datos disponibles indican que las µBites son seguras para comer, según la ACS. Jayakody detalló a BakeryAndSnacks que el producto se analizó en su laboratorio y en laboratorios externos acreditados en busca de químicos tóxicos, metales pesados, alérgenos y patógenos, y que hay estudios de digestión simulada en marcha.
Ninguno de esos resultados sustituye una prueba con personas. El equipo aún espera la aprobación institucional para las catas formales, así que los participantes solo han evaluado el aroma; la mayoría dijo que comería las galletas si faltara comida. La presentación en la ACS fue un póster, no un estudio de seguridad en humanos terminado, y cualquier uso comercial exigiría evidencia sobre pureza, composición nutricional, toxicología y alérgenos.
Sesenta dólares el kilo y una crisis que no resuelve
El proceso actual tiene 33 pasos, tarda entre uno y dos días y cuesta alrededor de 60 dólares por kilo de galletas, según BakeryAndSnacks. El sistema convierte en alimento más de la mitad del carbono de los residuos; el equipo quiere acercarse al 100%, aunque cerca de un 10% podría perderse como gas o quedar sin usar.
La escala es el límite más citado. El químico Jason Hallett, de Imperial College London, dijo a New Scientist que el mundo genera unos 400 millones de toneladas de residuos plásticos al año, que no hay forma de convertirlos todos en galletas y que no ve viable producirlas de forma comercial. Pamela Silver, bióloga sintética de la Facultad de Medicina de Harvard y ajena al proyecto, consideró en NPR que el concepto va bien encaminado, pero ubicó las barreras reales en la escala, el costo y la textura, que depende de las grasas, escasas en esta galleta.
Por eso los investigadores apuntan a escenarios donde llevar comida es difícil: naves espaciales, submarinos, zonas de desastre y, algún día, asentamientos en la Luna o Marte. Jayakody espera que las galletas estén listas para el consumo público en los próximos años; el trabajo se financió con el Deep Space Food Challenge de la NASA y una beca CAREER de la Fundación Nacional de Ciencias de Estados Unidos.
La próxima prueba no es de laboratorio sino de permisos: hasta que SIU autorice las catas, las µBites seguirán siendo una galleta que se huele, se analiza y se comparte en redes, pero que nadie ha comido.