Los países con más gatos por habitante tendieron a registrar mayores niveles de felicidad en un análisis de 93 países publicado en PLOS One. El equipo encontró también una asociación entre mayor exposición a Toxoplasma gondii y menor bienestar nacional. El trabajo compara poblaciones y no demuestra que adoptar un gato haga más feliz a una persona.
La investigación, revisada por pares, se publicó el 30 de septiembre de 2026. La encabeza Javier I. Borráz-León, de la Secretaría de Ciencia, Humanidades, Tecnología e Innovación de México, junto con colegas de otras instituciones.
Una comparación nacional con datos indirectos
El equipo calculó los gatos por cada 10,000 habitantes. Las puntuaciones de felicidad correspondían a promedios de 2022 a 2024.
Según el artículo, el recuento mezclaba mascotas, gatos callejeros y poblaciones de gatos asilvestrados. Para aproximar la exposición al parásito en toda la población, utilizaron datos de anticuerpos obtenidos de embarazadas.
El modelo final excluyó el PIB per cápita y el nivel de ingresos porque estaban muy relacionados entre sí. Conservó el gasto sanitario como indicador socioeconómico. La asociación con los gatos persistió bajo ese ajuste.
La relación negativa con la felicidad se mantuvo para los anticuerpos IgM. Para los IgG, la asociación en ese modelo no alcanzó significación estadística.
Las condiciones de vida pueden explicar parte del vínculo
En el comunicado sobre la investigación, los autores plantean que mayores ingresos y mejores condiciones de salud podrían favorecer la tenencia de animales y, al mismo tiempo, reducir la exposición a infecciones.
Así, la densidad de gatos podría reflejar condiciones sociales relacionadas con el bienestar. El estudio deja abierta la contribución específica de la convivencia con los animales frente a esas condiciones compartidas.
Otra posibilidad, recogida por ScienceAlert, tiene que ver con el cuidado de los felinos. Los investigadores proponen que, en países más ricos, los gatos tienen más probabilidades de vivir dentro de casa, comer alimento comercial y recibir atención veterinaria. Esas prácticas podrían reducir sus oportunidades de infectarse.
El equipo ofrece esa explicación como una hipótesis para interpretar el patrón observado. Comprobarla exigiría estudiar cómo viven los gatos y qué contacto mantienen con las personas, además de comparar los totales nacionales.
El contagio también depende de los alimentos y el entorno
Toxoplasma gondii es un parásito que puede infectar a los humanos. Los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos explican que una persona puede contraer la infección al consumir carne contaminada poco cocida, beber agua contaminada o ingerir accidentalmente el parásito procedente de heces de gatos infectados.
Los felinos pueden adquirirlo al comer roedores, aves u otros animales infectados. Después pueden eliminarlo en sus heces y contaminar tierra, agua o el arenero. La transmisión humana ocurre al ingerir el parásito, por ejemplo mediante manos o alimentos contaminados.
Estas vías ayudan a entender por qué el número de gatos ofrece una imagen incompleta de la exposición humana. La comparación entre países reúne tanto la convivencia con animales como diferencias en alimentación y condiciones del entorno.
Los autores proponen investigaciones que sigan estos vínculos a lo largo del tiempo y combinen perspectivas económicas y biológicas. Ese enfoque permitiría estudiar los procesos que conectan las relaciones con animales, la exposición a infecciones y el bienestar.