TL;DR:
- Agresores y exparejas usan el control remoto de cerraduras, termostatos, cámaras y altavoces para intimidar y hostigar dentro del propio hogar.
- La británica Refuge reportó que el 72% de las mujeres que atendió sufrió abuso con tecnología; en Reino Unido se calculan nueve aparatos "inteligentes" por hogar.
- Nueva York (2020) y una iniciativa en Texas ya permiten órdenes que prohíben al agresor manejar los dispositivos a distancia; los reguladores piden seguridad de fábrica.
Las cerraduras que cambian de código solas. El termostato que sube a 30 grados sin que nadie lo toque. Una canción que sale del altavoz a medianoche. Cada vez más víctimas de violencia de pareja describen escenas así, y detrás no hay un fantasma: hay un agresor con el celular en la mano. Usar los dispositivos del hogar inteligente para vigilar, intimidar y hostigar a una pareja o expareja no es algo nuevo, pero hoy es más fácil y más frecuente. Los refugios para víctimas, los juzgados y los reguladores de varios países llevan meses advirtiéndolo: el Internet de las cosas entró de lleno al repertorio del abuso doméstico, y lo hace desde la distancia, sin que el agresor necesite estar presente.
Lo que un agresor puede accionar sin estar en casa
La lista de lo que se maneja a distancia crece con cada aparato que se conecta a internet: la temperatura, las luces, las persianas, la cerradura de la puerta, el timbre con cámara, el altavoz, las cámaras de seguridad. En manos equivocadas, esa comodidad se vuelve un arma silenciosa. El New York Times, que en 2018 entrevistó a más de 30 víctimas, abogados y trabajadores de refugios, documentó episodios que hoy suenan familiares: el timbre que suena sin que haya nadie en la puerta, el aire acondicionado que se apaga solo, códigos de la cerradura digital que cambian cada día. Graciela Rodríguez, que dirige un refugio para mujeres en California, resumió el efecto al mismo diario: muchas mujeres sienten que están perdiendo el control de su propia casa y, mientras eso ocurre, apenas empiezan a entender que están siendo maltratadas.

Leonie Tanczer, profesora de la University College London y responsable del proyecto de investigación Género e Internet de las Cosas, lo planteó ante el Parlamento británico:
"Si estás en casa y preocupada por las cosas, y tu pareja te dice que tiene amigos hackers o habilidades que en realidad no tiene, de verdad te encuentras en un entorno en el que la gente empieza a tener miedo."
El experto en ciberseguridad Alan Woodward, de la Universidad de Surrey, apuntó a la BBC otra cara del asunto: cuando esos aparatos los instaló otra persona, la víctima que no sabe manejarlos puede sentirse "pequeña y estúpida", justo lo que persigue quien ejerce el control.
Control coercitivo, no incidentes sueltos
Los aparatos no fallan por casualidad. Para las investigadoras del área y los refugios que atienden estos casos, este uso encaja en el patrón del control coercitivo: la conducta que busca dominar, aislar y atemorizar, y que suele convivir con el abuso psicológico, económico y físico. Los números apuntan a que se extiende. La organización británica Refuge reportó que el 72% de las mujeres que acudieron a sus servicios había sufrido algún tipo de abuso mediante tecnología. Investigaciones en Australia, recogidas por la prensa especializada, cifran en 99,3% los casos de violencia de género en los que aparece algún componente tecnológico, una proporción que conviene leer como estimación de estudios de nicho y no como estadística oficial. En Nueva Gales del Sur, la asistencia jurídica pública informó en 2025 que 6 de cada 10 casos de control coercitivo registrados implicaban hostigamiento, monitoreo o rastreo.
El fenómeno también llegó a los legisladores. Un comité de la Cámara de los Comunes en Reino Unido advirtió que en los hogares hay, en promedio, nueve productos "inteligentes", y que se estaban usando para "vigilar, hostigar, coaccionar y controlar".
Ahora también los relojes, los anillos y los autos conectados
El repertorio ya salió de la sala de estar. En febrero de 2026, autoridades locales británicas alertaron de que los agresores recurren cada vez más a accesorios wearables: gafas y relojes inteligentes para grabar en secreto, y hasta anillos o pulseras de salud para vigilar los pasos, la ubicación o incluso los datos de fertilidad de la víctima. La comisionada de seguridad digital de Australia (eSafety) sumó otro frente: los autos conectados, que desde una app muestran dónde está el vehículo, arrancan el motor o abren y cierran las puertas a distancia. Cada aparato nuevo con cuenta y contraseña es una puerta más.
La ley empieza a moverse; la industria, más despacio
La respuesta institucional avanza a tramos. En Estados Unidos, Nueva York aprobó en 2020 una ley que permite a una víctima obtener una orden de protección que prohíba al agresor manejar a distancia los dispositivos conectados del hogar; en Texas se ha impulsado una iniciativa con la misma lógica. En Reino Unido, la Ley de Abuso Doméstico de 2021 no menciona la "tecnología" por su nombre, pero sí las conductas que la sostienen: control coercitivo, acoso y abuso psicológico.
Del lado de las empresas, los reguladores piden que la seguridad venga de fábrica y no como parche. La comisionada de eSafety planteó medidas concretas para fabricantes y tiendas:
- Un "botón" de emergencia para revocar todos los accesos y transferir la titularidad de una cuenta durante una separación, sin necesidad de contactar a la otra persona.
- Configuraciones seguras por defecto, con la ubicación desactivada para los usuarios secundarios y la menor recolección de datos posible mientras nadie dé permiso explícito.
- Un historial de accesos visible y exportable, que muestre entradas a la cuenta, ubicaciones y comandos a distancia, para poder usarlo como prueba.
- Reglas claras para tiendas y distribuidores, que reinicien los aparatos y las cuentas cuando cambian de dueño.
El problema de fondo es que hoy la carga recae casi siempre sobre la víctima, que debe descubrir el ataque y desactivarlo sola.
Qué puede hacer una persona que sospecha que la vigilan
Los servicios de apoyo especializados, como el proyecto Safety Net de la organización estadounidense NNEDV, recomiendan algunos pasos, siempre con una advertencia previa: conviene actuar desde un dispositivo seguro y, en muchos casos, documentar antes de tocar nada.
- Cambiar las contraseñas de las cuentas y del router desde un dispositivo que la otra persona no pueda ver, y activar la verificación en dos pasos.
- Revisar qué cuentas y qué personas tienen acceso a cada dispositivo y al hub del hogar.
- Restablecer de fábrica los aparatos que quedaron de la relación, cuando sea posible.
- Guardar evidencia (capturas, fechas, mensajes) enviándola a otro dispositivo o a alguien de confianza.
- Pedir orientación a servicios especializados en abuso tecnológico antes de intervenir los dispositivos, porque a veces conviene reunir pruebas primero.
El hogar es, en teoría, el lugar donde una persona debería sentirse más a salvo. La misma tecnología que promete cuidarlo puede volverlo lo contrario cuando alguien usa el control remoto para hacer daño. Cerrar esa grieta no depende de un solo actor: pide leyes que reconozcan el abuso a distancia, aparatos diseñados para que quitar un acceso sea tan fácil como concederlo, y víctimas que sepan que lo que les pasa tiene nombre y tiene salida.